Todo Wagner, todo Molina, todo OSN
Sin partitura y con pleno dominio del repertorio, José Antonio Molina condujo a la OSN por seis obras de Richard Wagner en un concierto de la Temporada Sinfónica 2026 marcado por la intensidad dramática y la cohesión sonora
Una velada dedicada enteramente a Wagner puso a la Orquesta Sinfónica Nacional ante exigencias que van mucho más allá de la potencia sonora.
Bajo la dirección de José Antonio Molina, el concierto de la temporada sinfónica en Santo Domingo, el miércoles último, ofreció una respuesta convincente: equilibrio entre las secciones, claridad en las texturas y capacidad para conducir cada obra hacia su culminación.
Molina dirigió todo el concierto sin partitura, lo que facilitó una comunicación fluida con los instrumentistas y una atención sostenida al desarrollo del discurso.
Su familiaridad con estas páginas se manifestó en la seguridad de las entradas, la graduación de la intensidad y la continuidad de los contrastes. La batuta mostró conocimiento de la arquitectura de las obras y encontró una respuesta disciplinada en la orquesta.
El preludio del primer acto de La valquiria abrió la noche con el impulso de la tormenta que acompaña la huida de Siegmund. Coincidencia, afuera llovía. Las cuerdas sostuvieron la agitación, mientras el conjunto conservó la urgencia dramática.
A continuación, la obertura de Rienzi desplegó su combinación de recogimiento y exaltación. La plegaria tuvo nobleza expresiva; los episodios marciales, firmeza rítmica y brillo.
Molina enlazó esos contrastes con naturalidad y graduó la expansión sonora hasta una conclusión vigorosa, respaldado por unos metales seguros y unas cuerdas ágiles.
La marcha fúnebre de Sigfrido, de El ocaso de los dioses, encontró gravedad y proporción. Los metales dieron peso a su dimensión heroica, y el director mantuvo el avance de la música sin restarle solemnidad.
Las evocaciones del protagonista conservaron claridad dentro de una escritura de considerable densidad. El preludio de Los maestros cantores de Núremberg cerró la primera parte con otra luminosidad.
La combinación de majestad, lirismo y vivacidad tuvo cohesión, y la superposición de los temas permitió distinguir sus perfiles dentro del conjunto.
Segunda parte de brillo
Después del intermedio, el preludio del tercer acto de Lohengrin recuperó la energía con ataques seguros y brillantez bien equilibrada. Su ímpetu festivo dio paso a la concentración del Preludio y muerte de amor, de Tristán e Isolda.
Molina condujo con sensibilidad ese largo arco de deseo y espera. Las frases respiraron, las oleadas de intensidad crecieron con naturalidad y la orquesta sostuvo un sonido envolvente.
La resolución adquirió así su peso expresivo, fruto de una tensión administrada con paciencia y sentido de continuidad.
La obertura de Tannhäuser ofreció un cierre de fuerza y equilibrio. La nobleza del tema de los peregrinos contrastó con la agitación del Venusberg, donde las cuerdas conservaron claridad y los metales aportaron amplitud.
Molina preparó el regreso del tema inicial y reservó energía para una culminación convincente.
El balance fue el de una velada sólida, coherente y expresiva. La OSN mostró capacidad para transitar del dramatismo a la celebración, del duelo al anhelo, sin perder unidad sonora.
Al frente, Molina reunió seguridad técnica y comprensión del lenguaje wagneriano. El concierto dejó una impresión de madurez y confirmó la solvencia del conjunto ante un repertorio que exige tanto disciplina colectiva como sensibilidad para construir su vasto recorrido emocional.