«Quiero mi pierna de vuelta»: la infancia que dejó de jugar para sobrevivir tras un accidente en RD
Mientras la atención suele concentrarse en las muertes, cientos de menores cargan con secuelas físicas crónicas y traumas psicológicos invisibles que fracturan su desarrollo durante gran parte de su infancia
A Juanita (seudónimo) le faltaba un día para cumplir cuatro años. La madrugada del primero de enero de 2024, la niña regresaba a casa junto a sus padres después de celebrar el Año Nuevo con familiares en Bayona, Santo Domingo Oeste. Horas antes había abrazos, risas y música, sin imaginar que el trayecto terminaría entre sirenas y sangre tras ser impactada violentamente en el vehículo en que viajaban.
Cuando despertó parte de su pierna ya no estaba. Hoy, con seis años de edad, acumula cirugías, traumas, meses de rehabilitación y un proceso judicial que todavía no concluye.
Mientras el expediente avanza entre aplazamientos y audiencias —con un imputado que sigue el proceso en libertad bajo fianza—, sus padres continúan buscando cómo cubrir tratamientos, consultas y medicamentos dentro de una realidad que transformó todo en ella.
Cuando se habla de inseguridad vial en la República Dominicana, la atención suele concentrarse en las muertes. Sin embargo, detrás de cada víctima fatal existen decenas de sobrevivientes que enfrentan secuelas permanentes, entre ellos, niños que aprenden a vivir con amputaciones, lesiones permanentes y procesos de rehabilitación durante años en un entorno hostil.
Entre 2020 y 2024, el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant) y el Observatorio Permanente de Seguridad Vial documentaron unos 112,439 niños, adolescentes y jóvenes de hasta 19 años que resultaron heridos en accidentes de tránsito.
En los reportes figuran 9,839 menores de cinco años, 13,627 niños de entre cinco y nueve años, y 88,973 adolescentes y jóvenes de entre 10 y 19 años.
Detrás de la estadística late un quiebre financiero inmediato que desmantela cualquier rastro de bienestar familiar en un país donde el salario mínimo promedio no cubre la canasta básica, un siniestro representa una gran peso monetario y psicológico.
El costo de no morir en la carretera
Detrás de las tragedias viales existen infancias amputadas. Niños que dejan de jugar durante meses para reaprender movimientos básicos, y familias que sustituyen proyectos de vida por consultas médicas, cirugías y audiencias en medio de un profundo dolor y una condena económica. Juanita es una de ellas.
Su primera cirugía costó 84,000 pesos. A esto se sumaron estudios especializados fuera del hospital, medicamentos, y otros procedimientos que no estaban cubiertos, como una sonografía para evaluar el estado de las venas y los tejidos lesionados, cuyo costo ascendió a 25,000 pesos , y una de sus prótesis 33,500 pesos.
Su madre, Betty, recuerda como han enfrentado grandes dificultades incluso para cubrir el transporte en ambulancia, donde parte de la asistencia fue gestionada de emergencia por médicos del Hospital Traumatológico Darío Contreras.
Además, para dar abasto ha tenido que recurrir hasta tres empleos simultáneos.
La imprudencia en el expediente
En el caso de Juanita, la imprudencia de un motociclista terminó con la amputación de una de sus piernas. Lejos de ser un hecho aislado, los registros de los principales hospitales traumatológicos del país muestran que las motocicletas aparecen de forma recurrente en los accidentes más graves que involucran a niños y adolescentes.
Entre 2019 y 2025, el Hospital Darío Contreras atendió 117,883 pacientes involucrados en los siniestros viales. De ellos, 33,655 correspondían a niños y adolescentes de entre 0 y 19 años.
Los registros incluyen 225 menores de un año, 1,079 niños entre uno y cuatro años, 2,468 entre cinco y nueve años, 4,134 adolescentes de 10 a 14 años y 25,749 jóvenes de entre 15 y 19 años. Con tres amputaciones dentro de estos grupos, de ellos dos menores entre 4 y 12 años.
La tendencia se repite con igual crudeza en el Hospital Ney Arias Lora, donde las motocicletas constituyen el principal vehículo involucrado en los accidentes atendidos.
Entre 2016 y 2025, este centro reportó 907 menores afectados por accidentes de tránsito, incluyendo dos casos críticos de amputaciones traumáticas en lactantes de apenas 10 meses de edad.
El duelo de un cuerpo modificado
Si el plano físico es complejo, la recuperación emocional suele convertirse en un duelo silencioso.
Los niños que sufren amputaciones traumáticas enfrentan una pérdida repentina, muy distinta a la experiencia de quienes nacen con una condición congénita, ya que deben adaptarse a un cuerpo diferente mientras intentan comprender por qué su vida cambió de un momento a otro.
"¿Por qué me pasó esto a mí?", "Quiero mi pierna de vuelta" son algunas de las expresiones desgarradoras que escucha la psicóloga clínica Altagracia Vázquez durante las terapias en la Asociación Dominicana de Rehabilitación con menores que han sufrido amputaciones traumáticas, incluidas aquellas provocadas por accidentes de tránsito.
La profesional de la salud mental explica que estos niños enfrentan un proceso complejo. No solo deben adaptarse a una pérdida física visible, sino también reconstruir su autoestima, recuperar la confianza y aprender a desenvolverse en una realidad distinta a la que conocían antes en una sociedad con limitadas infraestructura inclusiva.
Por eso, la psicoanalista insiste en que la recuperación no concluye cuando el paciente recibe un dispositivo mecánico; implica un acompañamiento integral para ayudarle a entender que su proyecto de vida no desaparece junto con una extremidad.
Crecer contra la prótesis
A diferencia de los adultos, en los menores de edad su cuerpo continúa en desarrollo. Sus huesos crecen, sus músculos cambian y sus extremidades evolucionan constantemente, exigiendo ajustes frecuentes, modificaciones e incluso reemplazos periódicos del dispositivo.
"Hay niños a los que una prótesis no les dura ni siquiera un año", explica el fisiatra José Paul Rodríguez, director del área de amputados en la Asociación Dominicana de Rehabilitación.
La infancia, apunta, no se detiene por perder una extremidad. Y esa realidad se convierte en un proceso prolongado que puede extenderse durante años como ha sido el caso de Juanita.
A sus seis años ya utiliza una segunda prótesis desde el accidente de tránsito, lo que evidencia de cómo el crecimiento y las necesidades de adaptación pueden obligar a realizar cambios incluso pocos tiempo después de la lesión.
Los registros del Seguro Nacional de Salud (Senasa) revelan que, entre 2022 y lo que va de 2026 al momento de esta publicación, el Fondo Nacional de Atención Médica por Accidentes de Tránsito (Fonamat) autorizó 13 procedimientos reconstructivos y prótesis para menores de edad.
Entre los casos se encuentran niños y adolescentes de 4 y 17 años que necesitaron prótesis por encima y por debajo de la rodilla, intervenciones de cadera, reemplazos posteriores y reconstrucciones de muñón.
Sin embargo, la verdadera magnitud de estos casos late en los reportes de la Superintendencia de Salud y Riesgos Laborales (Sisalril).
Entre 2021 y 2025, unos 294 niños y adolescentes de entre 0 y 18 años recibieron coberturas relacionadas con prótesis a través del Seguro Familiar de Salud. Durante ese mismo período se identificaron al menos 50 reemplazos de prótesis en pacientes de entre 10 y 18 años.
Aunque los datos no especifican cuántos de esos casos corresponden a accidentes de tránsito, sí reflejan una realidad poco visible, donde para muchos menores, una prótesis no constituye una solución permanente, sino una necesidad que crece junto con ellos.
El doctor Rodríguez manifiesta que el catálogo de las coberturas médicas tradicionales está diseñado bajo una lógica de dispositivos y mecánicas básicas.
Para un infante en desarrollo el acceso a componentes más avanzados, capaces de proporcionar mayor comodidad, ligereza o movilidad, depende con frecuencia de la capacidad económica de la familia o del apoyo de fundaciones y organizaciones benéficas.
El precio de seguir caminando
El 2 de enero de 2024, Juanita debía celebrar su cumpleaños pero en lugar de velas, regalos y fotografías familiares, comenzó una vida marcada por hospitales y cirugías debido a la imprudencia de un conductor.
A dos años del siniestro asiste a la escuela y trata de llevar una rutina similar a la de otros niños de su edad. Sin embargo, ya no es la misma. Su progenitora señala que la niña alegre y risueña que recuerda antes del accidente se ha vuelto más callada y reservada.
En ocasiones evita participar en actividades grupales y ha enfrentado dificultades para relacionarse con algunos compañeros. Su profesora también ha notado cambios en su comportamiento y afirma que suele hablar poco en clases.
Los días de lluvia o cuando el cielo se nubla representan otro recordatorio físico. El dolor en la pierna suele intensificarse, limitando actividades que para otros niños resultan cotidianas.
Juanita continúa bajo seguimiento médico. Su caso evidencia que en el país las secuelas de la epidemia vial no se limitan a las cruces en las carreteras, sino que se extienden en el presupuesto de salud pública, en el empobrecimiento familiar y en la salud mental de una generación de sobrevivientes que incluso intentan crecer contra su propia prótesis.
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