Pese a Roma, encomendados a Tatica
Los motoristas y el arte de desafiar la física sobre ruedas
Enero es mes propicio para la contemplación, tanto por virtud propia como por exceso de asuetos. Estos días festivos obligan a mirar con más detenimiento lo que, en la prisa habitual, apenas se impreca de pasada. Así, entre un feriado y otro, me he descubierto observando a los motoristas. Tras el ritual íntimo de maldecirlos in pectore, he empezado a admirarlos.
Serpentean entre camiones y guaguas como si la ley de que dos cuerpos no caben en el mismo espacio estuviese derogada. ¡Abajo la física! Se contorsionan en ejercicios que harían sonrojar a un acróbata de circo, y a golpe de cintura inclinan la bestia mecánica que montan con la familiaridad de quien no solo ha domesticado al animal, sino que además lo ha convencido de desobedecer todas las normas.
Lo hacen, por supuesto, sin licencia y sin el menor propósito de obtenerla ni siquiera para ir a la esquina. Con una fe conmovedora en la improvisación y una confianza ilimitada en que la muerte siempre tiene asuntos más urgentes que atender.
Tanta destreza, tanto desprecio por la desgracia propia y ajena, tanto empeño en llegar primero —¿a dónde?— me coloca en una situación moral incómoda. Porque hay en todo esto una épica torcida, una vocación de héroes de utilería que desafían el caos y, a veces, lo vencen.
He resuelto el dilema de modo piadoso y oportuno: los he encomendado a todos a la Virgen de la Altagracia. Ella, que carga con cosas más graves, sabrá qué hacer con este ejército de kamikazes criollos. Y ya de paso, a ver si me cuelo yo también en los favores de la Madre, pese a ciertas decisiones recientes del Vaticano. Nunca se sabe: en este país, hasta los milagros circulan en motor.