Llegó la hora de actuar

Febrero trae de vuelta al país real y sus exigencias urgentes

Se fue enero con su resaca de brindis, abrazos tardíos y propósitos en voz baja. Con febrero regresa el país real, el de los tapones, las facturas, las escuelas que reclaman, los hospitales que no esperan y la paciencia ciudadana que no se renueva solo porque el calendario cambió de página.

El Gobierno tiene que ponerse las pilas y ajustar el paso. Si el relanzamiento terminó, apenas se ha notado. No se percibe un nuevo impulso, sino una ruptura de la inercia, un amague, un gesto todavía tímido. Un gobierno que entra en sus tramos decisivos no puede conformarse con moverse. Tiene que tomar velocidad.

La gente vive de resultados, no de anuncios vistosos que se superponen uno al otro hasta volverse ruido. Vive de servicios que funcionen, de instituciones que respondan, de un Estado que no parezca siempre a punto de arrancar, como si gobernar fuera una promesa permanente y no una obligación diaria.

El tiempo útil se acorta. El ajetreo electoral ya se insinúa en el horizonte, y cuando eso ocurre, se abre un período peligroso: aquel en que el candidato empieza a pesar más que el presidente porque representa el proyecto de futuro. Gobernar es escoger prioridades y ejecutarlas con precisión. Aunque sea un programa mínimo de reformas, pero real. El país no exige perfección, exige dirección.

La tarea de fondo que aguarda al presidente Abinader no es administrar la coyuntura, sino dejar huella. Marcar un antes y un después. No pensar en la próxima candidatura, sino en la próxima generación. La política se mide en votos, sí, pero la historia se mide en legado. Y el legado se construye con decisiones que cuestan, con reformas que incomodan, con la valentía de hacer lo correcto, aunque no sea lo más cómodo. 

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