Políticamente incorrecto
Mi incorrección política incluye también sordera voluntaria
Los llamados valores tradicionales, esos que durante décadas ordenaron la conversación pública, fueron enviados a jubilación anticipada. En su lugar prospera una ética instantánea, de indignación fugaz, ruido digital y moral portátil.
Ante ese paisaje, me declaro políticamente incorrecto.
No por rebeldía de vitrina ni por nostalgia de catecismo cívico, sino por simple higiene intelectual. Persistiré en creer que el insulto, esa moneda inflacionaria del ecosistema digital, no cabe en la pequeñez de mi presupuesto ciudadano. Demasiada gente chillando para que yo añada un alarido babeliano.
Desobedeceré, con plena conciencia, la Ley del Menor Esfuerzo, hoy elevada a principio constitucional de la mayoría vociferante. La pereza se ha vuelto doctrina: pensar es arduo, verificar es innecesario, matizar es sospechoso. Basta con un meme, una etiqueta, una foto.
Pero una foto no borra otra foto. No cancela la memoria y se sabe ya que la decencia no es osmótica. Los likes tampoco confieren absolución civil ni otorgan carta de honestidad. La plaza pública digital ha decidido que la popularidad es prueba, que el morbo sustituye al argumento y que el aplauso equivale a la verdad. Yo, incorregible, seguiré creyendo lo contrario.
Mi incorrección política incluye también sordera voluntaria. No escucharé discursos de odio ni los bocinazos cuando mi cuatrorruedas se detenga para permitir que un transeúnte cruce la calle. Sostendré a rajatabla que la cortesía es una versión de fortaleza.
Para completar la herejía, seguiré pagando la electricidad. Incluso cuando Edesur, en su pedagogía tarifaria, parezca empeñada en castigar a los buenapagas como si la responsabilidad fuese una extravagancia fiscal.
Acepto que esta conducta me coloca fuera del entusiasmo colectivo. Pese a los blackouts, hay que mantener encendida la pequeña lámpara de estas incorrecciones. Aunque sea, claro está, pagando la luz.