¿Quieres ver a Dios comiendo arroz?

Entre el moro dominicano y el arroz de Washington

«¿Quieres ver a Dios comiendo arroz?». Así nos engañaban de niños, con un tirón de orejas que hoy llamaríamos bullying. Ahora la pregunta llega desde Washington, y el jalón duele a los arroceros.

El arroz tiene cédula dominicana. Blanco, arropado de habichuelas, convertido en moro, locrio o asopao, se mezcla humildemente con carnes y mariscos en democrática adaptación a mandíbulas y bolsillos. Crecí viendo convivir el arroz de la cuenca del Yuna con el de Siam, hoy Tailandia, y nunca supe de pasaporte.

Que viva, entonces, lo importado: el basmati, con su aroma de sabiduría sánscrita; el arborio italiano, para risottos y arancini; el bomba y el sénia valencianos, para la paella; el jazmín tailandés, de delicado aroma; y el japonica del sushi, cada vez más popular. Un florilegio de sabores con credenciales gastronómicas que nos remiten a culturas milenarias, algunas exóticas y otras que, de tan conocidas, ya las creemos nuestras. O las hemos modificado para entonar con el paladar criollo.

Pero el arroz estadounidense que ahora nos piden aceptar trae la credencial del poder. Washington respalda a sus productores con ayudas públicas, pero exige que los nuestros compitan bajo las reglas del libre comercio. Nadie pide cerrar las fronteras; se pide reciprocidad. El consumidor merece precios razonables; y el agricultor, una competencia que tome en cuenta las ayudas que reciben unos y otros.

De Estados Unidos, empero, aprecio, en toda la extensión del grano y su significado, el arroz salvaje. Exige cocción lenta y ya alimentaba a los pueblos indígenas mucho antes del Mayflower. Su apellido retrata políticas y su nombre anticipa sus métodos: fake, porque ni siquiera es arroz, sino semilla de una hierba acuática de la zona de los lagos y del frío Minnesota.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.