De la obediencia a la productividad: la sociedad del cansancio y la educación dominicana

La sociedad del cansancio y su reflejo en las aulas dominicanas

Pese a que la educación cuenta con el presupuesto del 4 % del PIB, la inversión se diluye en servicios asistenciales y falta de gobernabilidad. (Fuente externa)

La sociedad del cansancio, descrita por el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han en su libro homónimo, explica el tránsito desde una sociedad basada en la represión externa —órdenes, prohibiciones y obediencia— hacia una sociedad del rendimiento, donde predominan el trabajo intenso, la autoexigencia permanente y la búsqueda constante de resultados individuales y sociales.

En la sociedad disciplinaria, el sujeto actúa condicionado por normas externas; en la sociedad del rendimiento, en cambio, el individuo se autoexplota, convencido de que es libre. Esta lógica, según Han, conduce a la extenuación, al agotamiento físico y emocional, y a un cansancio estructural que caracteriza a nuestra época.

Llevada esta tesis al sistema educativo dominicano, surge una pregunta clave: ¿en cuál estadio nos encontramos? Nuestro sistema educativo está organizado jerárquicamente. Las decisiones se toman en los niveles superiores y se espera que sean ejecutadas en la base para producir resultados. Sin embargo, esta cadena de mando no funciona de manera uniforme. La disciplina no siempre impera y muchas disposiciones terminan siendo letra muerta.

En este contexto, algunos actores optan por no hacer nada: cobrar sin trabajar, sin exigencias ni consecuencias reales. Este fenómeno puede observarse, por ejemplo, en la Dirección Regional de Educación de San Juan de la Maguana, donde existe una de las mayores concentraciones de técnicos docentes del país y, al mismo tiempo, se registran bajos resultados de aprendizaje.

Ante esta realidad surgen interrogantes inevitables: ¿existe una supervisión efectiva?, ¿se realizan las evaluaciones con el rigor necesario?, ¿están docentes y directivos convencidos de su verdadero rol en el proceso educativo?, ¿poseen las capacidades técnicas y pedagógicas para orientar adecuadamente el desarrollo curricular?

Muchos de estos técnicos no asisten regularmente a sus labores y asumen que “no hacer nada” es la mejor decisión. Esto obliga a preguntarnos si estamos realmente cansados de los bajos resultados de aprendizaje de nuestros niños o si, por el contrario, se trata de una situación que no nos motiva lo suficiente como para actuar y transformar la realidad.

Paradójicamente, no hacer nada puede convertirse en una respuesta inmune frente a los desatinos recurrentes del sistema. El deseo de hacer no siempre produce los resultados esperados. En ocasiones, el esfuerzo choca con obstáculos estructurales que generan desaliento, frustración y, finalmente, inmovilismo. En ese sentido, el “no hacer nada” puede llegar a interpretarse —erróneamente— como un acto de autoprotección o incluso como una forma sublimada de responsabilidad.

Sin embargo, lograr que la educación de los niños más pobres avance en la dirección correcta exige sumar voluntades en todos los niveles del sistema, desde el conserje hasta el Presidente de la República. Para todos, la educación debe ser la prioridad, y todos los actores deben estar alineados con este principio. De lo contrario, se pueden realizar múltiples esfuerzos que, en la práctica, no conducen a ningún avance cualitativo.

El debate no radica en si el 4 % del PIB destinado a la educación es suficiente o no. A mi juicio, sí lo es. Existen recursos para realizar los cambios básicos necesarios. No obstante, persisten sesgos importantes que debilitan esa inversión: los programas de alimentación escolar, las pensiones y jubilaciones docentes, así como la atención a la primera infancia (niños de cero a menos de tres años), absorben de manera creciente los recursos disponibles sin que se evidencie un impacto claro y visible en la calidad educativa.

A ello se suma el debilitamiento de programas estratégicos, como la formación inicial y continua del profesorado, afectada por una crisis interna de gobernabilidad y por una reducción presupuestaria cercana al 20 %. En este escenario, se hace imprescindible restablecer el equilibrio entre la sociedad disciplinaria y la sociedad del cansancio descritas por Han, de modo que docentes y directivos asuman con responsabilidad su rol y comprendan que la finalidad última del sistema educativo es el éxito de los estudiantes.

Ningún niño debería quedarse atrás sin alcanzar las metas de aprendizaje si todos los que laboran en el sistema educativo asumieran este propósito como central. Inculcar una cultura del trabajo responsable, orientada a los resultados misionales del sistema educativo, debe ser el norte que guíe nuestras actuaciones.

El trabajo sistemático de cada docente y de cada director, en procura de su propio éxito —que no es otro que el logro de sus estudiantes—, debería convertirse en la norma. Este camino conduce inevitablemente al cansancio y al agotamiento, pero es el camino correcto para formar ciudadanos responsables, bien educados, comprometidos con la paz, la democracia y el desarrollo de la sociedad dominicana.