Tránsito y transporte: el abismo donde naufragan la decencia, la tolerancia y la salud mental
La congestión vehicular actúa como un agente deshumanizador que somete a los conductores de vehículos privados, transporte de carga y de pasajeros a una presión psicológica constante
El colapso sistémico del tránsito y del transporte en la República Dominicana, abarcando mucho más allá del Gran Santo Domingo, ha dejado de ser una simple crisis de movilidad urbana e interurbana para transformarse en una alarmante problemática de salud pública que impacta gravemente la decencia, la tolerancia y el ánimo de todo ciudadano obligado a transitar diariamente por las caóticas calles y carreteras nacionales.
La congestión vehicular actúa actualmente como un agente deshumanizador que somete a los conductores de vehículos privados, transporte de carga y de pasajeros a una presión psicológica constante que termina por fracturar su equilibrio emocional de manera preocupante, puesto que esta situación no se limita a la pérdida de horas productivas, sino que se manifiesta como una agresión directa contra la integridad mental colectiva.
Resulta evidente que la anarquía imperante en el desplazamiento de mercancías y personas genera un estado de irritabilidad permanente que trasciende el espacio del volante, afectando la convivencia en todos los niveles sociales de la nación, por lo cual la decencia y la tolerancia naufragan en un abismo de bocinas e imprudencias constantes donde la hostilidad termina por imponerse sobre el respeto ciudadano.
El impacto invisible del caos vial
Fuentes consultadas, establecen que la agresión constante del entorno vial detona una liberación excesiva de cortisol en el organismo de los conductores, provocando un estado de estrés crónico que el cuerpo no logra procesar durante la jornada laboral. La intoxicación hormonal nubla el juicio y anula el control de los impulsos ante cualquier roce mínimo en la vía pública. Como consecuencia, el ciudadano es víctima de un proceso biológico destructivo donde la ansiedad se eleva peligrosamente.
De ahí que también consideran que la presión arterial sostenida transforma un simple trayecto hacia el trabajo en un riesgo cardiovascular latente que las autoridades ignoran sistemáticamente en sus planes de movilidad. El organismo, atrapado en una respuesta de lucha o huida sin salida física, termina por desgastar la salud de quienes solo buscan cumplir con su deber. Por lo tanto, el caos del tránsito no es solo un retraso logístico, sino una agresión orgánica directa.
Cualquier conductor que deba dejar a su esposa en el trabajo y a sus hijos en el centro educativo antes de marcar su propia tarjeta, vive este calvario bajo la rapidez inclemente del tiempo. Esta realidad no discrimina sectores carenciados ni rincones apartados, ya que el problema ha dejado de ser exclusivo de las grandes ciudades para convertirse en una tortura nacional que violenta la paz de cada familia dominicana.
La carga emocional de una movilidad fallida
El conductor que se ve atrapado en un interminable tapón experimenta una metamorfosis anímica que anula su disposición al trato cordial, transformando la paciencia en una respuesta defensiva ante la agresión del entorno cotidiano. Este trauma acumulado no se queda estancado en el vehículo, sino que acompaña al individuo hasta su puesto de trabajo mermando su capacidad de producir y de interactuar amablemente con sus semejantes.
Esta problemática de salud pública se agrava cuando el transporte interurbano y de carga compite de forma violenta por los mismos espacios reducidos, incrementando la sensación de peligro en los conductores particulares. El esfuerzo extenuante de navegar por un sistema tan caótico despoja a los ciudadanos de su energía vital. Así, la amabilidad termina siendo sustituida por una reactividad hostil ante cualquier estímulo mínimo del entorno.
La pérdida de la paz interior durante estos desplazamientos forzados es tan profunda que incluso la persona más pacífica termina por exhibir conductas exaltadas que comprometen la armonía familiar de manera preocupante. Mientras tanto, la sociedad parece haber normalizado este estrés crónico, olvidando que la salud mental de quienes se baten en carreteras constituye el pilar que sostiene una productividad nacional sana y realmente eficiente.
Un sistema que castiga la salud pública
La falta de un ordenamiento efectivo en el tránsito y transporte de pasajeros genera una tensión permanente que se traduce en discusiones estériles y en una peligrosa competencia por avanzar. Se pierde la condescendencia entre ciudadanos que luchan por llegar a tiempo a su labor diaria. De modo que el trayecto hacia el deber se convierte en una fuente de resentimiento social donde el respeto es sacrificado constantemente.
Es imperativo entender que el tránsito descontrolado funciona como un detonante de patologías emocionales que afectan directamente el clima organizacional de las empresas y la paz en los hogares dominicanos. Sin embargo, poco se discute sobre el costo oculto de llegar al trabajo tras horas de batalla vial. Las ganas de colaborar naufragan ante el agotamiento mental derivado de una movilidad que se percibe absolutamente anárquica e injusta.
La transformación del tránsito y el transporte es la única vía para rescatar la decencia y la tolerancia de ese abismo donde hoy parecen haberse perdido sin remedio alguno. Solo así será posible restaurar la armonía social y proteger la salud pública de una ciudadanía que clama por el derecho a desplazarse con seguridad. Al final, el rescate de nuestra paz mental depende de una voluntad política que priorice la dignidad humana.