Cuando todo falla: ¿a dónde vamos a buscar justicia? (Clase 19)
¿qué me protege cuando nadie parece escucharme?
Entré al aula del centro educativo República de Argentina a las tres en punto de la tarde. No había solemnidad impostada ni discursos largos. Había jóvenes sentados con una pregunta que, aunque no siempre se formula en voz alta, pesa como una piedra en el pecho: ¿qué hace una persona cuando todo falla? Cuando la policía no llega, cuando un hospital no responde, cuando un abuso no encuentra eco, cuando el Estado parece un edificio lejano sin puertas visibles. Esa fue la pregunta central de la Clase 19 de Constitución Viva para Todos y Todas, y no es una pregunta teórica: es una pregunta de vida.
Comenzamos, como siempre, recordando que la Constitución no es un libro distante ni un texto para abogados. Es una herramienta de protección concreta. Por eso, antes de hablar, observamos y escuchamos. Un audio breve bastó para abrir la conversación: historias reales, silencios largos, miradas que se cruzan cuando alguien entiende que no está solo en lo que ha vivido. Luego vino la pregunta detonante: si todo falla, ¿a dónde voy? Y, más importante aún: ¿qué me protege cuando nadie parece escucharme?
La Constitución Dominicana responde con claridad allí donde la desesperanza suele confundir. Los artículos 68 al 72 establecen algo fundamental: la tutela judicial efectiva y los mecanismos de protección inmediata existen precisamente para los momentos en que todo parece perdido. El amparo, el hábeas corpus, el hábeas data no son tecnicismos; son puertas abiertas para el ciudadano común. Son el recordatorio de que la dignidad humana no depende de la buena voluntad del poder, sino de un marco constitucional que obliga a responder.
Para profundizar, utilizamos el cine como espejo. Celda 211 no es una película cómoda, y no debía serlo. Habla del colapso del orden, del abuso, del encierro físico y moral. Al terminar, el aula no aplaudió de inmediato. Hubo silencio. Y luego vinieron las reflexiones: ¿qué ocurre cuando el Estado llega tarde?, ¿qué pasa cuando la violencia sustituye al derecho?, ¿cómo se pierde —y cómo se recupera— la condición humana? Las respuestas no fueron uniformes, pero todas coincidían en algo: sin instituciones que funcionen, la ley del más fuerte ocupa su lugar.
La actividad central de la jornada fue tan sencilla como poderosa: “Mi escudo de protección constitucional”. En grupos, los estudiantes identificaron qué derechos los protegen, a qué instituciones pueden acudir y qué acciones concretas pueden tomar cuando sienten que no hay salida. No era un ejercicio escolar; era un mapa de supervivencia cívica. Ver a jóvenes nombrar el amparo, la defensa judicial, el derecho a la integridad personal, la dignidad, fue confirmar que la educación constitucional salva tiempo, sufrimiento y, a veces, vidas.
Al final, compartieron aprendizajes y asumieron un compromiso: no normalizar la indefensión. Entender que pedir ayuda no es debilidad, que reclamar derechos no es rebeldía, que acudir a las instituciones es un acto de ciudadanía madura. El cierre no fue una consigna, sino un llamado sereno: cuando todo falla, la Constitución no falla… si la conocemos, si la exigimos, si la usamos.
Salí del aula convencido de algo que se repite clase tras clase: la democracia no se sostiene solo en elecciones, sino en ciudadanos que saben cómo protegerse cuando las cosas se rompen. Enseñar Constitución es, en el fondo, enseñar a no rendirse. Y en un país donde muchos han aprendido a aguantar en silencio, eso —simplemente— cambia destinos.