Productividad, empleo y nación: la conversación que COPARDOM puso sobre la mesa
El mercado laboral como espejo del desarrollo en la República Dominicana
Hay encuentros que trascienden la agenda institucional que los convoca. La reciente conferencia organizada por COPARDOM para analizar el futuro del mercado laboral dominicano hacia la Meta 2036 pertenece a esa categoría de conversaciones que un país no debería dejar pasar sin reflexión. No fue simplemente un evento empresarial; fue una invitación a examinar, con datos y con responsabilidad histórica, la relación entre crecimiento económico, empleo, productividad y cohesión social.
Bajo el liderazgo de su presidenta, Laura Peña Izquierdo, la Confederación Patronal de la República Dominicana abrió un espacio que merece ser reconocido: una discusión sustentada en evidencia sobre el futuro del trabajo en la República Dominicana. Ese enfoque es relevante porque el mercado laboral no es un tema sectorial. Es el lugar donde terminan encontrándose todas las fortalezas y todas las debilidades de una economía: la calidad de la educación, la estructura productiva, el acceso a financiamiento, la inversión, la institucionalidad y la confianza social.
En la apertura del encuentro, César Dargam, vicepresidente ejecutivo del CONEP, recordó algo fundamental: el empleo no puede analizarse aislado de la competitividad y del crecimiento económico. Esa afirmación resume una realidad estructural de las economías modernas. Durante demasiado tiempo América Latina discutió el empleo como si fuera un problema independiente de la productividad, de la inversión o de la calidad institucional. No lo es. El mercado laboral es el espejo donde una economía revela su verdadero nivel de desarrollo.
El análisis técnico presentado durante el encuentro permitió aterrizar esa conversación.
El economista Raúl Ovalle abrió la reflexión desde el contexto macroeconómico internacional y su impacto sobre la economía dominicana. En un mundo caracterizado por mayor incertidumbre geopolítica, tensiones energéticas y transformaciones en las cadenas globales de valor, la pregunta central ya no es únicamente cuánto crecerán las economías, sino qué tan resilientes serán sus modelos productivos.
La República Dominicana ha demostrado en las últimas décadas una capacidad notable de crecimiento económico y estabilidad macroeconómica. Sin embargo, como se destacó durante la presentación, la estabilidad por sí sola ya no garantiza desarrollo. En la economía global contemporánea, el verdadero diferencial entre los países no es simplemente la estabilidad, sino la capacidad de transformar crecimiento en productividad sostenida.
Ese punto fue reforzado por Jacqueline Mora, quien presentó los resultados del estudio sobre el mercado laboral dominicano elaborado a partir de datos del Banco Central. El análisis identifica dos grandes desafíos estructurales para el país: aumentar la formalidad laboral y fortalecer la formación para mejorar los salarios.
Los hallazgos del estudio son particularmente reveladores. Primero, confirman que el crecimiento económico sigue siendo el principal motor de generación de empleo privado. Pero al mismo tiempo muestran una limitación estructural importante: las restricciones educativas del mercado laboral están limitando la expansión del empleo formal.
En otras palabras, el crecimiento por sí solo no garantiza mejores empleos si el capital humano no evoluciona al mismo ritmo.
El estudio también identifica un elemento determinante en la estructura salarial del país: la educación superior es el factor más influyente en el incremento de los salarios, junto con la formalidad del empleo y el tamaño de las empresas. Este hallazgo permite afirmar algo que a veces se pierde en el debate público: los salarios altos no nacen de decretos; nacen de la productividad.
Cuando una economía produce más valor por cada trabajador, los salarios pueden crecer de forma sostenible. Cuando la productividad se estanca, cualquier discusión salarial se vuelve más frágil y más conflictiva. Por eso el desafío dominicano no puede reducirse a un debate sobre salarios o jornadas laborales. El desafío es más profundo: cómo aumentar la productividad del trabajo dominicano.
El propio estudio presentado en COPARDOM revela además una realidad estructural del mercado laboral: los niveles de informalidad siguen siendo extraordinariamente elevados en varios sectores productivos. En agricultura la informalidad alcanza el 91 %, en construcción el 86 % y en comercio el 67 %, mientras que hoteles, bares y restaurantes registran 56 % y manufactura 36 %.
La informalidad no es únicamente un problema laboral; es también un problema productivo. Las empresas informales suelen invertir menos, innovar menos y capacitar menos a sus trabajadores. Como resultado, la productividad general de la economía se resiente.
Esto explica por qué los países que han logrado superar la llamada trampa del ingreso medio siguieron trayectorias similares. Corea del Sur, Singapur o Irlanda no solo crecieron económicamente; transformaron su estructura productiva mediante tres decisiones estratégicas: inversión sostenida en infraestructura, capital humano de alta calidad y diversificación de su matriz exportadora.
La República Dominicana tiene condiciones importantes para recorrer ese camino. Durante las últimas décadas el país ha mantenido niveles de inversión superiores al promedio regional, ha consolidado sectores dinámicos como el turismo y las zonas francas, y ha logrado atraer inversión extranjera directa de manera sostenida.
Sin embargo, el reto de la próxima década será distinto. No se trata únicamente de seguir creciendo, sino de crecer mejor.
Eso implica elevar la productividad de los sectores existentes, pero también impulsar nuevas áreas de expansión económica: innovación tecnológica, logística regional, servicios globales, manufactura avanzada y economía digital.
La verdadera discusión del mercado laboral dominicano no debería centrarse únicamente en cuántos empleos se crean, sino en qué tipo de empleos se crean. La República Dominicana todavía cuenta con una ventaja estratégica que muchos países ya han perdido: su bono demográfico. Durante las próximas décadas el país tendrá una población en edad de trabajar relativamente amplia. Pero esa ventana no es permanente.
El desafío consiste en convertir ese bono demográfico en bono de productividad. Porque al final, la prosperidad de una nación no depende únicamente del tamaño de su economía, sino de su capacidad para transformar el trabajo de su gente en bienestar compartido.
Por eso la conversación iniciada por COPARDOM es oportuna. Laura Peña Izquierdo colocó en agenda un debate necesario; César Dargam conectó el empleo con la competitividad nacional; Raúl Ovalle aportó el marco macroeconómico que explica los desafíos del entorno global; y Jacqueline Mora presentó evidencia empírica sobre la estructura del mercado laboral dominicano.
A partir de ese punto, el desafío es colectivo. La Meta 2036 no se alcanzará solamente con crecimiento económico. Requerirá decisiones estructurales que permitan aumentar la productividad, fortalecer la formación técnica, reducir la informalidad y diversificar la economía.
En última instancia, el desarrollo no ocurre cuando una economía simplemente crece. Ocurre cuando ese crecimiento logra convertirse en empleo formal, mejores salarios, movilidad social y confianza democrática. Esa es, en el fondo, la conversación que COPARDOM ayudó a iniciar. Y es una conversación que el país debe continuar con seriedad.