Del otro lado del trazo
En medio del calor sofocante del norte de la India, busqué el sabor dulce y refrescante del mango, con su perfume y su textura
En medio del calor sofocante del norte de la India, busqué el sabor dulce y refrescante del mango, con su perfume y su textura. Rebanar virutas húmedas de cáscara para dejar brotar el pulposo corazón amarillo de la fruta de mi infancia. El olor de mi trópico a miles de kilómetros de distancia y lejos del mar.
Desde que comenzó la temporada no he detenido la búsqueda de variedades de mango: con diferentes tonos de verde, a veces con vetas de rojo opaco, de tono amarillo intenso o pálido, de pulpa fibrosa o lisa, jugosos o más secos, de aromas diversos, sabor de melocotón o más ácidos. Unos pequeños, cuya redondez cabe en la palma de mi mano; otros deben pesar más de dos libras, ovalados y de piel rugosa amarillo claro. Como los presos, voy anotando una raya más en la pared cada vez que descubro una variedad.
Cuando el cuchillo horada la piel del nuevo ejemplar, mis papilas gustativas se activan y comienzo a salivar. En medio de un suelo tan distinto, me voy sintiendo en casa. Cierro los ojos y retornan olores y sabores de mi infancia, que me hacen sentir que esta tierra también es mía, que hay algo de ella en mí.
A través de una semilla de mango la India entró en el Caribe y nunca más se fue.
La palabra misma lo confirma. Mango no es española: viene del tamil, pasó al malayalam, luego al portugués como manga, y del portugués al español. Cuando digo mango en Santo Domingo pronuncio, sin saberlo, un fragmento del sur de Asia que dobló el Cabo de Buena Esperanza antes de llegar a mi boca.
La ruta de llegada fue la de Vasco de Gama. Cuando Colón llegó a Samaná en enero de 1493, en la isla no había ningún mango. La fruta de las Indias verdaderas no había alcanzado las Indias accidentales. Llegó después, despacio, por etapas: de India a África, de África a Brasil, de Brasil subiendo por las Antillas. Y en 1782, un barco francés cargado de variedades injertadas, mangos nobles, de los viveros del Índico, navegaba hacia el lado francés de nuestra isla. El almirante inglés Rodney lo capturó. Esos mangos aristócratas terminaron en Jamaica. A Quisqueya le tocó la humilde semilla, que ganó su linaje con el paso del tiempo. Y de ese hueso nacieron trescientas variedades criollas. Nuestros mangos son hijos de ese desplazamiento.
Allí encontró su hogar, se reprodujo y se volvió lugareño.
Y, como los hijos de los padres mayores, ahora indago sobre quienes me formaron y a dónde pertenecieron. Saber cuáles son las raíces de esos sabores de la infancia. Siento que no soy ajena a esta tierra, que lazos de parentesco antiguos y profundos nos vinculan sin saberlo. Que cientos de cruces y rutas nos han conectado durante siglos.
Y comienzan a cobrar vida esos mapas coloridos de la niñez. El globo terráqueo de mi escritorio de la primaria. Pelota inflable con la que estudiaba y jugaba.
Al pegarle una mordida al mango, tengo la misma sensación que al trazar con mi dedo una línea imaginaria que conectaba continentes, sin separarme de mi escritorio, sin moverme un ápice de mi media isla. Pero ahora estoy del otro lado de ese trazo. Completé la ruta que mi dedo infantil trazó. Justo en el lugar de origen de ese primer mango que viajó de las Indias Orientales a las Indias Occidentales.
Y entiendo, de manera sensorial, que los puntos más distantes no son ajenos, que algunos encuentros del pasado prefiguran los del futuro, y que algunos mapas son augurios.
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