Cuando una ley necesita diálogo, no velocidad

La reforma de la ley de residuos sólidos busca transformar la gestión de residuos en el país

Aguie Lendor (Fuente externa)

Todos queremos lo mismo. Queremos ciudades más limpias. Ríos sin basura. Playas que sigan siendo nuestro orgullo. Queremos un país que recicle más, contamine menos y deje un mejor legado a las próximas generaciones.

Nadie discute eso.

Precisamente por esa razón resulta preocupante que una reforma tan importante como la de la Ley de Residuos Sólidos se esté conociendo con tanta rapidez y con tan poco espacio para el debate.

Una ley que impacta a prácticamente todas las empresas del país, que modifica la forma de financiar la gestión de los residuos y que puede influir durante décadas en nuestro modelo ambiental merece algo más que una aprobación acelerada. Merece escucharse, discutirse y enriquecerse.

Porque cuando una ley afecta a todo un país, el diálogo no debería verse como un obstáculo. Debería verse como una fortaleza.

La pregunta no es si necesitamos mejorar nuestro sistema de manejo de residuos. La respuesta es sí. La verdadera pregunta es cómo hacerlo.

Hoy el modelo continúa basándose, principalmente, en cuánto factura una empresa y no en la cantidad de residuos que realmente genera.

Si el objetivo es reducir la basura, ¿no deberíamos premiar precisamente a quienes generan menos? Las reglas deberían incentivar las buenas prácticas, no ignorarlas. Cuando quien hace un esfuerzo por reducir sus residuos termina pagando igual que quien no lo hace, desaparece uno de los principales motores del cambio: el incentivo para mejorar.

Otro aspecto que merece reflexión son los incrementos planteados. En algunos casos representan aumentos muy significativos, entre un rango de empresa y otro. Más preocupante aún es que se pretenda aplicar parte de esos cambios al año fiscal 2025. Ignorando el principio de irretroactividad de la ley.

La seguridad jurídica no es un concepto reservado para abogados. Es la confianza de saber que las reglas del juego no cambiarán después de haber empezado el partido. Y esa confianza ha sido uno de los mayores activos de República Dominicana para atraer inversión, generar empleos y sostener su crecimiento económico.

Pero quizás la reflexión más importante va mucho más allá del dinero.

El mundo está cambiando. Hoy los países más avanzados ya no hablan únicamente de recoger basura. Hablan de economía circular. Hablan de reutilizar materiales. Hablan de separar residuos desde su origen. Hablan de convertir lo que antes era un desperdicio en una nueva oportunidad económica. Hablan de innovación.

La gran pregunta es si esta reforma nos acerca a ese modelo… o nos aleja de él.

Porque una verdadera transformación no debería limitarse a recaudar más recursos.

Debería crear un sistema que incentive reciclar, que premie a quienes hacen las cosas bien, que permita la participación de múltiples gestores especializados y que garantice que el esfuerzo de separar residuos realmente tenga un impacto.

El país necesita una reforma. Pero necesita la reforma correcta. Una construida sobre evidencia técnica, consenso y visión de futuro.

Las leyes son mas fuertes cuando nacen de la confianza. Y la confianza no se impone, se logra.

No hay duda de que gestionar mejor nuestros residuos es una urgencia nacional. Lo que sí merece una pausa es la forma en que decidimos hacerlo.

La imposición puede aprobar una ley, pero solo el dialogo y el consenso son los que permiten lograr la verdadera transformación de un país.