Cuando nos falten el respeto

La política del siglo XX competía por representación. La del siglo XXI compite por atención

Las redes sociales no solo democratizaron la palabra. Transformaron el mercado de la atención. (freepik)

Hay una idea incómoda que la dirigencia política, empresarial, académica e incluso periodística tendrá que aceptar tarde o temprano.

El respeto, como activo político, parece pertenecer al siglo XX.

No porque haya dejado de ser un valor. Sigue siéndolo. Pero dejó de ser el principal mecanismo mediante el cual se construye influencia pública.

Durante décadas la autoridad se edificaba lentamente. Los partidos organizaban la representación, los medios jerarquizaban el debate y las instituciones otorgaban legitimidad. El liderazgo se ganaba con trayectoria, experiencia, méritos acumulados y capacidad para construir consensos.

Era un sistema imperfecto.

Pero era un sistema estable.

Ese mundo está cambiando a una velocidad que muchos todavía no comprenden.

La política del siglo XX competía por representación. La del siglo XXI compite por atención.

Y esa diferencia cambia absolutamente todo.

Las redes sociales no solo democratizaron la palabra. Transformaron el mercado de la atención. Los algoritmos descubrieron que la indignación retiene más tiempo que la moderación, que el conflicto genera más interacción que el consenso y que desafiar el statu quo produce mucho más alcance que administrarlo.

Durante décadas el respeto producía autoridad.

Hoy, con demasiada frecuencia, la irreverencia produce alcance.

Y el alcance se ha convertido en la materia prima con la que muchos construyen poder.

Por eso están surgiendo actores públicos que no necesitan recorrer el camino tradicional para ganar influencia. No requieren años dentro de un partido, ni una larga carrera institucional, ni siquiera el reconocimiento de los medios. Les basta con interpretar el malestar de una parte de la sociedad y amplificarlo.

Mientras mayor sea la ruptura, mayor suele ser la atención.

Por eso reducir este fenómeno a una simple pérdida de valores sería un error.

No estamos frente a una crisis de modales.

Estamos frente a una transformación del ecosistema donde se construye la legitimidad.

Los políticos dominicanos fuimos formados en una cultura distinta. Una cultura donde el silencio era muchas veces una demostración de prudencia; donde responder cada provocación podía interpretarse como inmadurez; donde el ascenso político dependía de años de trabajo, disciplina y acumulación de méritos.

Ese modelo aportó estabilidad.

Pero también terminó cerrando espacios, haciendo más lenta la renovación y alejando a muchas generaciones que crecieron en un mundo completamente diferente.

Mientras las estructuras tradicionales seguían funcionando bajo las reglas del siglo XX, millones de ciudadanos comenzaron a construir comunidades, liderazgos e influencia al margen de ellas.

Por eso los cacerolazos, las protestas espontáneas, la creciente desconfianza hacia los partidos, los medios, las élites económicas e incluso otras instituciones no son fenómenos aislados. Forman parte de una misma transformación.

El cuestionamiento ya no se dirige únicamente contra un gobierno.

Se dirige contra el sistema.

Y cuando una parte importante de la sociedad deja de creer en el sistema, los discursos más radicales encuentran el terreno perfecto para crecer.

La respuesta no puede ser encerrarnos en la nostalgia de una política que ya no existe.

Tampoco puede consistir en copiar los excesos de quienes han convertido la confrontación permanente en un modelo de negocio político.

La respuesta pasa por recuperar legitimidad.

Eso exige partidos más abiertos, transparentes y meritocráticos; instituciones capaces de corregir injusticias y ampliar oportunidades; liderazgos que comprendan las nuevas formas de comunicación sin renunciar a la responsabilidad democrática; y un Estado que vuelva a demostrar, con resultados, que es capaz de resolver los problemas reales de la gente.

Porque la legitimidad ya no se hereda.

Se renueva todos los días.

Los sistemas políticos no suelen colapsar de golpe. Primero dejan de ser escuchados. Después dejan de ser creídos. Finalmente dejan de ser defendidos.

Ese es el verdadero riesgo.

No que nos falten el respeto.

El irrespeto es apenas el síntoma visible de una transformación mucho más profunda.

La República Dominicana todavía conserva una ventaja extraordinaria frente a muchos países de la región: la capacidad de construir acuerdos básicos alrededor de la democracia, la estabilidad y el desarrollo. Pero esa fortaleza no está garantizada. Habrá que renovarla.

Porque si seguimos respondiendo con instituciones y prácticas diseñadas para el siglo XX a una sociedad que ya vive en el siglo XXI, alguien terminará llenando ese vacío.

Y entonces descubriremos, demasiado tarde, que el problema nunca fue que nos faltaran el respeto.

Fue no haber entendido a tiempo el mundo nuevo que ya había comenzado.


El autor es especialista en Gobernabilidad y Gestión Pública y fue Director de Competitividad de la República Dominicana.