Canela Lázaro, un genio poco conocido
El dominicano que entendió que defender el bosque era defender la vida
La fascinante vida de Miguel Francisco Canela Lázaro comenzó en Santiago de los Caballeros, donde nació en 1894. Agrimensor, médico, investigador, montañista y conservacionista, fue, sobre todas las cosas, un dominicano que comprendió tempranamente que defender nuestros bosques era defender la vida misma.
Canela Lázaro nació, podría decirse, con tierra en las manos y ríos en la voz. Cuando se escriba con justicia la historia de la conservación de los recursos naturales en nuestro país, su nombre deberá ocupar un lugar privilegiado. No por los cargos que desempeñó ni por los titulares que pudiera haber conquistado, sino porque durante décadas estuvo allí donde muchos prefirieron mirar hacia otro lado: frente a la tala, frente al fuego y frente a la indiferencia.
Fue, en cierta manera, el guardián que le dio voz al bosque. Comprendió algo que todavía hoy necesitamos repetir: el bosque no es solamente un hermoso paisaje. Es una fábrica de agua, protector de los suelos, refugio de la biodiversidad y garantía de supervivencia para las comunidades.
Entendió la importancia de la Cordillera Central, ese formidable sistema montañoso donde nacen algunos de nuestros principales ríos. Su conservación le preocupaba de manera especial porque sabía que cada extensión de bosque destruida, cada corriente afectada por la erosión y cada especie que desaparecía silenciosamente representaban una amenaza para la vida.
Luis A. Jiménez, integrante de la familia Canela y con estudios de posgrado en ciencias sociales en Texas A&M University, Harvard y el MIT, ha publicado un libro bien documentado bajo el título Canela Lázaro, genio desconocido. Es una obra de investigación, pero también de afecto y reconocimiento. Jiménez, igualmente amante de las montañas, tuvo la oportunidad de conocer, en el ambiente familiar, a aquel médico, científico y montañista excepcional.
El prólogo del libro ofrece una descripción reveladora del personaje. Destaca su extraordinaria capacidad para perseverar, con gentileza y desprendimiento personal, en un propósito que convirtió prácticamente en misión de vida: amar la naturaleza como a sí mismo.
Su curiosidad intelectual lo llevó a la investigación anatómica en Francia y a la exploración científica de las montañas más elevadas de nuestro territorio. Pero también hay que resaltar su valentía. No se dejó intimidar por quienes utilizaban el poder para depredar bosques y ríos.
Un episodio documentado permite comprender hasta qué punto se adelantó a su tiempo. En 1924, junto con Juan Bautista Pérez Rancier, advirtió sobre el grave peligro que amenazaba las cabeceras del Yaque del Norte y planteó protegerlas mediante la adquisición y delimitación de terrenos. En 1926 continuaron las labores de exploración y conservación que condujeron a la delimitación del llamado Vedado del Yaque, antecedente de lo que posteriormente sería el Parque Nacional Armando Bermúdez.
Hace más de un siglo, estos dominicanos comprendían la relación inseparable entre árboles, montañas, agua y supervivencia humana. Hablaban de proteger las cabeceras de los ríos cuando la conservación ambiental estaba muy lejos de ocupar el espacio que tiene actualmente entre las preocupaciones mundiales.
Y, sin embargo, cien años después seguimos enfrentando incendios forestales, tala ilegal, agricultura de montaña sin controles suficientes y presiones económicas sobre nuestras áreas protegidas. Seguimos aprendiendo, algunas veces demasiado tarde, una verdad elemental: cuando desaparece el bosque, comienza también a desaparecer el agua. Por eso, recordar a Canela Lázaro no es solo un ejercicio de justicia histórica. Es también una advertencia.
Los hombres que se adelantan a su época suelen pagar el precio de ser poco comprendidos mientras viven y poco recordados después de muertos. Pero las ideas verdaderamente grandes sobreviven a quienes las proclamaron. Canela Lázaro nos dejó una que conserva intacta su vigencia: proteger el bosque es proteger el agua, y proteger el agua es proteger la vida.
Quizás haya llegado el momento de escuchar, un siglo después, al hombre que decidió prestarle su voz al bosque.