Higüey: la ciudad que sostiene el turismo
La competitividad turística comienza en el hogar del trabajador
La competitividad del destino también se construye donde viven sus trabajadores. Fortalecer los servicios, el talento y las empresas de Higüey es invertir en el futuro productivo de La Altagracia.
Cuando pienso en Higüey, pienso en la familia que organiza su jornada alrededor de un turno hotelero, en el comerciante que abre su negocio y en el joven que busca prepararse para conseguir un mejor empleo. Detrás de la experiencia que ofrecemos a quienes nos visitan existe una ciudad que trabaja, presta servicios y sostiene hogares. Allí comienza una pregunta fundamental para nuestra economía: ¿cómo convertir el éxito turístico en mayor productividad y bienestar para la gente que lo hace posible?
Mi planteamiento es concreto: la calidad de vida de los trabajadores forma parte de la competitividad del destino. Un hotel puede modernizar sus instalaciones y mejorar sus procesos, pero su desempeño también depende de lo que ocurre fuera de sus puertas. El tiempo de traslado, la disponibilidad de agua, la formación técnica y las responsabilidades familiares influyen en las condiciones en que una persona llega a trabajar. La productividad de una empresa también se construye en la ciudad.
La dimensión del territorio permite comprender el desafío. El Censo de 2022 registró 415,084 habitantes en el municipio de Higüey, incluidos sus distritos municipales. La precisión importa: esa cifra corresponde al conjunto municipal, no exclusivamente a la ciudad cabecera. Planificar exige reconocer las relaciones entre los lugares donde las personas viven, los centros de empleo y los servicios que necesitan.
La escala económica es igualmente significativa. El Aeropuerto de Punta Cana informó que movilizó más de once millones de pasajeros en 2025. Se trata de tráfico de pasajeros, no de once millones de turistas distintos. Esa actividad expresa la magnitud de una conexión internacional que genera oportunidades para empresas y trabajadores. Higüey tiene ante sí la posibilidad de participar en ella con más conocimiento, servicios especializados y capacidad empresarial.
Para conseguirlo, propongo concentrar los esfuerzos en tres prioridades: una ciudad que facilite trabajar, una formación que permita progresar y un tejido empresarial capaz de competir.
La primera comienza con la movilidad. El transporte de trabajadores debe abordarse como un asunto productivo y humano. Conocer los recorridos, coordinar horarios, organizar paradas y atender los puntos de congestión permitiría orientar mejor las decisiones de autoridades, empresas y transportistas. Una jornada laboral no puede evaluarse sin considerar el tiempo necesario para llegar al trabajo y regresar al hogar. Cada minuto recuperado abre espacio para el descanso, el aprendizaje y la convivencia familiar.
Los servicios básicos forman parte de esa misma prioridad. Cuando un pequeño negocio debe destinar recursos adicionales a conseguir agua, resolver interrupciones eléctricas o enfrentar problemas de drenaje, dispone de menos capacidad para invertir en equipos, contratar personal o mejorar su oferta. Son costos que reducen su competitividad. Por eso, el agua, el saneamiento y la gestión de residuos deben entenderse también como infraestructura económica. Un Estado que funciona ayuda a reducir los obstáculos que encarecen la vida y dificultan producir.
La segunda prioridad es el talento. Higüey necesita preparar a su gente para acceder a un empleo y ofrecerle caminos para crecer dentro de él. La formación en idiomas, refrigeración, electricidad, herramientas digitales, logística y administración puede ampliar las posibilidades de ascenso, especialización y emprendimiento. El objetivo debe ser que una persona encuentre en su territorio oportunidades para desarrollar una trayectoria, no solamente para ocupar una vacante.
Existen experiencias que muestran una dirección útil. En 2025, el Infotep entregó títulos de técnicos a 97 trabajadores de Meliá Hotels mediante un proceso de evaluación ocupacional que reconoció su experiencia y sus competencias. Certificar lo aprendido durante años de trabajo permite valorar capacidades y complementarlas con nuevos conocimientos. Ese esfuerzo debe acompañarse de oportunidades reales de desarrollo profesional.
La capacitación debe organizarse tomando en cuenta la vida de quienes trabajan. Los horarios, el transporte y las responsabilidades de cuidado pueden determinar quién logra completar un programa. Una madre con talento no debería quedar excluida porque carece de apoyo para cuidar a sus hijos mientras estudia. Articular formación, empresas y servicios de cuidado permite que más personas aprovechen las oportunidades disponibles y contribuyan con sus capacidades.
La tercera prioridad es fortalecer las empresas higüeyanas. El mercado turístico demanda mantenimiento, reparación de equipos, confección, mobiliario, alimentos procesados, contabilidad y soluciones tecnológicas. La cercanía representa una ventaja cuando viene acompañada de calidad, puntualidad y capacidad de respuesta. Para un pequeño negocio, aprender a calcular costos, administrar inventarios y cumplir un contrato puede ser tan decisivo como adquirir una máquina.
Propongo un programa de desarrollo de proveedores locales, articulado entre la Cámara de Comercio, las empresas compradoras, los centros de formación y las instituciones de apoyo a las mipymes. Su tarea inicial sería identificar necesidades concretas del mercado y preparar a negocios con potencial para atenderlas. El acompañamiento debe traducirse en mejoras verificables de gestión, calidad y cumplimiento. Se trata de abrir posibilidades para competir, no de garantizar compras al margen de los estándares.
También importan las condiciones comerciales. Un contrato puede resultar difícil de sostener si una pequeña empresa debe financiar materiales, salarios y transporte durante períodos prolongados antes de cobrar. Requisitos transparentes, pedidos previsibles y plazos razonables de pago favorecen relaciones estables. Desarrollar proveedores exige preparación empresarial y compromiso de quienes compran.
Higüey cuenta, además, con una identidad que merece ocupar un lugar propio en su estrategia productiva. La Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia y el santuario de San Dionisio forman parte de un patrimonio espiritual e histórico cuyo valor trasciende cualquier aprovechamiento económico. Preservarlo permite transmitir una memoria compartida y recibir al visitante desde lo que somos.
Esa riqueza puede vincularse con recorridos culturales, gastronomía, artesanía y comercio local, respetando siempre el carácter de los espacios religiosos. Para hacerlo bien se requieren accesibilidad, señalización, guías preparados y espacios públicos cuidados. La ciudad debe ofrecer razones para conocerla, recorrerla y disfrutarla; sus habitantes deben ser protagonistas de esa experiencia y beneficiarios de las oportunidades que produzca.
Estas prioridades necesitan una agenda de productividad urbana con responsabilidades, plazos e inversiones definidas. El Ayuntamiento, los gobiernos distritales vinculados al destino, las instituciones nacionales, las empresas y los centros educativos deben coordinar sus actuaciones. Su avance tendría que medirse por resultados concretos: menores tiempos de traslado, servicios más confiables, trabajadores que progresan y empresas locales que consiguen y sostienen nuevos contratos.
La medida más importante será lo que ocurra en los hogares: si el empleo permite vivir con mayor tranquilidad, si estudiar abre oportunidades y si emprender deja de ser únicamente una respuesta a la necesidad para convertirse en una posibilidad de crecimiento. Allí la productividad adquiere sentido humano y se convierte en prosperidad compartida.
Higüey tiene condiciones para consolidarse como una ciudad de talento, empresas y servicios especializados, con identidad y oportunidades propias. Fortalecerla es fortalecer el turismo dominicano. Porque el éxito de un destino también debe reconocerse en la vida de quienes lo sostienen: en su capacidad de progresar y en el bienestar que encuentran al regresar a casa.