Hatuey De Camps: el retrato que no se despide

Crónica de una audacia que abrió las puertas de la residencia presidencial mexicana

Hatuey De Camps. (generada con IA )

La primera vez que lo vi, distaba del político que marcaría una época. Era apenas un mozalbete espigado, como si la altura con la que la naturaleza lo había dotado presagiara la que después conquistaría en la política.

La Universidad Autónoma de Santo Domingo vivía días convulsos. Desde el campus principal —-21 de junio de 1968—, avanzaba hacia la Facultad de Ingeniería y Arquitectura un reducido grupo de estudiantes encabezado por un joven de abundante cabellera negra y voz poderosa: Hatuey De Camps. Dirigía el Frente Universitario Revolucionario Radical (FURR), vinculado al Partido Revolucionario Dominicano. Pocos años después, mutado en Frente Universitario Social Demócrata (FUSD), dejaría de ser una expresión minoritaria para convertirse en la principal fuerza estudiantil de la academia.

Yo daba entonces mis primeros pasos en el periodismo profesional. Apreté la marcha para alcanzarlo y preguntarle por los enfrentamientos armados que estremecían la universidad, de los cuales su organización se mantenía al margen. La respuesta no fue exactamente una declaración. Fue una descarga de críticas contra el gobierno de Joaquín Balaguer pronunciada con una seguridad impropia de alguien que cumpliría veintiún años ocho días después.

Nadie imaginaba entonces que aquel joven terminaría ocupando la secretaría general del PRD, la secretaría de la Presidencia, la presidencia de la Cámara de Diputados y, finalmente, fundando su propio partido cuando entendió que la fidelidad a sus principios valía más que la disciplina partidaria.

Nuestros caminos volverían a cruzarse muchas veces. Él desde la política; yo desde el periodismo. Lo vi ascender con rapidez, discutir con la misma pasión con que convencía y ejercer el poder con una mezcla singular de inteligencia, determinación y una confianza en sí mismo que rozaba la temeridad. No era un hombre que esperara a que las circunstancias fueran favorables. Prefería obligarlas a acomodarse a sus decisiones. Así ocurrió en septiembre de 1985.

Un viaje sísmico

El terremoto que devastó Ciudad de México dejó entre diez mil y veinte mil muertos, redujo a escombros centenares de edificios, destruyó hospitales, escuelas y complejos habitacionales y cambió para siempre la historia mexicana. Entre las construcciones perdidas figuró el Hotel del Prado, donde Diego Rivera había pintado el célebre mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Allí se había hospedado Juan Bosch en su viaje a México una vez ganadas las primeras elecciones después de muerto el dictador.

Hatuey era entonces secretario de la Presidencia; en los hechos, el funcionario de mayor influencia en el gobierno de Salvador Jorge Blanco. Me llamó por teléfono directamente.

—Nos vamos para México. Te invita el presidente y quiero que vengas con nosotros.

No preguntó si podía. Dio por sentado que iría. Era una característica muy suya: primero tomaba la decisión y después resolvía los detalles.

Partimos en un avión de Dominicana de Aviación cargado con alimentos y artículos de primera necesidad. Las cajas ocupaban la bodega, los pasillos y buena parte de los asientos. Entre los integrantes de la delegación figuran Freddy Beras Goico, quien durante el vuelo impidió que la tragedia terminara por imponerse al ánimo con una sucesión interminable de chistes multicolores.

El aterrizaje, avanzada la noche, fue el primer contacto con la dimensión del desastre. El aeropuerto internacional era un hervidero. Desembarcamos lejos de la terminal y permanecimos largo rato inmóviles junto a una pista de carreteo. Mientras esperábamos, una réplica del terremoto hizo oscilar violentamente los postes de iluminación. Y mi corazón. Era la primera vez que experimentaba un temblor de aquella magnitud.

Pernoctamos en un hotel aledaño y al día siguiente Hatuey decidió que debíamos ir a Los Pinos. No existía cita alguna con el presidente Miguel de la Madrid. El ministro llevaba in pectore un mensaje de solidaridad de Salvador Jorge Blanco y la convicción de que sería recibido.

A Los Pinos fuimos

La residencia presidencial lucía asombrosamente tranquila y solitaria. México atravesaba probablemente la mayor crisis de su historia contemporánea. La reacción oficial había sido objeto de fuertes críticas y el orgullo nacional hacía incómoda la aceptación de ayuda extranjera. Nuestro avión, con todo y su cargamento solidario, parecía llegar en el peor momento.

No recuerdo qué dijo exactamente Hatuey en la entrada de Los Pinos. Sí el resultado. Nos dejaron pasar. Mientras esperábamos en un elegante salón advertí la presencia de un hombre joven, vestido con llamativas botas vaqueras y un sombrero texano descansando sobre las piernas.

Me acerqué a Hatuey y le dije al oído.

—Ese es Henry Cisneros, el alcalde de San Antonio.

Me miró con cierta incredulidad.

—¿Estás seguro?

—Acuérdate de cuál es mi profesión.

Sin perder un segundo se levantó, caminó hasta donde estaba Cisneros, lo saludó por su nombre y comenzó una conversación que, vista desde lejos, parecía la de dos viejos conocidos.

Aquella facilidad para aproximarse a cualquiera, sin importar el rango ni las circunstancias, era una de sus mayores fortalezas.

Poco después apareció un colaborador presidencial para transmitirnos el mensaje de Miguel de la Madrid. El mandatario agradecía profundamente la ayuda dominicana y enviaba un saludo afectuoso a Salvador Jorge Blanco. La reunión no se produjo, pero el objetivo sí. La solidaridad dominicana había sido oficialmente aceptada.

Con los años Henry Cisneros llegaría al gabinete del presidente Bill Clinton como secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano. Hatuey me comentó tiempo después que ambos mantuvieron comunicación durante algún tiempo.

Zona de desastre

La jornada no terminó en Los Pinos. Hatuey quiso ser testigo del siniestro. Fuimos primero al Conjunto Urbano Nonoalco-Tlatelolco, entonces el mayor complejo habitacional de América Latina. El paisaje parecía salido de una guerra. Rescatistas cubiertos de polvo, ambulancias alineadas, maquinaria pesada removiendo montañas de concreto y una pesadez extraña acompañada de órdenes de quienes seguían buscando sobrevivientes.

El Edificio Nuevo León se había desplomado por completo. Mientras observábamos a cierta distancia, varios rescatistas corrieron hacia una ambulancia. Acababan de sacar con vida a una persona de entre los escombros. Nadie dijo una palabra.

Más tarde pasamos por la colonia Roma y sus alrededores, donde los hospitales constituían otro inmenso escenario de destrucción. El Centro Médico Nacional del Instituto Mexicano del Seguro Social había sufrido daños devastadores, el Hospital General de México y el Hospital Juárez acumulaban centenares de muertos. Entre los escombros permanecían atrapados varios recién nacidos que días después serían conocidos como los “Niños del Milagro”.

Mientras regresábamos al aeropuerto, aquellos bebés seguían sepultados bajo toneladas de concreto.

Beras Goico: único

El vehículo avanzaba en silencio. Era un silencio incómodo, de quien intenta ordenar en su cabeza imágenes que nunca lograría olvidar.

Entonces Freddy Beras Goico hizo lo único que alguien como él podía hacer. Pidió al conductor que detuviera el vehículo junto a un grupo de personas. Bajó la ventanilla y, con un acento mexicano perfecto, preguntó muy serio:

—Ándele, manito… ¿me puede decir dónde queda la esquina de París con Duarte?

Las carcajadas rompieron de golpe aquella atmósfera funeraria una vez continuamos la marcha. Solo Freddy podía lograr que, en medio de semejante tragedia, la vida reclamara durante unos segundos su derecho a seguir siendo vida.

Otro es el tiempo

Años después quise visitar a Hatuey cuando el cáncer ya había reducido casi por completo sus fuerzas. Alguien me explicó que el deterioro era irreversible y que él aguardaba el final con serenidad.

Entendí las reservas familiares. Mejor conservar la imagen del hombre que conocí. No la del enfermo. La del muchacho de la UASD que hablaba con la seguridad de quien ya conocía su destino. La del funcionario que entró en Los Pinos sin invitación porque estaba convencido de que debía hacerlo. La del político capaz de abrir conversaciones donde otros solo veían puertas cerradas.

Quizás Hatuey De Camps llegó a la política en el momento más ingrato posible. Balaguer, Bosch y Peña Gómez no eran simplemente tres figuras dominantes: eran tres sistemas gravitacionales que deformaban el espacio político a su alrededor. Crecer en ese entorno exigía o la devoción del satélite o la audacia de quien decide brillar con luz propia. Hatuey eligió lo segundo, y esa elección tuvo un precio. Le costó posiciones, amistades y poder. Fue discípulo de Bosch y de Peña Gómez, pero cuando su independencia chocó con la disciplina del partido, no dudó en fundar el suyo.

Al final, la política

La política suele premiar a quienes saben acomodarse. Hatuey pertenecía a una especie diferente. Discutía, imponía, disentía y, cuando entendía que una causa lo exigía, prefería marcharse antes que callar.

No fue un político perfecto. Ninguno lo es. Cometió errores y sostuvo posiciones discutibles. Pero incluso quienes, como yo, discrepamos con dureza de él, reconocemos una cualidad hoy escasa: autenticidad.

Diez años después de su muerte, no guardo la imagen del funcionario poderoso ni la del candidato presidencial. Guardo la del hombre que entendía que la voluntad también puede ser una forma de liderazgo. Pocas veces la vi expresarse con tanta claridad como aquella mañana en que decidió, simplemente, entrar en Los Pinos.

Tiene sentido que el homenaje de este lunes 29 de junio se celebre en la UASD. No en un salón de protocolo ni en una sede partidaria. En la universidad donde aquel muchacho de vozarrón dio sus primeros pasos. Lo promueve su hijo Luis Miguel, hoy ministro de Educación y jefe del partido que fundó su padre. En su despacho, un retrato gigantesco del Hatuey juvenil lo vigila. El lugar donde todo comenzó es el más honesto para recordarlo. Y quien lo recuerda lleva su rostro en la pared, como quien se niega a despedirse.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.