Carta abierta a Dios

Entre las deudas diarias y el deseo de una conversación con Dios

El silencio de la naturaleza como refugio para el alma fatigada. (Shutterstock)

Querido Dios:

Cada ciudadano del planeta conoce bien el calibre de sus propios afanes. Todos sabemos de tribulaciones diarias, ya sean añejas o recién aparecidas porque los años se encargan de sumarlas al camino. Nadie logra escapar a esas pesadillas. Cuando usted parece dormirse, los infiernos se desatan: estallan conflictos bélicos y sangrientos crímenes de guerra como en Gaza. Los problemas del mundo simplemente se agitan sin freno.

Las personas con más fe apelan a doblar rodillas salmodiando plegarias. Algunas oraciones brotan de manera natural, desde lo más profundo de las entrañas; otras hay que empujarlas con cierto esfuerzo, como si padeciéramos de una severa constipación invocatoria. A pesar de que este ritual es milenario —viene marcado en los genes, heredado de los autóctonos o de quienes plantaron el Estandarte Real en América—, a menudo lo repetimos mecánicamente, siguiendo las instrucciones de un folleto de Catecismo.

Esa comunicación, no pocas veces, se complica.

—¿Y no será que a usted la telefónica le cortó el internet por impago, o que Satanás le está robando el wifi? —se preguntan algunos inquisidores.

Quiero pensar que no es ninguna de esas variables. Lo que ocurre es que la fe flaquea. Y le confieso que no soy ateo ni ando por esos rumbos. Pasa que, en estos tiempos modernos, las neuronas y los circuitos cognitivos se atiborran de mensajes negativos, noticias falsas y cretinismo en el ciberespacio.

¿No le sucede a usted, que dan ganas de aislarse ante tanto pedido de la gente? En mi caso particular, a menudo hago como Enriquillo: me sublevo en las montañas de Cambita, aunque no para pelear. He tratado de sostener una comunicación con usted de forma espontánea, sin intermediarios y con respeto. Sin embargo, este mundo desquiciado, en la era con mejor tecnología pero de peor interacción espiritual, conspira contra cualquier intención sana de hablarle. Me doy cuenta de que todo el mundo vive en constante emergencia. Imagínese, la gente acude a dar empujones hasta para echarle aire a una goma.

Mi propósito no es cargar de problemas a la deidad. Con miles de millones de seres humanos, imagino que al Todopoderoso le llueven los temas tormentosos. A su buzón deben llegar más dilemas que los planteados en el célebre libro de álgebra de Baldor. Con toda la presión del ciudadano moderno —pago de facturas, alimentación, vestido, compromisos del hogar, impuestos, mantenimiento del edificio, intereses usureros, inscripción universitaria, energía eléctrica e internet—, ¿usted cree que queda juicio para mantener una conversación sosegada?

Sé que usted es omnisciente y omnipresente, lo que le permite atender plegarias y resolver los temas más enrevesados al modo de una computadora cuántica. No me preocupa que alguien me tilde de irreverente; tampoco me creo un consagrado estoico, pero ese proceder libre me hace vivir más ligero. Epicteto y Marco Aurelio no tienen que ver con esta calma, pues la adquirí de segunda mano en la compraventa de Manuel.

La tranquilidad más sensacional la experimenté en las profundidades del mar, donde las especies no molestan. Ver la flora oceánica resulta un verdadero anestésico. En el océano hay que estar pendiente de otras alertas, como los corales de fuego, pero su fauna no es un dolor de cabeza para usted, como sí lo somos los humanos convirtiéndo la Tierra en un caos.

Cuando el hombre apela a destruirse, confío en que lea esta misiva. La verdadera paz se hace presente cuando no permites que los problemas ocupen tu mente en las horas avanzadas de una noche oscura. Sé que su respuesta llegará como vino Jesús: con absoluta fe y esperanza.

Su siervo y amigo.