¿Embajadora o proconsulesa?
El pulso diplomático que pone a prueba la soberanía nacional
Hasta hace poco, parecía que los funcionarios imperiales en terceros países habían desaparecido junto con cada pedazo del muro berlinés derribado en 1989. El mundo asistía entonces al principio del fin de la Guerra Fría que durante décadas enfrentó a Washington y Moscú, con aciagas consecuencias para los pueblos de sus órbitas de influencia.
No es que la injerencia cesara, sino que adaptó forma y discurso a los vientos neoliberales que soplaban con creciente fuerza. Cambiaron los modos y cambió el lenguaje. También las agendas, en apariencia más cercanas a una convivencia basada en la colaboración y el respeto. Una injerencia blanda que nos hizo creer que, en esta parte del mundo, el garrote yacía para siempre bajo tierra. Crasa equivocación.
Ya lo dijo el vapuleado Marx: los hechos y personajes de la historia aparecen dos veces, «primero como tragedia y, después, como farsa». Una de las características de la farsa en que se ha convertido la historia occidental actual es el resurgimiento de los procónsules y proconsulesas en clave trumpista, empeñados en convertir el mundo —aunque solo lo consigan con los débiles— en el imperio MAGA.
Allí donde van actúan sin miramiento alguno por la soberanía. Las leyes, para comenzar, les importan un bledo y los funcionarios son considerados bestiecitas domesticables. Es lo que acontece en el país desde noviembre del año pasado cuando, con un inventario de propósitos muy definidos, desembarcó en el AILA la embajadora estadounidense.
Su halón de orejas al ministro de Justicia Antoliano Peralta por asistir a una reunión en Madrid convocada por Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español; su crítica poco disimulada a la supuesta amenaza a la libertad de prensa incluida en el Código Penal y, más recientemente, su empeño en imponer a las autoridades de Salud la agenda anticientífica y conspiranoica del secretario Robert F. Kennedy, son apenas tres de las muchas intervenciones poco diplomáticas que ya acumula.
Esta última es quizá la más claramente osada. En su cuenta de Instagram, la embajadora presentó la visita a Kennedy de la vicepresidenta Raquel Peña y del ministro de Salud Víctor Athallah como centrada en la discusión sobre el «tratamiento» del autismo que aplica Ernesto Fadul. Que las autoridades dominicanas rindieran un informe con críticas contundentes a esta práctica, no es libérrima decisión que le merezca la pena.
Nuria Piera, con cuyo estilo periodístico no suelo coincidir, aportó datos en su último programa sobre la reunión en Washington y sobre la formación en Medicina de Fadul que deberían obligar al Gobierno del presidente Abinader a pronunciarse.
Respecto a la reunión, Piera presentó copia de la agenda: en ella no figuró alusión alguna al «tratamiento» del médico influencer; el posteo de la embajadora nada tiene que ver tampoco con lo publicado al respecto en la web de la Vicepresidencia. En cuanto a lo segundo, hizo pública la respuesta a su solicitud de la Universidad de Zaragoza, donde Fadul dice haber obtenido su doctorado y cursado diversas especialidades: no hay registro alguno que confirme lo que este se atribuye. Su titulación profesional está en entredicho.
Hace 111 años, el embajador estadounidense William Russell condicionó el reconocimiento del Gobierno de Francisco Henríquez y Carvajal a la entrega absoluta de la soberanía en una nota precursora de la intervención militar de 1916. Lo que entonces fue tragedia, hoy es farsa.