Democracia finisecular

Del bipartidismo al tripartitismo en la historia electoral dominicana

La influencia de la sociedad civil y el nuevo equilibrio del sistema político. (shutterstock)

Hurgando textos que publiqué en El Siglo en víspera de las elecciones del 2000, encontré este balance de fin de siglo que pienso tiene mérito para compartirlo. “El próximo 16 de mayo los ciudadanos dominicanos, provistos de una nueva cédula de identidad y electoral con foto y huellas integradas vía escáner, acudirán a las urnas a decidir por décima tercera vez en los últimos 38 años quiénes serán sus gobernantes. Cuando culminen las elecciones “bisagras” del 2000, se habrán realizado desde el ajusticiamiento de Trujillo 9 elecciones generales, 2 exclusivamente presidenciales, una legislativa y municipal y otra sólo municipal.

En este período nuestra democracia, con sus imperfecciones, se ha ido construyendo a golpes de aprendizaje cívico siendo las elecciones el catalizador por excelencia.  No son la panacea, pero sí el mecanismo competitivo y plural para ejercer el principio de soberanía popular mediante la renovación periódica de mandatos y mandatarios. No en balde Giovanni Sartori ha dicho que “no resuelven los problemas, pero deciden quién habrá de resolverlos”.

El saldo político institucional de este proceso nos ha permitido evolucionar, desde la hegemonía unipartidista en todos los órganos de poder del Estado que fue característica hasta 1978, a un modelo bipartidista que operó desde entonces hasta 1990.  Ese año entró al juego con inusitada fortaleza un tercer partido y un cuarto actor, la sociedad civil, que presentó sus credenciales en el marco del Pacto de Solidaridad Socioeconómica, renovándolas con más brío en el vórtice de la crisis postelectoral de 1994 que dio origen al Pacto por la Democracia.

Hoy exhibimos un sistema político tripartitita con una cuarta pata conformada por la sociedad civil. Una democracia más plural y participativa orientada al diálogo, la negociación y la formación de consensos e instituciones más sólidas. Con un sesgo personalista menor al declinar o desaparecer los grandes liderazgos carismáticos que balcanizaron la vida política.

Aunque 2 de los principales líderes que protagonizaron las luchas políticas de estos últimos 40 años (Bosch y Balaguer) han sobrevivido al fin de siglo, sólo uno de ellos se mantiene como un factor beligerante quebrándole el espinazo al calendario y desairando a cuantos han pronosticado fallidamente su retiro definitivo de la arena cívica. Pese a que las encuestas le sitúan en un tercer lugar muy distante de Hipólito Mejía y algo por debajo de Danilo Medina, sus partidarios alientan la esperanza de una nueva resucitación electoral. De cualquier modo, bajo el sistema de doble vuelta que tendrá su segunda prueba en el 2000. su participación podría ser decisiva para inclinar la balanza en una dirección u otra.

Veamos algunos de los rasgos que han marcado las elecciones dominicanas durante estas cuatro décadas, iniciando con la polarización. Hasta 1982 la votación registró una marcada polarización entre las 2 opciones principales. Así, en las elecciones de 1962, 6 de cada 10 electores sufragaron por el PRD mientras 3 se inclinaron hacia UCN. En 1966 y 1978 la suma de los votos a favor del Partido Reformista y el PRD alcanzó el 93 % y el 94 % respectivamente. Ya en 1982 este indicador bajó al 84 % emergiendo discretamente una tercera fuerza, PLD, con el 10 %.

A partir de 1986 se quiebra el modelo de comportamiento electoral bipartidista al lograr el PLD un 18 %, complejizándose aún más esta tendencia en 1990 al surgir cuatro alternativas como consecuencia de la división del PRD. Los 2 partidos más votados (PLD 34 % y PRSC 34 %) sólo sumaron el 68 %, obteniendo los 2 restantes un 30 % (PRD 23 % y PRI 7 %). Los partidos aliados al PRSC (PQD, PNVC, PLE y PDI) le aportaron los sufragios indispensables para superar al PLD por un ligero margen.

En 1994, con la caída del PLD a un 13 % y el derrumbe del PRI, la polarización volvió por sus fueros totalizando PRSC y PRD el 84 % de los votos: 42.3 % y 41.6 %. Persistente en las elecciones posteriores, al suplantar el PLD al PRSC y concentrarse en 2 polos: 85 % en la 1ra vuelta en 1996 y 83 % en los comicios congresuales y municipales de 1998.

Del bipartidismo al tripartidismo. El saldo institucional de este patrón de comportamiento electoral fue un sistema político bipartidista, que empezó a modificarse en 1990 al ceder Balaguer el control del bufete directivo de la Cámara de Diputados al PLD entre 1990/96, compensándolo por la pérdida del Ejecutivo y como contrapeso al PRD. Bajo otro escenario, viabilizó en 1996 las aspiraciones del PRD a encabezar la cámara y del PRSC de asegurarse una cuota del Poder Judicial renovado. Ya siendo el reformismo la 3ra fuerza, se benefició del equilibrio tripartidista al encabezar la cámara baja y la LMD.

En el pasado este esquema de reparto del poder no fue la norma.  Aunque en lo formal 2 partidos o más han logrado representación en el Ejecutivo, el Congreso y los ayuntamientos, en la práctica el partido ganador de las elecciones ha copado todas las instituciones ejerciendo hegemonía. Así fue en el gobierno de Bosch, cuyos partidarios controlaron también la Constituyente, raíz de serios conflictos con el elemento conservador representado por UCN, los empresarios y la iglesia.

En el primer gobierno de los 12 años de Balaguer, pese a la brava oposición del PRD en las cámaras, el reformista impuso su estilo. En 1970 la abstención del PRD le sacó del cuadro institucional dando paso en el Congreso a partidos como MIDA y PQD. Aun así, el PRD dirigía la calle. En 1974 la inhibición electoral de la oposición dejó al reformismo solo, con todo el poder. Aunque Balaguer orilló los pactos con la oposición -excepto el que posibilitó los comicios de 1970-, recurrió a la cooptación de adversarios moderados.

La alternancia de 1978 abrió espacio a la cohabitación forzada al quedar el Senado, a raíz del “fallo histórico” de la JCE, bajo el control del PR y por esa vía del Poder Judicial y la JCE. Entre 1982/86 las luchas de tendencias en el PRD -más que el resultado electoral al obtener este partido en el 82 el control absoluto del Congreso y los ayuntamientos- le dieron vigencia al juego bipartidista al recurrir el Ejecutivo al auxilio reformista para legislar y contrapesar al majlutismo dominante en el Senado.

Un segundo el relevo de partido se produjo en 1986 al conquistar el PRSC tanto la presidencia como el Congreso y la mayoría de los ayuntamientos. Los comicios de 1990 arrojaron un cuadro legislativo y municipal dividido entre 3 grandes partidos, con participación marginal del PRI. La escisión del PLD, con la salida de un grupo de legisladores y sindicalistas, lo complejizó.

Mayoría precaria y crisis postelectoral. Con el quiebre de la polarización electoral se redujeron dramáticamente los márgenes de la primera mayoría sobre la segunda. Del 29 % en 1962 se pasó a 2 % en 1986, a 1 % en 1990 y a menos de 1 % en 1994 -base de 3 crisis postelectorales y motivo de los 2 pactos que sirvieron de salida legitimadora a las crisis de 1990 y 1994. Aún con márgenes holgados del ganador, el partido perdedor PR alegó fraude en 1978 y en 1982. Y con estrechos márgenes de diferencia le tocó este rol al PRD en 1986 y 1994 y al PLD en 1990.

El proceso electoral ha sido afectado por el síndrome del fraude: los partidos presumen intención delictuosa entre ellos y respecto al papel de la JCE en el proceso. La compra del voto, el doble sufragio, la adulteración del carnet, la dislocación de electores, la manipulación del cómputo y el control político de la JCE figuran en el inventario. Este patrón cultural se ha irradiado a la población, agravándose en tanto los márgenes se estrechan y se incorporan nuevas tecnologías al proceso electoral, como la computadora, el fax, la cámara polaroid y los módulos informatizados de cedulación.

Como efecto colateral el síndrome del fraude ha servido para eternizar la vigencia del liderazgo político, obviando la ventilación autocrítica de los errores y las debilidades que originan la derrota. Y de excusa para descabezar cíclicamente a la JCE e impedir su institucionalización, propiciándose así la intervención de muletas técnicas y árbitros externos nacionales y extranjeros a fin de legitimar su labor.

Pese a que el sistema de doble vuelta fue adoptado para promover mayorías sólidas incuestionables y liberarnos de la pesadilla del fraude, la fiebre últimamente se ha trasladado a la cedulación, luego de superarse aparentemente el problema de la composición política de la propia JCE. Los días por venir nos dejarán saber...

Las estrategias ganadoras en las elecciones han descansado en los siguientes pivotes.

A) Una oferta de cambios que ha prendido en la mayoría en los comicios del 62, 66, 78, 82, 86 y 96 y que casi le dio el triunfo al PLD en el 90 y al PRD en el 94. En el 62 Bosch encandiló a las masas rurales y urbanas con su prédica de reformas sociales democráticas. En el 66 la mayoría votó cansada de la guerra a favor de cambios pacíficos y en el 82 renovó su esperanza con la promesa de reformas que el “Cambio” perredeísta alentó en el 78, al surgir Jorge Blanco como el principal opositor al gobierno de su propio partido.

En el 86 Balaguer canalizó hacia su candidatura el disgusto frente al balance mediocre de la gestión del PRD. En el 96 el electorado escogió entre 2 alternativas de transición al régimen de 10 años de Balaguer recortado en su mandato. El sistema de doble vuelta y el Frente Patriótico le allanaron el paso al “Nuevo Camino”.

B) Una opción de conservación que ha funcionado mediante bloqueo e inhibición de la oposición en el 74, la división de los contrarios en el 70 y el 90 y la satanización de la fórmula encabezada por Peña Gómez en el 94. Mecanismo eficiente en las cuatro reelecciones de Balaguer.

C) La aplicación de una política efectiva de alianzas como fueran las elecciones ganadas por el PRSC en el 86 y el 90 o la promoción de un gobierno de amplia base como la “Concentración Nacional” de Jorge Blanco en el 82.

En el 94 y el 96 el PRD se apoyó en esta premisa al cuajar la coalición del Acuerdo de Santo Domingo y plantear un “Gobierno Compartido”, clave de una sólida votación que le situó a un tris del poder en el 94 pese a la dislocación de electores y le colocó puntero con 46 % en la 1ra vuelta del 96. A contrario, Balaguer, más temerario y menos concesionario en asuntos programáticos, se conformó con atar al PRSC cuanto partido le fuera instrumental. Para realizar su sueño de niño aletargado: fallecer acomodado en “la silla de alfileres”.

José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.