El peligro de los egos inflados
La ilusión del conocimiento en la era de los algoritmos
Un cordón umbilical une lo que, con su acostumbrada maestría, Aníbal de Castro llama Ignorancia Artificial y el efecto Dunning-Kruger. Ya lo han dicho otros (¿Sarmiento, por ejemplo?): la ignorancia es atrevida. Lo es con un atrevimiento que produce en el atrevido el sesgo cognitivo que lo lleva a sobrevalorar capacidades e influencias. A verse como el centro del universo alrededor del cual giran todas las posibilidades. Lo primero que descarta es el antiquísimo consejo filosófico de conocerse a sí mismo.
No hablo de ignorancia en términos peyorativos o clasistas, ni como la contrapartida negativa del conocimiento o indigencia neuronal. Dios me libre de un pecado que produciría infinidad de insultos digitales. Pienso en la ceguera voluntaria frente a la complejidad del mundo y sus fenómenos. En la tabla rasa que aplana la realidad para no bregar con las aristas. En esa que, por irreflexión escogida, se conforma con juntar retazos de cosas que no entiende pero que supone redituable.
Los tiempos favorecen el florecimiento de estas conductas. Hay quienes las atribuyen a los déficits académicos; a esa escuela que ya ni siquiera enseña a memorizar; las competencias en materias básicas lo demuestran. Otros, a la intoxicación (infoxicación) de la mente humana por el exceso de información disponible, a lo que habría que agregar que un porcentaje cada vez más alto de ella es superflua o claramente basura. Un basural en el que los afectados por el Dunning-Kruger bucean sin remordimiento.
Algunos estudiosos equiparan la infoxicación con la selección natural preconizada por Malthus, y hablan, como lo hace Gonçal Mayos, de «un proceso malthusiano en el conocimiento»: no hace desaparecer a los expertos en campos especializados, pero sí despoja al ciudadano común del conocimiento necesario para decidir sobre las cuestiones que garantizan la buena marcha de las sociedades.
Trasladado al ecosistema mediático, caracterizado por una fragmentación exponencial de la atención, este proceso metafórico tiene, entre otros efectos perversos, la radicalidad como mecanismo de supervivencia. Los llamados creadores de contenido (y a veces, de manera rimbombante, «comunicadores»), reinan soberanos. Su anzuelo es la estridencia con la que, ayudados por el algoritmo, logran captar a cantidades variables de los receptores convertidos en cámara de eco.
Es entonces cuando las métricas comienzan a operar como sesgo cognitivo: los afectados convierten los números en ese intangible que es la influencia (también contribuyen algunas fotografías y amistades). El ego se esponja y sustituye al cerebro como instrumento de la razón. Son tajantes en todos los juicios que pronuncian, casi siempre carentes de la menor verosimilitud. No les importa si con ello dañan el clima público, difunden prejuicios y perjuicios y menoscaban los cimientos del orden social. Eso sí, al no reconocer sus límites, y mucho menos sus limitaciones, se sienten merecedores de absolutamente todo, incluida la presidencia del país.
Por pereza crítica, estos individuos pueden parecernos irrelevantes, fenómeno pasajero de una sociedad gaseosa, pero no lo son. Es muy probable que nunca lleguen a donde aspiran, pero en el recorrido hasta la frustración de sus expectativas, alimentan la fatiga de una población cada vez más descreída de todo. Ahí radica su peligro.