Llegar al futuro imaginado por vía del pasado real…
El peor crimen contra la cultura es dejar de leer
“¡Ciao carissimi!” A mis parientes cibaeños les extrañaba que saludara así. Creían que “chao” sólo se dice al despedirse, aunque es también un saludo. ¿Será una voz precursora de la circularidad del tiempo o la simultaneidad de multiversos? Uff… ¡cómo me complico con sencilleces! Este hola o adiós en italiano proviene del antiguo dialecto veneciano, “sciavo”, o sea “soy su esclavo”, expresión cortesana. Aterrizo: ¿es quien escribe esclava de sus lectores? Siento casi como amigos a algunos por sus afectuosas notas por email. Gracias, especialmente a quienes sugieren temas o libros. Ojalá complacerlos a todos… ¡Sería como la Befana sin escoba!
Inesperada pérdida
Me enteré con tristeza que el talentoso escritor Luis Martín Gómez (1962-2026) falleció a mediados de agosto por una fulminante enfermedad. Leí hace unos años sus relatos sobre la represión policial tras la revolución de 1965. Ganó el premio nacional de cuento en 1999 y otra vez en 2009. Recibió otros galardones desde que comenzó a escribir en los años ’90 y en 2010 el premio nacional de literatura infantil. No lo conocí personalmente. Los testimonios de sus amigos dan fe de que aparte de buen autor fue una excelente persona. Su premiado libro “El hombre grama y otros cuentos verdes y pintones” (Mar de Tinta, S.D., 2010, 42 páginas) busca motivar a niños y jóvenes a “combatir los monstruos que devoran el medio ambiente”. Está ilustrado por Jean Burgos, José Ceballos y Tulio Matos, con prólogo por Aidita Selman. Merece leerse.
Los que emigraron…
Me agradó conocer que en Estados Unidos hay una asociación de escritores dominicanos, la “Dominican Writers Association”, entidad sin fines de lucro que apoya la creación literaria, en los géneros de poesía y narrativa de ficción. También promueve una categoría de “no ficción creativa”, la escritura con técnicas literarias para contar acontecimientos de la vida real de manera verídica, sin inventar circunstancias, personajes ni otros detalles. Los diálogos, descripciones y ambientación, en primera persona o desde una perspectiva subjetiva, llevan el relato al umbral del cuento o la novela, sin traspasarlo pues la creatividad del autor se enfoca en ofrecer, dentro de los preceptos estéticos de que se trate, toda la información veraz inteligentemente presentada para agradar los sentidos o estimular el intelecto. “Madre di Dio, che sfida!”
La DWA define su misión como “proveer a los autores las herramientas y recursos para continuar desarrollando su destreza para alcanzar las alturas del canon literario”, que supongo se refiere a la cultura occidental cuyo baremo en cuanto a calidad pone de ejemplo a obras estimadas como patrón dentro de cada estilo y época, como las de Dante, Colette o De Beauvoir, Herta Müller, Cervantes o Shakespeare. Pueden ver cuán prolija es la producción literaria de nuestros compatriotas visitando la página de la DWA en el sitio web Bookshop.org.
¿Se atreverá alguien, aquí o allá, a publicar alguna “no ficción creativa” biografiando a don Alofoke, al simpático político Pacheco o al sabichoso senador Antonio Marte? No sé por qué mencionar a estos caballeros me recuerda la famosa expresión de otro, Berlusconi, en febrero de 2006: “Yo soy el Jesucristo de la política. Soy una víctima paciente, soportando todas las insolencias, me sacrifico por todos…”. ¡Oh Dios, “quel birbante!”.
…los que se quedaron
Otro asombro digno de estudios sociológicos es cómo en los sectores marginados de ciudades y pueblos ha surgido una generación que jamás ha leído un libro, ¡ni uno!, pero sin embargo se cree con capacidad o derecho para reinventar las reglas sociales de urbanidad y civismo, por no decir nada de sus pretensiones políticas. Hay abundante literatura sobre este fenómeno. Tales son las obras del filósofo y ensayista católico coreano Byung-Chul Han (Seúl 1959), que emigró a Europa –sin saber ni “ß” o “potzblitz!” de la lengua germana— porque su familia lo había obligado a estudiar metalurgia impidiéndole su vocación literaria. Desde que comenzó a escribir en alemán en 1994, con su tesis doctoral sobre el filósofo existencialista y gurú de la ontología Martin Heiddeger (1889-1976), en la Universidad de Friburgo, elucida complejidades en esa lengua. Pensé en Han dado que, igual que los dominicanos que escriben en inglés, expresarse en habla foránea no es sólo sobre el idioma, sino encajar culturalmente en una sociedad con acervo y valores distintos. Sin embargo, los avances tecnológicos facilitan que cualquier joven criollo con interés por la literatura o la ciencia pueda acceder a innumerables bibliotecas, recursos y obras a través de la internet. Ser isleños es más una tara mental que un obstáculo físico. La ubicuidad digital es un portento.
Han, premio Princesa de Asturias de Humanidades y Comunicación 2025, es autor de 32 obras, algunas criticando agudamente el exceso de información motivado por dinámicas de las sociedades capitalistas. El imperativo de la transparencia como mecanismo de control social, argumenta Han, impone un sucedáneo de dictadura, al sacrificar valores considerados “passée”, como la confianza recíproca, la discreción, la modestia y la vergüenza. En “La sociedad de la transparencia” (Herder, Barcelona, 2013, 96 páginas), el autor propone que esta transparencia impuesta por el mercado no promueve ni ayuda a las libertades ni la democracia, sino que conforma una estructura para nivelar, controlar y vigilar policialmente a las sociedades, sus individuos y grupos socioeconómicos o políticos, mediante la meta-data digital, acumulación de datos sobre otros datos.
Sus editores engoan así: “ningún otro tema domina el discurso público actual más que la transparencia. Según Han, quien la refiere solamente a la corrupción y la libertad de información, se desconoce su envergadura. Esta se manifiesta cuando ha desaparecido la confianza y la sociedad apuesta por la vigilancia y el control. Es una coacción sistémica, un imperativo económico, no moral o biopolítico. Las cosas se hacen transparentes cuando se expresan en la dimensión del precio y se despojan de su singularidad. La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual. Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de libertad, se han convertido en un gran panóptico, el centro penitenciario donde el vigilante puede observar ocultamente a todos los prisioneros, imaginado en el siglo XVIII por [Jeremy] Bentham” (Londres 1748-1832), jurista y reformador social, ideólogo del utilitarismo moderno. Herr Han merece leerse, no sólo este sino sus otros libros también.
La gran discusión
He visto las conversaciones en Santo Domingo y otras capitales acerca del cambio de paradigma del control de la opinión pública por la irrupción de las redes sociales, los medios digitales y la disminución de la lectoría e influencia de la prensa tradicional. En “Letras Libres”, la revista sobre creación y crítica literaria que dirige Enrique Krauze y que desde 1999 es quizás la más importante brújula cultural de la intelectualidad de Hispanoamérica, hace un buen tiempo el tema ha suscitado ensayos que merecen leerse para informar cualquier juicio al respecto. El periodista y escritor sobre temas de seguridad y justicia Juan Carlos Romero Puga (México 1975), en “Los medios digitales y las redes sociales no transforman directamente el periodismo”, analizó la importancia de la verificación de las noticias difundidas por vías no tradicionales. Víctor J. Vázquez Alonso (Valladolid 1979), profesor titular de derecho constitucional en la Universidad de Sevilla y destacado ensayista especializado en libertades públicas, comentó “la restauración de la opinión pública y los medios de comunicación”, explicando cómo el progreso tecnológico ha trastocado el funcionamiento de la opinión pública. Sugiere que se legisle para regular “el nuevo ecosistema comunicativo”. Es un debate que va para largo… Y aquí al parecer lo que más preocupa a muchos es la incidencia política o partidista de “influencers” o fenómenos mediáticos con ganas de creerse redentores sociales pese a ser apenas ignorantes con mucho dinero. Este rumbo puede conducir a situaciones como las descritas en ficciones que por añejas no pierden relevancia.
Una es la aclamada novela “Farenheit 451” (Simon & Schuster, Nueva York, 2012, 250 páginas), por el afamado autor estadounidense de ciencia ficción Ray Bradbury (1920-2012), publicada originalmente en 1953. Está traducida a más de 50 lenguas, con ventas mundiales de más de doce millones de ejemplares impresos, entre ellas una traducción al español por Alfredo Crespo López con múltiples ediciones desde 1967 por Plaza & Janés de Barcelona. Es una novela sobre los Estados Unidos en un distópico futuro, tras una segunda guerra civil como la de 1863 a 1865, en que el Gobierno prohíbe todos los libros. El protagonista Guy Montag es un joven encargado de la quema de libros, quien enfrenta un dilema de consciencia al conocer a una vecina que le explica cómo en épocas anteriores la discusión pública era alimentada por el disenso, la crítica y la lectura de toda clase de obras. Montag descubre que los libros ofrecen mayores perspectivas que la televisión controlada por el Estado a la que está adicta su esposa. Esta epifanía epistémica, explicó Bradbury poco después de publicarse su novela, se le ocurrió al autor, que la trasladó a su personaje, al observar cómo los medios de comunicación social (¡medio siglo antes de la internet!) “aminoran o extinguen el interés popular por la literatura”. El título Farenheit 451 se refiere a la temperatura (233 grados Celsius) necesaria para que las páginas de los libros ardan hasta achicharrarse.
Este polifacético escritor autodidacta recibió en 2004 la Medalla Nacional de las Artes, el más alto honor otorgado por el Gobierno estadounidense a artistas. En 2007 le fue dado un Pulitzer especial “por su distinguida, prolífica y profundamente influyente carrera como autor”. Desde mediados del siglo XX mereció incontables reconocimientos y premios. En 2018 fue producida una película muy mala dizque basada en esta obra de Bradbury, pero recomiendo mejor leer el libro, en inglés o español. Bradbury decía que “hay peores crímenes que prohibir o quemar libros; uno es no leerlos”.