El caso de Lindsay Clancy

Un jurado divido deja sin veredicto el trágico crimen de tres menores

En enero del veintitrés, Lindsay Clancy pidió a su esposo recoger una orden de comida y unos medicamentos y, aprovechando su ausencia, asesinó a sus tres hijos. El pasado viernes, y después de casi cuarenta horas de deliberaciones, un jurado compuesto por nueve mujeres y tres hombres fue incapaz de alcanzar un veredicto unánime, por lo que el juez declaró nulo el proceso.

Este juicio dividió la sociedad estadounidense y buena parte del mundo, ya que en torno a esta tragedia se impusieron narrativas propias de la batalla cultural que se libra en Occidente. Y algo tan horrible, que en cualquier otra coyuntura sería unánimemente rechazado, produjo movimientos a favor de Clancy.

Manifestaciones en las afueras de la corte donde se desarrollaba el juicio y tendencias de opinión en las redes sociales fueron las herramientas utilizadas por grupos feministas para apoyar el relato de una supuesta inimputabilidad, bajo el argumento de que sufría psicosis posparto y fue víctima de un sistema de salud que le abandonó. Para esta gente la víctima fue la madre, no sus tres hijitos.

Y aunque en estos tiempos parezca política y socialmente incorrecto, hay que decirlo: la única razón por la que esa progresía política, social y mediática mostró ese respaldo a Clancy, es porque se trata de una mujer. Si el matador hubiera sido Patrick, el esposo y padre de las criaturas, aun con diagnósticos similares y mismos tratamientos, hace rato estuviera esperando su turno en el pasillo de la muerte.

Para muestra un botón. En el dos mil catorce Timothy Jones asesinó a sus cinco hijos de entre uno y ocho años. La madre de los niños le fue infiel, lo que provocó su divorcio, manteniendo el padre la custodia de los menores. En el juicio se declaró no culpable alegando demencia debido a una esquizofrenia no diagnosticada. Pocas horas bastaron para que el jurado lo declarara culpable y fuera condenado a muerte. Y a nadie se le ocurrió, ni entonces ni ahora, atribuirle la condición de víctima, ni siquiera pedir aligerar su condena alegando que el sistema sanitario le falló, porque no fue diagnosticado y tratado de sus padecimientos.

Pero eran otros tiempos, Estados Unidos no estaba tan dividido que ni el repudio ante el asesinato de tres niños es capaz de unificarles.

Si Lindsay Clancy estaba depresiva pudo suicidarse y dejar con vida a los niños. Pero en su lugar planificó los asesinatos con pleno conocimiento de que cometía una atrocidad. Hizo que el padre saliera de la casa antes de ahorcar con una banda elástica a sus tres hijos, para luego infligirse cortadas superficiales y lanzarse desde un segundo piso. No fueron heridas profundas, ni las produjo en partes del cuerpo que pudieran provocarle la muerte, tampoco buscó mayor altura para quitarse la vida, solo unos pocos metros que apenas la dejaron parapléjica.

Pero vivimos tiempos donde las pasiones sustituyeron la razón y el sentido común. Antes era posible reconocer afecciones mentales, sin necesidad de empatizar y mucho menos justificar a una mujer que estranguló a conciencia y sangre fría a sus hijos. Ya que por muchas vueltas o explicaciones que quieran ofrecer, Cora de cinco años, Dawson de tres y Callan de apenas ocho meses, son las únicas víctimas reales de esta terrible tragedia.