La crítica como agua de borrajas o “tindanga”
Más allá del ninguneo: la voz de una abuelita septuagenaria en la crítica nacional
Agradezco la cálida bienvenida que Plinio Chahín (Santo Domingo 1959), reconocido poeta y ensayista de la generación de los 80, dedicó a “Mirope, la desconocida” en su artículo del 23 de septiembre, acerca del “arte de hablar de libros sin importar quién firma”. Opinó que en Estas Letras mías “aparece una conciencia clara de [que] uno de los problemas fundamentales de nuestra literatura [es] el ninguneo”. ¿Acaso no es un retorcido ninguneo atribuir a una autora ser otra persona? Debo aclarar algo (no hacer un “aclarando” como decían doctos académicos al castigar la lengua). Existo tan inequívoca e innegablemente como han existido incontables otras mujeres censuradas, incomprendidas o atacadas, más que por su nombre, origen o idiosincrasia, por lo que se atreven a opinar o escribir. Ciertamente mi voz era desconocida por el público antes del 29 de mayo pasado, cuando “llegué de vuelta”. Quizás es menos importante “averiguar quién es Mirope” que poner asunto a “lo que dice Mirope”. Chahín resalta la necesidad de “hablar de literatura con conocimiento, sensibilidad, curiosidad e ironía” con absoluta libertad, sin condicionar lo que se exprese por “relaciones personales, filiaciones intelectuales o viejas querellas”. Conozco personalmente a poquísimos autores dominicanos, aunque he procurado estar al día sobre cuáles merecen atención. Que a mí tampoco me conozca casi nadie es quizás una bendición. La función cultural de la crítica literaria requiere liberarse de cualesquiera cadenas o grilletes o quisquillosas reservas, porque estamos al servicio de los lectores como orientadoras del criterio. Distinto al análisis crítico académico y formal, en la prensa se promueve la lectura y se crean puentes hacia un mayor entendimiento de casi todas las cosas. Esto así, no para imponer el propio parecer ni asumir la pretendida infalibilidad de dogmáticos, poetastros ancilares entregados a doctrinas unívocas y teorías políticas o narcisistas infatuadas con su propia voz.
Si atendiera la animosidad que Tere, Marujita y Mafalda me traen chismosamente cada vez que oyen cuánta tijera dan quienes creen conocerme, sin tener idea de quién les está hablando, me dedicaría al boxeo para envejecientes, al bochinche radiofónico o la farándula. No podría ser –como soy, según saben mis nietos— una septuagenaria abuelita retirada en Santo Domingo tras décadas impartiendo docencia en el extranjero, donde otros amplios y anchos ambientes letrados harían ridículamente innecesaria esta parrafada. Me he reído mucho, pues mientras escribía esto me deleitaba Joan Manuel Serrat con su canción sobre “Esos locos bajitos” y sus versos “niño, deja ya de joder con la pelota, niño / Que eso no se dice, que eso no se hace / Que eso no se toca…”. Y recordé a tía Lucrecia, que con sabiduría toscana (casi cibaeña honorífica) decía: “A lavare la testa all'asino si perde l'acqua e il sapone!”
Elogio de asnos
Junto con tía Lucrecia, la voluntariosa e impredecible memoria, esa caracola que nos regala el murmullo marino, aunque estemos en el pico Duarte, me trajo al premio Nobel de 1956, Juan Ramón Jiménez (Moguer 1881- Puerto Rico 1958), y su “Platero y yo” (Anaya, Madrid, 2014, 303 pág.), su relato del burro ideal que, en su villa de infancia, al regresar ya mayor y enfermo en 1934 justo antes de la guerra civil, le ofrece la empatía y comprensión ansiadas por su alma de poeta, que sus vecinos le niegan. Y como esas coincidencias vienen aparejadas, también recordé “Filosofía del Hombre Burro” (Corripio, S.D., 2002, 139 pág.), del jurista Julio César Castaños Guzmán (S.D. 1955), con prólogo por Manuel Mora Serrano, que ofrece una exquisita meditación sobre cómo los asnos han acompañado a los humanos en momentos estelares de la historia y su importancia en la civilización. Ambos merecen leerse.
Otra novela histórica
Jeannette Miller (S.D. 1944), de la generación del 60 y ganadora en 2011 del Premio Nacional de Literatura por su obra, es autora de “Color de Piel” (Santuario/Búho, S.D., 2019, 218 páginas), una narración con acento autobiográfico elogiada por los renombrados José Alcántara Almánzar (S.D. 1946) y Ángela Hernández Núñez (Buena Vista 1954). Miller posee más de 50 obras publicadas en los géneros de poesía, ensayo, crítica e historia del arte, cuento y novela, de variable calidad según constaté tras leer esta obra. Entre sus libros se destacan una “Historia de la Pintura Dominicana”, de 1979, y “Fórmulas para combatir el miedo”, cuaderno poético de 26 páginas, de 1972. Otros premios otorgados a Miller son el Feria del Libro-León Jimenes en 2007 y el Premio Nacional de Cuentos en 2010. Es miembro de la Academia Dominicana de la Historia y por muchos años fue profesora en la UASD, donde hizo su licenciatura en letras. Su nombre lo recuerdo de alguna de mis vacaciones en el Cibao pues decían mis primos que su padre, el locutor y productor radiofónico Freddy Miller Otero, que desapareció en el mar frente a Santo Domingo mientras navegaba en un pequeño velero junto a dos mujeres y dos niños, había sido “secuestrado por extraterrestres”, en lo que parece un bulo trujillista para tapar que fue ametrallado por error por aviones de la Fuerza Aérea.
Jeannette de los Ángeles Miller Rivas es una autora de sólido bagaje, lo cual motiva mi desencanto al comprobar que “Color de Piel” es otro intento de hacer literatura partiendo a priori de una condena moral y política de los doce años de gobierno de Joaquín Balaguer, de 1966 a 1978. Alcántara Almánzar la justifica así: “la protagonista arrebata a la memoria momentos cruciales de su biografía y su visión del mundo”, matizada sin dudas por el asesinato inexplicado de su padre en 1959 atribuido a Trujillo. Piropea el estilo de su prosa “por su fuerza argumental, su autenticidad, su diáfana impronta y ese fiero decir con el que ha logrado construir un mundo propio”. Hernández Núñez juzga que la novela “trasluce la visión ética, social y espiritual de la autora” y que su relato está “iluminado por la imaginación, el conocimiento y la belleza”. El libro incluye 46 segmentos (promedian cuatro páginas cada uno). Tiene un curioso e innecesario glosario de “dominicanismos que aparecen en la novela”, cuya única rareza es “agua de tindanga” que es un caldo o café muy claro. Esta obra puede gustarle a quienes deseen refocilarse en manidos tópicos políticos de los’60 o busquen conocer aquellos años desde una ficción bien lograda.
Revisión por pares
Al pensar (ancora) sobre la cuestión de la crítica y el ambiente editorial en Santo Domingo, impregnado del petricor de esperadas alboradas, veo que entre nosotros la decisión de qué se publica, se promueve y valora, se critica o comenta, depende casi siempre de alguna voluntad individual, distinto a los más prestigiosos centros de pensamiento, editoras académicas o revistas literarias extranjeras, donde cada publicación es curada por algún comité o grupo de pares. Es poco conocido aquí el concepto anglosajón de “peer reviews”, que escritores de igual o mayor prestigio evalúen los méritos de cualquier texto para determinar si merece imprimirse o colgarse en línea. Usualmente se juzga la obra, no sólo al autor (quien usualmente es desconocido). ¿Cuántos desatinos y necedades jamás habrían visto la luz si fuesen sometidos a similar revisión? El tema da para largas discusiones… Recuerdo que, en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, su revista “Sargasso” usaba este método para garantizar la integridad editorial y mantener el alto el nivel de sus publicaciones. En mi caso, acostumbrada al rigor editorial de Estados Unidos y Europa, casi siempre discuto con mis primas y amigas las ideas para esta página, aunque muchas veces no estamos de acuerdo y termino imponiendo mi criterio. ¡Porque “io sono me stessa, e nessun’altra!”
Prólogos y reseñas
El más reputado historiador dominicano, Frank Moya Pons (La Vega 1944), dijo a principios de octubre en el Museo de Historia y Geografía un profundo y breve discurso al presentar la edición por la Academia Dominicana de Historia de su nuevo libro “Lecturas Históricas Dominicanas” (ADH/Búho, Vol. CLXXIV, S.D., 2026, 550 págs.), que reúne 63 de los cientos de prólogos, presentaciones, introducciones y reseñas suyas sobre obras de historia dominicana. El autor, doctor en historia latinoamericana y desarrollo económico por Columbia University, es expresidente de la ADH, su miembro de número con más antigüedad y el más leído e influyente autor sobre historia dominicana, con más de medio centenar de libros publicados, entre ellos el clásico “Manual de Historia Dominicana” (Corripio, S.D., 1981, 723 págs.) que hace tres décadas llevaba más de quince ediciones y es de consulta obligada en escuelas y universidades. ¡Lo leí por primera vez en una biblioteca en Roma! En agosto pasado recibió la Orden de Duarte, Sánchez y Mella por su “vida consagrada al conocimiento y la educación patriótica”. En su prodigiosa carrera como historiador, introdujo en esa disciplina una metodología distinta al usual enfoque marxista de la UASD, planteando en la PUCMM y otras academias de altos estudios un enfoque moderno e imparcial, basado en el análisis económico, sociopolítico, demográfico y su contextualización internacional.
En su presentación, Moya Pons resaltó el valor de la generosidad al añadirla a la imparcialidad, objetividad y ecuanimidad que cree indispensables para juzgar obras ajenas. “Quanto è ammirevole!” Su libro ofrece una mirada a cómo él ha estudiado y escrito la historia, al referirse a textos de los autores reseñados. Las diez secciones tratan secuencialmente la época colonial, la política del siglo XIX, las transformaciones tras la independencia, Trujillo y el antitrujillismo, las crisis de la democracia, el crecimiento y desarrollo tras 1961, geografía y naturaleza (fue ministro de Medio Ambiente del año 2000 al 2004), memorias ajenas, pueblos y ciudades y finalmente cultura y sociedad. Como todas las publicaciones de Moya Pons, esta más reciente merece leerse.