Bajen el volumen, no somos sordos

La convivencia también se defiende bajando el volumen

Que un obispo tenga que levantar la voz contra el ruido dice mucho del nivel de contaminación sónica que soportamos diariamente. Que un grupo de personas haya decidido manifestarse en espacios públicos por el mismo motivo confirma que no se trata de una exageración moralista ni de la queja aislada de quienes “no toleran la alegría”. El ruido excesivo se ha convertido en un problema real de convivencia.

Pese al discurso frecuente de las autoridades, la contaminación sónica sigue fuera de control en demasiados barrios y avenidas. Colmadones, bocinas móviles, motores alterados y música a volúmenes absurdos convierten noches enteras en pruebas de resistencia. Dormir bien empieza a parecer un privilegio y no un derecho elemental.

El problema no es únicamente de comodidad. El ruido constante deteriora la salud, altera el descanso, aumenta la irritabilidad y genera una sensación permanente de agotamiento social. Una ciudad que no descansa es también una ciudad más tensa y menos tolerante.

Las autoridades suelen responder con operativos ocasionales, decomisos mediáticos y promesas de vigilancia. Pero la percepción ciudadana sigue siendo la misma: falta continuidad, falta control y, sobre todo, falta voluntad para enfrentar a quienes convierten el espacio público en propiedad privada del escándalo.

La convivencia también se defiende bajando el volumen


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