El drama femenino del motoconcho

La incómoda intimidad obligatoria en el transporte sobre dos ruedas

El motoconcho ha mutado, con la complacencia oficial, en un sistema de transporte paralelo, nunca plenamente reconciliado con la ley. Lo singular es que obliga a una intimidad física que ningún otro medio de transporte impone.

Para muchas mujeres, el trayecto comienza con una estrategia defensiva. La cartera deviene muralla improvisada entre pasajera y conductor. Funciona mientras la calle coopere. Un hoyo, un reductor de velocidad o un frenazo y la física derrota cualquier intento de preservar las distancias. La ley de gravedad no entiende de pudor.

Incomodidad, pero también seguridad. Sin un asidero adecuado, muchas sacrifican estabilidad con tal de evitar un contacto indeseado. Paradójicamente, cuanto más procuran mantenerse alejadas del motorista, mayor es el riesgo de terminar abrazándolo en la primera maniobra. Como la picaresca criolla rara vez pierde una oportunidad, algunos giros innecesarios o frenazos teatrales parecen inspirados menos por el tránsito que por la pasajera.

El motoconcho transporta personas con rapidez. Pero resulta difícil de justificar que, en pleno siglo XXI, se obligue a tantas mujeres a negociar, durante cada trayecto, una cercanía que nunca eligieron.  El motoconcho es marcadamente antifeminista. Aparte de los estragos del viento al peinado, lo indeseable resulta inevitablemente deseable cuando la distancia al destino siempre supera, con creces, la que separa al motoconchista de su pasajera.

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