Cuando llueve, la ciudad se detiene
Santo Domingo no puede seguir viviendo a merced de la lluvia
Una vez más, las lluvias convirtieron a Santo Domingo en un caos. Vías anegadas, tránsito paralizado y una ciudad incapaz de sostener su ritmo cotidiano. Tanto fue el impacto que las autoridades se vieron obligadas a reducir el horario laboral y cerrar algunas escuelas, evidencia clara de una capital que colapsa ante fenómenos cada vez más frecuentes.
Es cierto: los aguaceros han sido particularmente intensos. Pero no es menos cierto que el problema es el mismo de siempre. El sistema de drenaje pluvial resulta insuficiente, obsoleto y mal mantenido. A ello se suma una práctica persistente: la acumulación de basura en calles y contenes, que termina obstruyendo imbornales y agravando las inundaciones. El cambio climático augura tormentas iguales o mayores.
La responsabilidad es compartida. Las autoridades han fallado en la planificación urbana y en la inversión sostenida en infraestructura resiliente. Pero también el ciudadano contribuye, desde el descuido cotidiano, a empeorar la situación. Sin cultura de orden, ningún sistema funciona.
El punto nodal no es reaccionar ante cada tormenta, sino anticiparse. Santo Domingo no puede seguir viviendo a merced de la lluvia. Urge una política integral que combine inversión, mantenimiento y educación cívica. De lo contrario, cada aguacero seguirá siendo sinónimo de parálisis, de caos y víctimas.
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