Publicar el dolor, testimoniar el drama

La dimensión pedagógica de un testimonio íntimo

Publicar el cuaderno de Carolina, asesinada por su expareja, dista de ejercicio de morbo o explotación del dolor ajeno. Es, en el sentido más hondo del periodismo, un acto de testimonio. La libreta de Carolina no pertenece ya solo a la intimidad de una víctima. Es una evidencia humana de cómo la violencia se instala lentamente en la vida cotidiana hasta volverse destino. En esas páginas no hay literatura ni dramatización; hay una mujer tratando de entender el miedo, nombrar la humillación y dejar constancia de un deterioro emocional que muchas veces la sociedad prefiere ignorar.

El periodismo tiene la obligación de contar aquello que algunos quisieran mantener en silencio. Cuando una tragedia revela patrones que se repiten —el control, la amenaza, el aislamiento, la normalización del abuso—, callar sería también una forma de complicidad. Mostrar la libreta es mostrar las señales que tantas mujeres escriben, callan o esconden antes de morir.

Pero hay además una dimensión pedagógica. Estas páginas obligan a mirar de frente una violencia que suele explicarse con estadísticas frías o titulares fugaces. Aquí el lector encuentra la dimensión real del sufrimiento en el miedo cotidiano, el desgaste psicológico, la soledad.

Que se publique duele. Pero más doloroso sería que nadie aprendiera nada de esa muerte.

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