Justicia sin venganza: prueba difícil

El valor de la sobriedad jurídica frente a los grandes dolores sociales

Las palabras del juez Raymundo Mejía en el caso Jet Set contienen una verdad que las sociedades suelen olvidar precisamente cuando más la necesitan: la justicia no existe para vengar, sino para juzgar.

Nada resulta más comprensible que el deseo de castigo cuando el dolor es profundo. Pero es justamente en esos momentos cuando la justicia enfrenta su examen más difícil. Juzgar serenamente cuando todos claman por castigar exige más fortaleza institucional que dejarse arrastrar por la corriente emocional del momento.

La venganza busca aliviar una herida; la justicia intenta comprenderla y asignar responsabilidades dentro de límites previamente establecidos. La primera nace de la emoción; la segunda, de la razón. Los mayores abusos ocurren cuando se considera que determinadas circunstancias justifican suspender esa distinción. Lo excepcional termina convirtiéndose en costumbre.

Razonabilidad, proporcionalidad y debido proceso parecen palabras sobrias frente a dolores inmensos. Su valor radica en que no dependen de la intensidad de la ira colectiva. Las víctimas merecen decisiones sustentadas en pruebas y sentencias capaces de resistir el paso del tiempo. Una condena construida para complacer a la multitud ofrece alivio inmediato; una construida sobre fundamentos sólidos ofrece algo más valioso: legitimidad.

La justicia fue concebida para que la fuerza de las razones lo sea también de la ley.

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