Es el fútbol
El verdadero triunfo de la Copa del Mundo es su capacidad para conectar a personas de todos los continentes
Antes que un torneo, la Copa del Mundo es un fenómeno cultural. Noventa mil personas en Oslo reunidas para cantar, celebrar y hasta remar simbólicamente como sus ancestros vikingos. La familia real española saltando de alegría tras un gol. Miles de dominicanos pegados al televisor, olvidando por noventa minutos el calor, el tránsito, la política y las preocupaciones cotidianas. La escena se repite, con matices distintos, en los cinco continentes.
Ningún otro espectáculo deportivo consigue semejante capacidad de sincronizar emociones. Durante un Mundial, el planeta parece latir al mismo ritmo. Las diferencias de idioma, religión, ideología o poder adquisitivo quedan suspendidas detrás de un balón que rueda con una sencillez desarmante.
El fútbol posee ese raro privilegio de convertir un gesto individual en una experiencia colectiva. Un gol hace llorar a desconocidos abrazados en una plaza. Un penalti fallado silencia ciudades enteras.
República Dominicana, donde el béisbol sigue siendo el rey, tampoco escapa a ese hechizo. Familias enteras reorganizan horarios y amistades circunstanciales nacen alrededor de una pantalla.
Quizá ese sea el verdadero triunfo de la Copa. No el del campeón que levantará el trofeo, sino el de recordar que, por unos días, millones de personas pueden compartir la misma alegría, la misma angustia y la misma esperanza. Pocas cosas, hoy, logran semejante milagro.
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