Matar al mensajero
Cuando informar cuesta la vida: el informe de la SIP y la amenaza a la democracia
A un médico no suelen asesinarlo por curar; a un ingeniero, por calcular una estructura; a un mecánico, por reparar un motor. A un periodista pueden matarlo por cumplir con su trabajo: investigar, preguntar y publicar lo que alguien quiere ocultar.
La Sociedad Interamericana de Prensa informó en su Asamblea General de Bogotá de nueve periodistas asesinados en las Américas durante el último semestre. Detrás quedan familias destrozadas, redacciones intimidadas y comunidades privadas de voces.
El periodismo siempre ha sido un oficio peligroso. Su ejercicio incomoda a quienes abusan del poder, administran negocios criminales o convierten los recursos públicos en patrimonio particular. Pero ese peligro no disminuye su necesidad; confirma cuánto importa que alguien vigile, contraste y cuente.
Asesinar a un periodista persigue también disciplinar a los que sobreviven. El mensaje pretende imponer silencios, desalentar investigaciones y acostumbrar a la sociedad a desconocer aquello que la perjudica.
Por eso, las condenas oficiales resultan insuficientes cuando no llegan acompañadas de protección efectiva, investigaciones rigurosas y castigo para autores materiales e intelectuales. La impunidad prolonga cada crimen y prepara el siguiente.
Defender a los periodistas es defender el derecho ciudadano a saber. Ninguna democracia puede considerarse saludable si informar exige jugarse la vida y quienes ordenan apagar una voz conservan su libertad para seguir amenazando, robando, mintiendo y matando.