¿Por qué no te callas?
Miles de denuncias al año confirman la grave crisis de contaminación acústica
Silencio. Silencio… ¡Silencio! ¿Será que pueden hacer silencio? Silencio, que la abuela está enferma. Silencio, que el bebé duerme. Silencio, que necesito descansar. Silencio, que quiero escuchar el sonido del silencio.
¿Fiesta? ¿Fiesta a las 10 de la mañana? ¿Fiesta a las 3 de la tarde? ¿Fiesta a las 10 de la noche? ¿Fiesta a las 3 de la madrugada? ¿Cuándo acabará la fiesta?
Bullicio. Predicadores. Bocinas. Todos suenan al mismo tiempo. La esquina está encendida. Es cualquier esquina de Santo Domingo.
En otra latitud, apenas hay un murmullo. Cero música. Vehículos que circulan sin imponerse al ambiente. Gentío que no incomoda. Es cualquier esquina de Buenos Aires, Argentina. Mismo idioma. Distinta cultura del ruido.
En la República Dominicana, denuncias van. Denuncias vienen. En lo que va del año, unas 87,000 han llegado como gritos quejosos para implorar auxilio a las autoridades por el fastidio del ruido. Son unas 311 por día.
Siempre tiene que llegar alguien a imponer el orden que no nace de manera espontánea, que no importa, del que no existe conciencia. Porque en este país en desarrollo, el silencio parece necesitar una autoridad que lo haga respetar.
Silencio. ¡Silencio! Más que llamar al 9-1-1 para pedir auxilio, vale la pena lanzar una pregunta al vacío, como aquella que el rey Juan Carlos I le espetó a Hugo Chávez en el 2007: dominicano ruidoso, ¿por qué no te callas?