Batallas por un parqueo
El costo oculto de intentar estacionarse en paz
No hay escapatoria. Ya sea en una casa o en un edificio residencial, el estacionamiento es una prueba de fe en la convivencia. Lidiar con los temperamentos de nuestros vecinos nos hace desear que algún día la humanidad evolucione a un nivel ultra superior.
Las batallas por un parqueo han escalado hasta la muerte en nuestro país y nos han llevado a pensar que un vecino, más que un aliado, puede convertirse en un enemigo. Y de eso sabe mi vecino. Ya no encuentra cómo hacerle entender al inquilino de otro apartamento del edificio que no estacione su monstruosa camioneta en los parqueos asignados a su unidad. Le tocará instalar unos bloqueadores para ponerle una barrera física a la mala educación de un insensato que se niega a poner de su parte. ¡Vaya egoísmo!
Para llevar la fiesta en paz, también tengo que pensar en el vecino del otro lado de la calle cuando visito a mis padres. Estacionarme frente a la residencia de mis viejos es algo que nos hemos autoprohibido, a pesar de tratarse de un espacio público. Sí, porque él refunfuña cuando encuentra un vehículo allí, pues debe maniobrar con mayor precisión para entrar a su marquesina y ejercitar un poco más los músculos al volante. ¡Qué sacrificio!
Y si salimos del ámbito residencial en busca de un estacionamiento, aparece un supuesto “padre de familia” a cobrarnos —por las buenas o por las malas— una tarifa de hasta 100 o 200 pesos por parquearnos en un espacio público del que decidió apropiarse y al que él mismo le puso precio.
No estoy descubriendo el agua tibia. Quien tiene un vehículo sabe que estacionarse es una prueba de convivencia en este país en desarrollo. Una competencia por demostrar quién es más paciente, más empático, más civilizado, más inflexible, más airado, más tozudo o más bestia. Nadie anda buscando un trofeo, pero, si salimos a buscar candidatos, encontraremos finalistas de sobra en todas las categorías.