El problema haitiano (1 de 2)

Paños tibios y consciencias tranquilas, la falsa solución al drama con Haití

Sócrates, condenado a muerte en un juicio injusto, decía a sus discípulos que “difícilmente encontrareis a otro que, como yo, aunque os parezca un despropósito, esté destinado por la divinidad a ser algo así como la férula de la ciudad… que, como yo, no se canse de haceros recapacitar, de exhortaros, de regañaros…”.

Así se siente un dominicano, como yo, compromisario con los valores compartidos con su pueblo, cuando percibe la necesidad de alertar a la sociedad para corregir políticas que afectan el ordenamiento económico y el sustrato de la nacionalidad, pero se ve contrarrestado por aquellos que anclados a sus intereses y a sus cuotas de poder solo atinan a procurar su propia conveniencia y la de sus grupos.

El antídoto está en perseverar. Insistir.

La crisis que sacude a Haití afecta en profundidad a nuestra patria. No basta con proclamar que la República Dominicana no es ni será la solución para los problemas de Haití, cuando en el día a día lo está siendo, con acciones cubiertas por el sutil dejar hacer, que diluye los fundamentos en que se asienta nuestra nacionalidad. Las palabras esconden los ribetes en que se asienta la tragedia.

Es posible que todos estemos de acuerdo con que Haití necesita establecer un clima de seguridad, paz y confianza, favorecer las inversiones, crear planes que lleven al empleo masivo de su población, mejorar la salud pública y la educación, reparar las profundas heridas ambientales que desangran sus cuencas hidrográficas y menguan sus caudales de agua potable y para la irrigación.

En que es imperativo que reorganice y consolide sus instituciones, y dote de documentos a sus nacionales, señal inequívoca de su funcionamiento apropiado como nación soberana.

Es probable que muchos compartan la idea de que la República Dominicana debe ofrecer a Haití cooperación en todas las áreas, en especial la sanitaria, gestión hospitalaria, reconstitución de los recursos naturales, construcción, viviendas…

Asimismo, la de fomentar el intercambio cultural con objeto de dejar atrás los resquemores respectivos, pues las sociedades no pueden quedar ancladas en los resentimientos del pasado.  

Y que debemos plantear a la nación vecina un acuerdo de libre comercio que cubra los bienes de alto valor agregado nacional respectivos e incorpore las mejores condiciones comparativas para todos los demás renglones. Y convenios de inversiones mutuas, incluidas empresas complementarias.

El desarrollo de Haití interesa tanto a los haitianos como a los dominicanos. Es preferible coadyuvar al progreso de esa nación que hacernos de la vista gorda y seguir permitiendo que sus problemas se vuelvan nuestros, tal y como sigue ocurriendo a través de la inmigración masiva irregular que nadie cuantifica con exactitud, pero cuyo impacto es de gran magnitud.

Ese es el punto clave: hay que detener la inmigración irregular de haitianos hacia la República Dominicana y revertirla en gran medida. Desarticular la tendencia a sustituir población local por inmigrantes indocumentados por conveniencias de sectores económicos en busca de mayor rentabilidad y de funcionarios que se lucran por fingir no ver lo que a la vista está.

En honor a la verdad, no estamos haciendo lo necesario para corregir esos entuertos.  Si acaso, aplicar paños tibios para acallar la consciencia.

Hay algo vital, innegociable: los empleos generados deben ser reservados en mayor medida a los dominicanos y los establecidos allá a los haitianos.

El devenir laboral en nuestra tierra adolece de demanda precaria y mal retribuida para los dominicanos, y de exceso de empleo a extranjeros, sobre todo en el sector informal, pero también en medida creciente en el formal. Este es un asunto que debe ser abordado, pues tiene aristas y derivaciones que afectan a la política, economía, sociedad, seguridad, nacionalidad.

Lo ideal sería que las fuerzas políticas y sociales se pusieran de acuerdo en los puntos básicos para enfrentar el problema, con soluciones verdaderas, no con aspavientos ni ilusiones en busca de soslayar el costo económico, social y político que implican.

Sé muy bien que dentro del Consejo Económico y Social (CES) se discutió con seriedad y motivación este asunto y se suscribió un documento que recoge acuerdos, pero al mismo tiempo observo que no existe nada concreto en la forma de plan de acción inmediata, que es lo que urge hacer. El texto recogido no apunta a lograr soluciones a la crisis sino a administrarla.

En mi opinión se ha desaprovechado una oportunidad para actuar y ganado tiempo solo para perpetuar los problemas, tal y como ha sido la tónica de la clase dirigencial: lavarse las manos, dejar que el tiempo logre un acomodo e imponer sus conveniencias en detrimento de los intereses de la nación.

Hay que zarandear la base en que se sostiene la estructura dirigencial. Se debe actuar y pronto.  

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.