Doral: más que una foto
República Dominicana ante el nuevo tablero geopolítico regional
Henry Kissinger escribió que el orden internacional surge cuando existe un equilibrio entre poder y legitimidad. Cuando ese equilibrio comienza a alterarse, los sistemas regionales empiezan a reorganizarse.
En ese contexto debe leerse la iniciativa presentada este fin de semana en Doral bajo el nombre de “Shield of the Americas”, concebida como un esfuerzo para coordinar una respuesta regional frente al crimen organizado transnacional y, particularmente, frente al creciente poder de los carteles del narcotráfico.
Doral fue más que una foto, pero aún no alcanza la densidad institucional de una nueva arquitectura hemisférica plenamente definida. Lo que sí parece claro es que la reunión buscó ensayar un bloque minilateral, selectivo y de línea dura, centrado en carteles, seguridad y contención de influencia estratégica externa.
Pero, ¿qué revela realmente la foto?
La primera lectura es la más visible: una coalición anti-carteles.
La segunda es la más política: una convergencia entre gobiernos ideológicamente cercanos a Donald Trump.
La tercera —y quizás la más relevante— es estratégica: una reorganización hemisférica bajo la lógica de la seguridad económica, contención de la influencia china y cooperación selectiva.
Lo ocurrido este fin de semana en Doral, Florida, merece una lectura que vaya más allá de la coyuntura. No fue simplemente una reunión entre presidentes ni un gesto político entre gobiernos afines. Fue una señal de que algo comienza a moverse en la forma en que Estados Unidos está mirando nuevamente a su propio hemisferio.
Durante las últimas décadas, la política exterior estadounidense concentró gran parte de su atención en otros teatros estratégicos: Medio Oriente, Asia y, más recientemente, la rivalidad con China en el Indo-Pacífico. América Latina, con pocas excepciones, quedó muchas veces relegada a un segundo plano dentro de esa agenda global.
La reunión celebrada en Doral sugiere que esa dinámica podría estar comenzando a cambiar.
El tono del discurso fue directo. El presidente Donald Trump habló de los carteles como un “cáncer” para el hemisferio y planteó la necesidad de una cooperación más estrecha entre gobiernos para enfrentarlos.
Pero interpretar el encuentro únicamente desde la seguridad sería quedarse en la superficie del problema.
Como ha señalado el profesor Graham T. Allison, en política internacional muchas veces no vemos los hechos tal como son, sino tal como nuestros marcos mentales nos permiten interpretarlos. Algo similar ocurre en el debate político contemporáneo, donde el ruido —en este caso el clima trumpista y antitrumpista— muchas veces dificulta observar el marco estratégico más amplio.
Las conversaciones de Doral también tocaron temas que hoy forman parte de un tablero estratégico más amplio: comercio, energía, infraestructura, migración y la creciente presencia de potencias extrahemisféricas en América Latina. No es casual que la influencia económica de China haya aparecido en el trasfondo de varias discusiones.
Esto refleja un cambio conceptual que gana terreno en la política internacional contemporánea: la idea de seguridad económica. Es un concepto que he abordado en distintas columnas y conferencias y que hoy se está convirtiendo en uno de los ejes estructurales del nuevo orden internacional.
Bajo esta lógica, la estabilidad de un país o de una región se analiza no solo en términos militares, sino también en función de sus cadenas de suministro, su infraestructura crítica, su conectividad tecnológica y sus vínculos comerciales.
Vista desde esa perspectiva, la reunión de Doral adquiere otra dimensión.
Todavía no existe evidencia pública suficiente para afirmar, con rigor, que ha nacido una arquitectura institucional robusta comparable a una nueva doctrina hemisférica plenamente definida. Pero sí se perciben señales claras. Se percibe el intento. Se percibe el lenguaje. Se percibe la selección de aliados y la mezcla de seguridad, comercio, energía e influencia estratégica dentro de una misma conversación.
Desde esa perspectiva, la reunión de Doral puede interpretarse como una aproximación más integrada hacia el hemisferio occidental. No necesariamente una arquitectura institucional plenamente consolidada —eso todavía está por verse— pero sí una señal de que Washington busca fortalecer vínculos con un grupo de países que considera socios confiables en una nueva etapa del sistema regional.
También es cierto que el encuentro no representó a todo el continente. La ausencia de actores clave como México, Brasil y Colombia limita la posibilidad de hablar de un consenso hemisférico amplio. En ese sentido, el evento se asemeja más a un mecanismo de cooperación selectiva que a un foro regional universal.
Pero incluso así, su significado no debe subestimarse.
En los procesos de cambio internacional, los primeros indicios suelen aparecer en espacios de coordinación limitados.
En ese contexto, el Caribe adquiere una relevancia particular como corredor logístico y espacio estratégico entre América Latina y Estados Unidos.
Dentro de ese mapa estratégico, la posición de la República Dominicana adquiere un significado particular. Más allá de las coyunturas políticas o de quién ocupe la presidencia en un momento determinado, el país posee características estructurales —ubicación geográfica, conectividad logística, estabilidad relativa y estrecha integración comercial con Estados Unidos— que lo convierten en un actor natural dentro de cualquier conversación sobre seguridad hemisférica, comercio seguro y cadenas de suministro confiables.
En esa misma lógica, la presencia del presidente Luis Abinader en este encuentro tiene una lectura que va más allá de la fotografía diplomática. El país se encuentra en una posición geográfica y económica que lo vincula estrechamente con las dinámicas del Caribe y con el comercio hacia Estados Unidos. Esa realidad refuerza su papel dentro de cualquier discusión sobre seguridad regional, logística y cooperación económica en el hemisferio.
La pregunta relevante, por tanto, no es si la foto fue importante.
La pregunta es si la República Dominicana comprende el tipo de sistema regional que comienza a perfilarse y si sabrá definir y articular con claridad sus intereses dentro de él.
La historia internacional muestra que los cambios en el orden regional rara vez se anuncian de manera explícita. Con frecuencia empiezan con encuentros que parecen apenas un episodio más de la diplomacia cotidiana.
Solo con el tiempo se entiende que allí comenzaron a delinearse las ideas que terminarían configurando una nueva etapa.
Doral no define todavía el nuevo sistema hemisférico.
Pero sí deja una señal clara: el hemisferio vuelve a ser pensado como un espacio estratégico integrado.
En ese sentido, episodios como el de Doral se insertan en una conversación estratégica más amplia que ha ido ganando terreno en los últimos años: el retorno de la lógica de las esferas de influencia en la organización del sistema internacional.
La cuestión ahora no es si ese proceso ocurrirá.
La cuestión es quién sabrá comprenderlo a tiempo.