China: medio siglo después
El giro inesperado en la diplomacia de Trump frente a la condescendencia de Pekín
A principios de 1972 el presidente Richard Nixon realizó su histórica visita a China en medio de la Guerra Fría cuando su principal rival geopolítico era la Unión Soviética. China, por su parte, con el radicalismo ideológico de Mao Zedong y su crítica al “revisionismo” del modelo soviético post-Stalin, rompió con la Unión Soviética causando una gran fisura en el movimiento comunista internacional. En ese momento China era un país extremadamente pobre y rural, con un Producto Interno Bruto (PIB) que apenas alcanzaba 163 mil millones de dólares a pesar de su enorme tamaño y población, al tiempo que vivía la agitación y los desmanes de la llamada Revolución Cultural.
Nixon, un hombre de derecha, pero con un gran pragmatismo, decidió jugar la carta de profundizar la división del mundo comunista con el predicamento de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. O fue Mao, más bien, quien dijo algo así, aunque en ese aspecto ambos personajes coincidieron en sus motivaciones políticas. Ese fue el primer paso, aunque pequeño e indescifrable todavía, que dio Estados Unidos para empujar a China hacia un camino de cambios económicos que implicó la apertura gradual del mercado estadounidense a las exportaciones chinas que en ese momento eran prácticamente inexistentes.
No fue sino hasta el 1 de enero de 1979 cuando Estados Unidos formalizó las relaciones diplomáticas con la República Popular China en la presidencia de Jimmy Carter, cuya contraparte no fue el incendiario Mao Zedong, sino Deng Xiaoping, el más pragmático de todos los políticos modernos, a quien se le atribuye la ya célebre frase de que “no importa si el gato es negro o blanco, sino que cace ratones”. A él le correspondió llevar a cabo una extraordinaria transformación económica basada en un capitalismo de Estado, mercado e inversión privada, pero sin permitir cambios en el sistema político dominado por el Partido Comunista Chino. Esto último quedó demostrado diez años más tarde con la brutal represión del régimen comunista a los cientos de miles de jóvenes chinos que demandaban derechos y libertades en la emblemática Plaza de Tiananmén.
Durante el medio siglo que ha pasado desde esa época al presente, China ha alcanzado un PIB 120 veces más grande que el que tenía en aquellos años, el cual asciende a 19.6 trillones de dólares según el Fondo Monetario Internacional. Este país se ha convertido también en el principal manufacturero del mundo y en una potencia tecnológica, con un poderío militar en expansión. Aunque en los años setenta China jugaba un cierto papel en el escenario internacional, dado que se le reconoció el estatus de potencia triunfadora al finalizar la II Guerra Mundial y, con ello, un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es ahora cuando ese enorme país tiene un papel de primer orden en las relaciones de poder. De hecho, es el único gran rival de Estados Unidos en lo económico, lo tecnológico y lo militar.
Esa es la China que el presidente Donald Trump fue a visitar en días recientes donde fue recibido “con bombas y platillos” por Xi Jinping, presidente de la República Popular China y líder del Partido Comunista. Sin embargo, tanto en gestos como en contenido el presidente chino adoptó una actitud manifiestamente condescendiente, con un aire de superioridad que estuvo a la vista en cada momento, en cada gesto, en cada mensaje. Fue tanto así que se atrevió a hablar delante del presidente Trump de “la trampa de Tucídides”, en referencia al gran historiador griego que, en su excepcional obra La guerra del Peloponeso, habló de la tensión entre una potencia en ascenso (Grecia) y otra en decadencia (Esparta), lo que se interpretó como un paralelismo con el caso de China y Estados Unidos.
En esa visita el presidente Trump no pudo obtener beneficios tangibles. No consiguió ningún compromiso de parte de China para ayudar a resolver los conflictos en Irán y Ucrania, además de que no se cumplieron las expectativas de Trump en cuanto a las compras que China haría a ciertas empresas estadounidenses. Más aún, el Ministerio de Relaciones Exteriores chino dio a conocer, sin que viniera a cuento, que el presidente Jinping le había dicho en privado al presidente Trump que Taiwán podría convertirse en una fuente de tensiones y conflictos entre ambos países. A esto se agrega que Trump había perdido su confrontación arancelaria con China, por lo que tuvo que hacer concesiones y acomodos en su política comercial con el gigante asiático.
Fue notable, sin embargo, que el presidente Trump tuvo un tono cordial y elogioso hacia el presidente Jinping, lo que hubiese sido prácticamente imposible hacer a un presidente demócrata pues se expondría a fuertes ataques desde el campo de la derecha. Trump, en cambio, está blindado contra ese tipo de críticas dada su condición de líder indisputable de la derecha y del Partido Republicano, por lo que tiene mucho más margen de acción para abrir canales de comunicación con el líder chino y distender las relaciones entre ambos países.
Es probable que a muchos miembros de su gabinete y a legisladores republicanos no les gustase este cambio de tono y enfoque del presidente Trump hacia China, quienes quisieran, literalmente, que China desaparezca o retrotraerla a su estada de atraso y debilidad de tiempos pasados. Pero ninguno de ellos se atrevería a cuestionarlo.
Como sostuvo recientemente Fareed Zakaria en su columna en The Washington Post, la rivalidad entre ambas potencias no impide que haya también diálogo y cooperación. Eso es lo que parece haber intuido el presidente Trump, lo cual puso de manifiesto durante su estadía en China. Si de ese cambio de tono se llagase a pasar al cambio de políticas, entonces podrían surgir más espacios de negociación y cooperación entre estas dos potencias, lo que sería beneficioso tanto para ellas como para el resto del mundo.