El malecón de Santo Domingo

El resurgir del malecón le devuelve el señorío a la primada de América

Vista del malecón de Santo Domingo. (Archivo/Diario Libre)

La ciudad de Santo Domingo se beneficia de su ubicación geográfica y dotación natural. Al irrumpir el Nuevo Mundo en la consciencia universal, fue elegida sede colonial. Y, siglos después, convertida en la capital dominicana.

Hubo disputas con otras comarcas. El argumento de mayor peso fue el de la conveniencia de elegir una comunidad que estuviera ubicada más en el centro del país. Al final, la balanza de poder se inclinó en favor de la primada de América, situada en un costado de la piel territorial, pero apoyada por siglos de historia y el peso económico del intercambio comercial.

En tal virtud, Santo Domingo no solo concentra el grueso de los empleados públicos, sobre todo los de altos y medianos ingresos, sino también los del sector privado, esparcidos a lo largo de múltiples corredores industriales y empresas de servicios, o desperdigados en lugares diversos.

La ciudad asemeja una mancha de aceite derramado que no cesa de expandirse, a pesar de las tensiones in crescendo que implica asegurar su dotación, cuyos límites nadie asume la responsabilidad de delinearlos o imponerlos.

De hecho, concentra población, ingresos, consumo e inversión.

La inversión pública, a semejanza de lo que ocurre con las demás capitales del mundo, es copiosa y directamente proporcional a la cercanía del kilómetro cero e inversamente proporcional a su lejanía.

Es la razón de que los pueblos alejados del kilómetro cero sufran de un languidecimiento prolongado y funjan como antípodas de la luminosidad que proyecta la gran urbe.  

Lo dicho no es solo aplicable a la altiva Pimentel de Quilvio Cabral o a la lozana Puerto Plata de los Llibre, Mendoza o Brugal, sino a todos los demás pueblos llamados del “interior”, sin que lo sean. Y también a los que son.

Pero, ni lo bueno lo es tanto, ni lo malo lo es en la medida en que se le atribuye.

Santo Domingo es un heterogéneo conglomerado de barrios de altos ingresos y esmerada arquitectura (polígono central), alineados junto a otros compuestos por estructuras renqueantes, precarias, desprovistos de servicios elementales: recipiente de la opulencia descarnada, al tiempo que de la miseria penetrante.

El común denominador es el desorden que los arropa a todos: tal disfuncionalidad dificulta que la ciudad se desenvuelva con espíritu civilizado y deje de empuñar hachas vikingas cada vez mejor afiladas.

El asiento rocoso en que se funda la ciudad alberga el litoral repleto de acantilados que la bordean y le dan un toque distintivo.

Existen capitales colindantes con el mar, pero ninguna se compara con la belleza subyugante del litoral de Santo Domingo y de su malecón, elegido por la divinidad para que sirva de deleite a la especie humana, con la condición de que lo disfrute con orden, preservando a la naturaleza, cuidándola.

Cuando se contemplan las obras de acondicionamiento, embellecimiento y limpieza que se llevan a cabo en el malecón, se recibe la impresión de que la ciudad resurge con altivez y bríos remozados.

De pronto, se descubre la belleza serena de esos acantilados y el pecho se inunda de regocijo al comprobar que un área que cubre varios kilómetros está siendo dotada de paseos para caminantes, iluminación, instalaciones deportivas, recreación y descanso, diseñadas para que no obstaculicen la visión del mar que las acaricia con su suave, aunque a veces abrupto golpeteo.

Esas obras son un gran acierto. Le dan a Santo Domingo un señorío difícil de igualar. Las autoridades que las visualizaron y las que las ejecutan merecen reconocimiento. Y desde aquí lo expresamos: ¡Bien planificado y ejecutado! Gran contribución para el deleite de los ciudadanos.

Eso sí, los retos no terminan con la planificación y ejecución de las obras. Ahora llega lo más difícil: darles mantenimiento, preservarlas e imponer una disciplina en su uso para evitar que se conviertan en sumidero de residuos de consumidores de bebidas y comidas que desahogan sus penas al vaivén de las olas que besan los acantilados, o favorezcan interrupciones innecesarias en la circulación.

Y, como nota al margen, conviene destacar que en esa área se encuentra el monumento erigido a la gesta del 30 de Mayo, cuyo espacio también fue remodelado. Es necesario cuidar su entorno y asegurar que solo sea utilizado para la celebración de la efeméride y por los ciudadanos interesados en visitar lugares de interés histórico. Eso también forma parte del orden que deben tener las cosas.

Y una nota final: en las alrededores bien cabría la posibilidad de instalar un lugar de documentación que ilustre sobre el alcance y significación del Día de la Libertad, al tiempo de dotarlo con custodia permanente.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.