Sueño mojado

El mito de que gobernar un país pequeño es una tarea sencilla

En algún momento febril nos ha corrido la loca idea de gobernar al país. Un deseo empujado por la frustración, el delirio o la notoriedad. Por suerte, ese pensamiento pasa sin echar raíces, aunque algunos ilusos lo guardan. 

Platón, en La República, afirmaba que los gobernantes necesarios son los que no lo desean; así quien busca el poder lo hace por beneficio propio, mientras que el líder ideal acepta el cargo para evitar que gobiernen los peores. El problema de estos tiempos es que muchos se lo creen, “amenazan” con serlo, y lo más peligroso: encuentran lisonjeros que le dan eco.

Esa expectativa se sostiene muchas veces en la creencia de que un país tan pequeño es fácil de dirigir. La verdad es que es más complicado de lo que aparenta; tan o más difícil que conducir a los Estados Unidos. Para anticiparme al asombro, aclaro: no aludo a las responsabilidades, sino a las complejidades de la gestión.

Las estructuras de poder en la primera potencia mundial son funcionales, autónomas y autosuficientes. El presidente de los Estados Unidos solo dirige el Estado federal, que a su vez administra una burocracia centralizada de agencias y departamentos con estatus, presupuestos y funciones propias. No interviene en la vida de los Estados, aunque es responsable de la seguridad interior y exterior del país. El presidente de una república unitaria, como la nuestra, controla todas las agendas ejecutivas: desde el pago de una cirugía a un indigente hasta tomar una riesgosa decisión de seguridad nacional. Nuestro presidencialismo no discrimina campos.

El primer reporte que cada día recibe el presidente de la República es del Departamento Nacional de Investigaciones (DNI). Ese informe retrata las inéditas atenciones que debe prestar el presidente: desde las torpezas/destemplanzas de sus funcionarios, las entrelíneas de la prensa, los “sonidos” de las redes hasta las incidencias en los controles fronterizos.

Hemos tenido gobernantes de todo tipo: intelectuales, hacendados, militares, abogados, empresarios y clérigos. Nos ha faltado una mujer, omisión imputable al machismo de Estado. La historia del poder es una colorida antología de temperamentos: machotes, narcisistas, esquizoides, compulsivos, intemperantes, bufones, maniáticos, depresivos, mitómanos y trogloditas. En algún momento todas esas exquisiteces estuvieron servidas en una sola bandeja: Santana, Báez, Lilís o Trujillo.

Sesenta y siete presidentes nos han gobernado y cada uno ha ocupado un espacio medido por circunstancias generalmente críticas. Solo entre siete (Santana, Báez, Heureaux, Trujillo, Balaguer, Fernández y Medina) se cuentan 108 años de gobierno, es decir, las dos terceras partes de la vida republicana. Eso le da razón al campechano Hipólito Mejía con aquello de “cogerle gusto al carguito”.

La República Dominicana ha vivido cambios fascinantes en los últimos cincuenta años. En ese tramo hemos casi triplicado la población; la economía cambió su perfil de base agrícola a estructura de servicios; nuestro PIB nominal casi se centuplica; de un modelo de sustitución de importaciones transitamos a una economía abierta y globalmente integrada; tenemos una población joven —con veintinueve años de promedio— y otras expectativas del bienestar; disfrutamos de mayor acceso y conexión a la tecnología de la información y la comunicación. Somos otra cosa. Eso complica más.

Pocos momentos de nuestra historia han estado tan ideológicamente desabrigados como hoy. Si hay alguna noción que pueda graficar esa hambruna es la que de forma atrevida llamo “ideología de la intemperie”, una construcción maleable de la política en la que ella pierde su lógica conductora de las aspiraciones colectivas para asumir el contenido y la forma que le dan los intereses de ocasión. En este contexto, la práctica política es solo un recurso instrumental para llegar al Estado a través de los partidos políticos, reducidos hoy a estructuras electorales de temporada.

Los políticos no saben —ni les interesa saber— qué es ni para qué sirve la política más allá del poder. Quienes viven de ella lo hacen por ganar historia, rotación social o coronar una carrera de vida. Las rutas que siguen la sociedad y su liderazgo político no solo son paralelas: están en las antípodas. Ese desencuentro hará piruetas mientras se mantenga la estabilidad económica, única razón por la que la sociedad no toma arrojos de fuerza y choque. Hay un inocultable cansancio social por la política que hoy toca techo. La abstención electoral crece.

A pesar de todo, muchos se despertarán con las ganas de ese sueño mojado. El medio cultural no ayuda: relaja o degrada los estándares de acreditación para esa y otras ocupaciones.  Hoy son muchas las calificaciones que pueden validar esa aspiración: la fama, la gracia, la juventud, la empatía emocional y hasta “hablar duro”. Y ni hablar de los motivos que la legitiman: historia partidaria, “venir de abajo” como medalla del mérito social —dominican dream—, respaldo patrimonial, apoyo empresarial, parentesco familiar, cartera de seguidores en las redes. Todo, menos capacidad, formación o competencia, condiciones tenidas como marginales o presumidas. El riesgo de cualquier aventura no está ni siquiera en ella, sino en encontrar una sociedad emocional que la valide, en un momento en que los diques de contención, como los partidos políticos, revelan su pérdida de identidad y contenido.

Abogado, ensayista, académico, editor.