Los demócratas socialistas, ¿llegaron para quedarse?
La transformación del sueño americano y el resurgimiento de la izquierda
A diferencia de Europa occidental y Escandinavia, en Estados Unidos la política no se estructuró, desde comienzos del siglo XX en adelante, en torno a las tres grandes corrientes ideológicas que predominaron en los países que forman parte de esos dos ámbitos geográficos: la liberal-conservadora; la socialdemocracia y la izquierda comunista. De estas tres, la que tuvo menos incidencia fue esta última, aunque en algunos países, como Italia, Francia y España, los partidos comunistas lograron cierto arraigo y desempeñaron papeles relevantes en algunas coyunturas. En España, por ejemplo, el Partido Comunista español y su líder Santiago Carrillo fueron piezas clave en las negociaciones que hicieron posible la transición hacia la democracia, como muestra Javier Cercas en su fascinante libro Anatomía de un instante.
En cualquier caso, en los países europeos (occidentales) y escandinavos, los partidos políticos se definieron sobre la base de las “grandes ideologías”, esto es, cuerpos de ideas que tenían o pretendían tener una coherencia interna y que servían de plataformas para articular sectores sociales, incidir en las organizaciones sindicales y otras estructuras de representación de los intereses de clases, orientar sus luchas políticas y definir sus programas de gobierno. Todavía hoy quedan vestigios de esa estructuración política, aunque no ya con la fuerza de otros tiempos dada la reconfiguración política que se ha producido tanto en la izquierda como en la derecha.
En Estados Unidos la experiencia fue -y sigue siendo- distinta. A principios del siglo XIX, Alexis de Tocqueville observó que los estadounidenses tenían un temperamento y un modo de pensar adverso a lo que él llamó las “ideas generales”. Esa fue la primera intuición sobre el pragmatismo norteamericano, lo que luego se convirtió en una corriente de pensamiento legítima con exponentes brillantes que van desde John Dewey hasta Richard Rorty. La cuestión es que la política en Estados Unidos nunca se estructuró en torno a esas grandes ideologías que marcaron la política en Europa occidental y Escandinavia desde comienzos del siglo XX.
Esto hizo que el Partido Demócrata, el cual se identificó desde las primeras décadas del siglo XX con las clases trabajadoras y desarrolló fuertes vínculos con los sindicatos, no asumiera el socialismo como ideología política. Sin duda, muchas de sus políticas coincidían con la socialdemocracia europea, pero nunca se asumió esa corriente ideológica como doctrina oficial de dicho partido. Del mismo modo, el Partido Republicano tampoco asumió el marco ideológico de los partidos conservadores de Europa occidental, como sería la democracia cristiana y otras manifestaciones ideológicas de los partidos de derecha y centroderecha.
En lo que concierne al Partido Demócrata, hay dos momentos importantes en el siglo XX en los que ese partido adoptó importantes y duraderas políticas sociales. El primero fue en el gobierno de Franklyn Delano Rossevelt (FDR), quien impulsó el sistema de seguridad social en 1935 para proveer pensiones a los trabajadores jubilados y un seguro de desempleo, entre otras políticas de gran impacto social. Y el segundo momento fue en el gobierno de Lyndon B. Johson (LBJ), quien estableció en 1965, bajo el programa denominado la Gran Sociedad, el Medicare (seguro médico para las personas mayores de 65 años), el Medicaid (cobertura de salud a las personas y familias de bajos ingresos), además de los programas Head Start (educación preescolar para niños de familias de bajos ingresos) y el Food Stamps (asistencia alimentaria a las familias de bajos ingresos). Junto a estos programas, Johnson también propició la Ley de Derechos Civiles (1964), la Ley de Derecho al Voto (1965) y la Ley de Vivienda Justa (1968).
Los demócratas han reivindicado siempre a FDR tanto por sus políticas sociales como por su papel para sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión y su liderazgo en la Segunda Gerra Mundial para derrotar al nazismo y al fascismo. No ha sucedido lo mismo, sin embargo, con LBJ, a quien se asocia con la guerra de Vietnam, ya que durante su mandato se produjo una gran escalada de la presencia estadounidense en ese país del Sudeste Asiático. Fue él, dicho sea de paso, quien ordenó la intervención militar de Estados Unidos a República Dominicana, en 1965 pero ese acontecimiento, que pesa tanto para los dominicanos, no es un factor relevante cuando se pasa balance a la política exterior de este gobernante. Una muestra de esto es que la renombrada historiadora Doris Kearns Woodin, cuando evalúa el liderazgo de Johnson en su interesante libro Leadership in Turbulent Times, no menciona la intervención militar norteamericana en República Dominicana durante su gobierno.
Aunque los programas sociales de estos dos presidentes demócratas -FDR y LBJ-pueden perfectamente enmarcarse en la ideología de la socialdemocracia europea, ninguno de ellos, ni ningún otro líder demócrata posteriormente, ha asumido esa corriente ideológica como propia. De hecho, el término socialismo resulta chocante en una cultura política condicionada por un sistema económico capitalista, basado en la preeminencia de la propiedad privada, la iniciativa individual, el mercado y la sospecha hacia el Estado.
En la época contemporánea, sin embargo, el término socialismo comienza a ganar cierto espacio tanto en la política interna del Partido Demócrata como en algunos segmentos sociales. El primero en abogar por un socialismo al estilo europeo fue el senador independiente de Vermont Bernie Sanders, seguido por la senadora demócrata de Massachusetts Elizabeth Warren. Poco a poco se han sumado el alcalde de la ciudad de Nueva York Zohran Mamdani, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) y el candidato a senador por Michigan Abdul El-Sayed, entre otros.
Este sector, identificado como demócratas socialistas, se está haciendo sentir en la campaña electoral para las elecciones de medio término. El carisma y la energía de algunos de ellos es un factor importante para que este grupo haya alcanzado una notoriedad no despreciable en la campaña electoral. Las condiciones sociales también han ayudado al crecimiento de esta corriente ideológica en el Partido Demócrata: la excesiva concentración de la riqueza y la oligarquización de ciertas áreas de la economía ha creado condiciones de recepción a un discurso que va dirigido a sectores de clase media y las clases trabajadoras que ven cada vez más remota la realización del sueño americano. Su énfasis en el acceso universal a la salud y la provisión de vivienda digna ha tenido resonancia en amplios sectores sociales cuyos ingresos los mantienen privados de esos servicios básicos en una sociedad como la estadounidense que genera riqueza como ninguna otra.
La pregunta que queda en el aire es si esa corriente ideológica que se identifica con el socialismo o la socialdemocracia europea llegó para quedarse o si se desvanecerá con el paso del tiempo en una cultura política que ha probado ser resistente a incorporar “grandes ideologías” o, de manera particular, asimilar la noción de socialismo como un elemento convencional de la discusión política. Es temprano para decir, pero el gran desafío de esta corriente política dentro del Partido Demócrata es probar que tiene capacidad de expandirse más allá de algunos centros urbanos donde ha comenzado a tener gran incidencia política.