Recordando a Michel Foucault
El reto de leer a Michel Foucault en el siglo XXI sin pretensiones mesiánicas
Recientemente se celebró el centenario del nacimiento del intelectual francés Michel Foucault. Junto a Jacques Lacan, Roland Barthes, Louis Althusser y Gilles Deleuze, entre otros, Foucault fue una de las figuras que dominaron el escenario intelectual francés en las décadas de los sesenta, setenta y parte de los ochenta del siglo XX. En conjunto, ellos representaron las corrientes de pensamiento más influyentes del pensamiento francés de aquella época. Formaron parte de lo que se llamó el postestructuralismo, posteriores al pensamiento estructuralista cuyos principales exponentes fueron el antropólogo Claude Lévi-Strauss y el lingüista Ferdinand de Saussure.
Estos autores lograron una gran visibilidad durante “Mayo del 68”, cuando se produjo la rebelión estudiantil más impactante en Occidente en los tiempos modernos. Esto no quiere decir que ellos se involucraron directamente en las protestas. De hecho, algunos de ellos, ciertamente Foucault, adoptaron una posición un tanto crítica del movimiento estudiantil. Después de esa coyuntura, mantuvieron una posición de primer orden en la vida intelectual francesa. Fueron verdaderas estrellas académicas cuyos cursos y seminarios se abarrotaban de estudiantes, aunque se puede dudar si esa masa de seguidores entendía de verdad sus ideas dada la excesiva e innecesaria complejidad de sus textos.
Puede decirse que Foucault fue el más destacado de todos, tal vez porque el objeto principal de su investigación académica fue el poder. Lacan fue un psicoanalista, Barthes un semiótico, Althusser un neomarxista y Deleuze un filósofo, en tanto que Foucault fue, ciertamente, un filósofo cuyo interés se centró en descifrar el despliegue del poder en instituciones como la prisión, el manicomio, los hospitales, entre otras. Sus ideas resultaron deslumbrantes en aquel momento de contestación política por parte de una juventud rebelde que parecía haber puesto en jaque al sistema capitalista en Francia. No obstante, poco tiempo después vino el reflujo, la desmovilización y la recomposición política hacia la derecha con el triunfo de los partidos gaullistas en las elecciones legislativas de junio de 1968. Las protestas que tienen lugar en Francia en la actualidad evocan aquellos tiempos.
Sin duda, las ideas de Foucault sobre el poder resultaron novedosas. Su audiencia, tanto en Europa como en Estados Unidos, estaba compuesta por sectores progresistas que buscaban nuevos horizontes intelectuales para superar la concepción marxista que concebía el poder en función de las relaciones entre clases dominantes y clases subalternas. Él muestra que el poder se manifiesta en los espacios más variados, mediante relaciones y mecanismos que examinó desde lo que denominó la microfísica del poder.
Foucault procuró romper con la división binaria marxista y probar que el poder tiene múltiples manifestaciones que se concretizan en relaciones puntuales de control de los cuerpos y del saber en diversos complejos institucionales. El uso del concepto de panóptico en su libro Vigilar y Castigar, el cual había sido creado por Jeremy Bentham a finales el siglo XVIII, resultó ser sumamente atractivo. Su enfoque estuvo dirigido a mostrar las densas relaciones institucionales en las que los individuos son controlados y se autocontrolan a través de la sedimentación de ciertos patrones de conducta.
Igualmente, la conceptualización de Foucault puso en entredicho, directa o indirectamente, la visión teleológica de la historia que ofrecía el marxismo, esto es, la sucesión progresiva e inexorable de modos de producción. Su proyecto intelectual consistía en quebrar cualquier concepción estática, vertical y hasta maniquea del poder. Buscaba descifrar controles y autocontroles de los individuos en múltiples dispositivos institucionales para que estos tomaran conciencia de que debían romper con las ataduras en las que se encontraban. De ahí la fascinación que causó su pensamiento en unos jóvenes rebeldes que querían subvertir todo el orden institucional.
Las ideas de Foucault fueron muy útiles en aquel contexto para superar la rigidez del marxismo que reducía el poder a las relaciones de clases en lugar de ver al sujeto y al poder en sus múltiples materializaciones concretas. Puede decirse que sus ideas no solo procuraban describir el funcionamiento del poder (o los poderes), sino también hacer posible que los individuos pudiesen cuestionarlo y rebelarse. Esa es la línea libertaria de su pensamiento.
Sin embargo, su obra tuvo un gran vacío, al menos si se le mira desde la perspectiva política. Él no fue capaz de generar una conceptualización que le permitiera pasar de la dispersión del poder a la reconstitución de los sujetos para convertirlos en actores políticos. Sus ideas podían inspirar a quienes asumían o asumen una posición contestaria frente al ordenamiento institucional por considerar que este despliega el poder de manera molecular para controlar los cuerpos, el saber y las voluntades de los individuos.
Sus textos, sin embargo, no ofrecieron herramientas conceptuales para pensar la articulación de sujetos, la formación de identidades colectivas y la acción política. Es decir, él no pudo moverse desde la dispersión a la articulación, desde la ruptura a la recomposición. Tal vez ese no era su interés, lo cual es raro para alguien interesado en el estudio del poder, pero lo cierto es que su obra resultó insuficiente para repensar la política y superar las categorías esencialistas del marxismo.
Esto no quiere decir, sin embargo, que su obra no sea relevante. Lejos de eso. Leer sus libros, tales como Historia de la locura en la época clásica, El nacimiento de la clínica, Historia de la sexualidad, La arqueología del saber, Microfísica del poder y el ya citado Vigilar y castigar, entre otros, constituye una aventura intelectual realmente fascinante. Sus obras desafían el pensamiento, rompen esquemas y hacen ver las cosas de manera distinta. Pero hay que leerlas no como un oráculo ni como fuente de la sabiduría perfecta, como muchos lo hicieron en aquella época, al punto que lo convirtieron en una especie de gurú o mesías intelectual.
Tristemente, Foucault murió relativamente joven, a los 57 años, el 25 de junio de 1984, afectado de sida, una enfermedad que en su tiempo constituía una sentencia de muerte. Quedó su obra, la cual siempre desafía y enriquece el pensamiento. Su riqueza intelectual es indudable, no sólo en cuanto a su teoría del poder, sino también sobre otras cuestiones, como su teoría sobre las formaciones discursivas, por ejemplo, aunque su pensamiento ya no tiene la centralidad que ocupó en otros tiempos en la vida académica.
Este aniversario de su nacimiento puede ser una buena ocasión para leer o releer sus textos de una manera serena, sin la expectativa de que sea una guía para la acción política como ocurrió en aquellas circunstancias de finales de los años sesenta. Su obra es un aporte erudito a la comprensión de cómo operan el poder y el saber (dimensión discursiva) en la configuración y el funcionamiento de instituciones clave de la sociedad.