Cuando el miedo tiene nombre
Las tragedias tienen una extraña manera de acercarse
Las tragedias tienen una extraña manera de acercarse. Aunque ocurran a cientos de kilómetros de distancia, basta con que una persona querida esté allí para que el mapa desaparezca y todo se vuelva demasiado cercano.
Eso fue exactamente lo que sentí cuando comenzaron a llegar las noticias sobre los dos devastadores terremotos que sacudieron Venezuela. Las imágenes de edificios colapsados, personas corriendo entre el polvo y familias buscando desesperadamente a sus seres queridos eran sobrecogedoras. Pero, antes de detenerme en los titulares, mi primera reacción fue otra: tomar el teléfono.
-¡Isaías!
Del otro lado respondió una voz que nunca olvidaré.
-Tía, estoy bien.
Sentí un alivio inmenso. Tan grande que por unos segundos dejé de escuchar el resto de sus palabras. Mi sobrino, el pelotero profesional Isaías Tejeda, había sido sorprendido por el terremoto mientras disputaba un partido de béisbol. El estadio se estremeció, las torres de iluminación comenzaron a moverse y el juego quedó suspendido por el pánico. Él estaba vivo. Eso era lo único que importaba.
Sin embargo, detrás de aquel “estoy bien” había una voz quebrada. No hacía falta que me dijera que tenía miedo. Se percibía en el silencio entre una frase y otra, en el tono contenido de quien acaba de descubrir lo frágil que puede ser la vida. Como él, otros peloteros profesionales que se encontraban en Venezuela durante la tragedia solo tienen un deseo: regresar cuanto antes a sus países y reunirse con sus familias. Después de vivir una experiencia tan traumática, el béisbol pasó a un segundo plano. Hoy, su mayor anhelo es volver a casa y abrazar a los suyos.
A veces olvidamos que los desastres naturales no solo dejan edificios derrumbados. También derrumban certezas. En cuestión de segundos desaparece la rutina, el control y la falsa sensación de que siempre habrá un mañana igual al de hoy.
Mientras hablaba con Isaías, pensé en los miles de familias venezolanas que no pudieron recibir una llamada como esa. Muchas continúan esperando noticias de un hijo, una madre o un hermano atrapado entre los escombros. Otras, simplemente, esperan un milagro. Los equipos de rescate siguen trabajando entre edificios colapsados, especialmente en zonas como La Guaira y Caracas, donde la destrucción ha sido devastadora.
Las tragedias también tienen la capacidad de recordarnos lo esencial. Las diferencias políticas, las fronteras y las ideologías pierden importancia cuando la tierra tiembla. Solo queda la condición humana: el deseo de saber que quienes amamos siguen respirando.
Aquella noche entendí que ningún mensaje, ningún campeonato y ninguna agenda tienen más valor que escuchar una frase tan sencilla como poderosa: “Tía, estoy bien”.
Ojalá todos los venezolanos puedan escuchar esas mismas tres palabras de las personas que hoy siguen buscando entre el polvo y la incertidumbre. Porque, cuando la naturaleza golpea con tanta fuerza, el mayor triunfo no es ganar un juego. Es volver a abrazar a quienes amamos.
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