“Amable recordatorio”

La deshumanización de la comunicación institucional a través del correo electrónico

No sé si alguna vez han recibido por WhatsApp o correo electrónico uno de esos mensajes que comienzan con una expresión que se ha puesto muy de moda: “Amable recordatorio”.

Suele aparecer cuando, por esas cosas de la vida, no hemos respondido un mensaje, entregado un documento o cumplido alguna solicitud dentro del tiempo esperado. Dos palabras aparentemente inofensivas, hasta corteses, que pretenden suavizar lo que en realidad casi siempre es una exigencia: “Te escribí, no has respondido y necesito que lo hagas”.

En lo particular, detesto la expresión. No la utilizo y dudo mucho que algún día la incorpore como parte de mi manera de comunicarme con quienes mantengo contacto frecuente. Quizás porque encuentro en ella una contradicción: se anuncia como amable, pero muchas veces se recibe como una llamada de atención envuelta en papel de regalo.

Si hacemos una búsqueda rápida sobre esta moda, que me permito bautizar como “odiosa”, descubriremos que ha encontrado terreno fértil en la comunicación institucional y, particularmente, en algunas oficinas públicas. Allí abundan los correos enviados a numerosas personas en copia, quizás para dejar constancia de que se solicitó algo, de que se dio seguimiento o de que alguien puede demostrar, llegado el momento, que “cumplió con su parte”.

Y ahí comienza el problema.

La comunicación no debería convertirse únicamente en evidencia administrativa. Detrás de cada correo, WhatsApp, memorando o solicitud, hay una persona. Alguien que puede estar sobrecargado de trabajo, atravesando una dificultad, atendiendo una emergencia o que, simplemente, pudo olvidar responder.

Por eso creo y apuesto por una comunicación más cálida. Por aquella que todavía se atreve a levantar el teléfono y preguntar: “¿Todo bien? Te escribí sobre este tema y quería saber si pudiste verlo”. Una llamada de dos minutos puede resolver lo que una cadena de correos, copiados a medio mundo, termina convirtiendo en una situación incómoda.

No se trata de renunciar al seguimiento ni de justificar el incumplimiento. Las responsabilidades existen, los plazos deben respetarse y las instituciones necesitan respuestas oportunas. Se trata, sencillamente, de no permitir que la eficiencia nos robe la humanidad.

La tecnología nos ha dado extraordinarias herramientas para comunicarnos, pero también nos ha facilitado tomar distancia. Es mucho más sencillo reenviar un correo, agregar destinatarios y escribir “amable recordatorio”, que interesarnos por saber qué ocurrió del otro lado.

Las palabras importan. El tono importa. Y la forma en que reclamamos una respuesta dice tanto de nosotros como aquello que estamos reclamando.

Al final, he llegado a una conclusión muy sencilla: el famoso “amable recordatorio” no siempre tiene tanto de amable. A veces es apenas una exigencia con buenos modales, una presión elegantemente disfrazada.

Yo prefiero otra fórmula, menos automática y más humana: preguntar primero qué pasó. Quizás ese sea el recordatorio que realmente necesitamos.

Profesional del periodismo egresada de la UASD. Cuenta, además, con concentración académica en Comunicación Corporativa, Marketing Digital, Español, Lingüística y Literatura.