Llenita de matices

El diminutivo no es solo cuestión de tamaño

Los diminutivos: el arte de hablar en chiquito pero con gran intensidad. (Shutterstock)

Bien sabido es que los diminutivos expresan disminución de lo expresado por la palabra a la que se unen. De ahí que para mencionar que estamos ante una mesa o una ventana de pequeño tamaño las llamemos mesita y ventanita.

Los diminutivos, además de referirse a un tamaño reducido, pueden expresar una atenuación del significado.

Si decimos que vamos a compartir una picaderita o que nos vamos a dar unos traguitos, probablemente no nos estemos refiriendo al tamaño o a la cantidad de lo que vamos a consumir; los diminutivos nos sirven más bien para atenuar ese tamaño o esa cantidad.

En definitiva, para que no parezca tanta la picadera ni parezcan tantos los traguitos. Los kilos pesan igual si aumentamos unos kilitos después de unas largas vacaciones. En este uso siempre recordamos a don Quijote cuando, dispuesto a enfrentarse con un león, exclama sobrado: «¿Leoncitos a mí?».

En ambos sentidos el diminutivo hacer honor a su nombre porque, al fin, de reducir el tamaño o la intensidad se trata.

Sin embargo, si insistimos en los matices de los diminutivos, no podemos olvidar que echamos mano de ellos también para expresar cierta intensidad de lo expresado por la palabra que ponemos en diminutivo. Si nos levantamos tempranito para tomarnos un café calientito, nos ponemos en marcha bien temprano para tomarnos un café bien caliente.

Si un anciano está solito, nos parece más intensa su soledad. Si tenemos a alguien cerquita, nos parece más próximo. Si nos compramos un carro nuevecito… El diminutivo en estos casos le suma intensidad a los adjetivos.

Otras veces la interpretación del matiz del diminutivo depende del contexto en el que lo usemos. Si decimos que algo es rojito o verdecito podemos estar refiriéndonos tanto a que el color es poco intenso como a que lo es en grado sumo.

Un caso curioso es el diminutivo aplicado todo, que lleva en sí la idea de ‘entero, completo, íntegro’.

Sin embargo, cuando lo usamos en diminutivo parece que le añadimos un punto más: Se lo llevaron todito. Algo similar sucede con el diminutivo aplicado al adjetivo igual. Si algo es igualito, interpretamos que el parecido es mayor.

Más allá del tamaño o la intensidad, el diminutivo se tiñe a menudo de connotaciones personales, que, como sobre gustos no hay nada escrito, pueden ser positivas o negativas.

Si les menciono a un politiquito, un abogadito o un actorcito, de inmediato notarán cuál es mi apreciación del profesional en cuestión. Es la misma semana, pero no la siente igual quien dice «Tengo una semanita de vacaciones» que quien exclama «¡Vaya semanita me espera!».

La riqueza de matices del diminutivo está servida: tamaño, atenuación, intensidad, aprecio, desprecio, cercanía, ironía. Solo el contexto, la entonación y, muchas veces, la gestualidad pueden echarnos una mano para interpretar esta variedad de connotaciones.

Si alguien menciona un vestidito solo el contexto podrá decirnos si el diminutivo tiene que ver con el tamaño del vestido, con que se considera demasiado corto, si se trata de restarle importancia o de mostrar menosprecio por la prenda o por su dueña.

La riqueza de la lengua española, más allá de en sus palabras, también reside en su gramática. Complicadita, sí, pero llenita de matices. La vida está llena de ellos y la lengua está preparada para expresarlos.

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.