Optimismo primaveral

La ironía de encontrar el paraíso en la rutina de otros

Llegan sin ruido, como quien se instala en una casa que ya cree conocer por fotografías. No traen la nostalgia del que vuelve ni la urgencia del que huye; traen, más bien, una curiosidad limpia. Se les reconoce en el acento o el idioma diferente, pero también en la mirada de asombro y gratitud que a nosotros nos resulta, por momentos, incomprensible.

Habitan nuestros mismos espacios, las vías taponadas, las aceras robadas, las playas que fingimos ignorar, y, sin embargo, ven otra cosa. Donde vemos rutina, ellos descubren privilegio. Donde anotamos carencias, ellos celebran posibilidades. Son, sin proponérselo, un espejo sorprendente.

Mientras los dominicanos cultivamos con esmero la narrativa del desencanto, ellos publican en sus redes una versión alternativa de un país luminoso, hospitalario, casi improbable. Hablan de seguridad con una serenidad que irrita; elogian la calidez humana como si fuera una virtud escasa en el mundo, y no ese pan cotidiano que aquí dejamos endurecer sobre la mesa.

La República Dominicana no es el paraíso ni el edén inmaculado de los folletos. Pero tampoco ese territorio descalabrado que algunos describen con la fruición del que necesita tener razón.

Quizás el error esté en la costumbre, una forma sutil de ceguera: vuelve invisible lo que permanece. Y lo que permanece —la alegría, la cortesía, cierta ligereza del vivir— es, precisamente, lo que ellos vienen a buscar. ¡Vaya ironía! Necesitamos que el forastero nos traduzca lo que somos. ¡La identidad, para ser creída, requiriere acento ajeno!

Tal vez no haga falta convertirnos en extranjeros. Bastaría, acaso, con aprender a mirar sin el tedio de quien ya no espera nada. Como la vida, un país no se agota en lo que le falta, sino en lo que todavía es capaz de ofrecer.

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