El peligro de los interlocutores

Cuando la popularidad en internet sustituye a la autoridad moral en la política

El presidente Luis Abinader ha hecho del diálogo una de sus señas de identidad. Es una virtud poco frecuente en una región donde abundan los mandatarios que confunden gobernar con monologar. Lo preocupante es cuando el afán de conciliar termina borrando la diferencia entre la representación social y la simple notoriedad digital, y el diálogo muta en conciliábulo.

Abrir las puertas del Palacio a quienes medran en el espacio digital plantea una pregunta tan incómoda como inevitable. ¿Con qué criterio se les reconoce como interlocutores del Estado? Una cosa es aceptar que las redes sociales han transformado la comunicación política; otra, muy distinta, conferir legitimidad institucional a quienes han construido su audiencia sobre la vulgaridad o la provocación calculada.

No patrocino excluir voces. La democracia se fortalece precisamente escuchando a quienes discrepan. El problema aparece cuando el poder deja de distinguir entre el crítico y el pendenciero, entre quien aporta argumentos y quien solo acumula clics alimentando la degradación del debate público.

Las instituciones también comunican con sus gestos. Cada reunión presidencial envía un mensaje inequívoco: estas son voces que el Estado considera dignas de reconocimiento. Ese sello de respetabilidad tiene un valor político que ningún algoritmo puede medir.

La popularidad jamás ha sido un certificado de autoridad moral. Si así fuera, el griterío siempre derrotaría a la razón. Gobernar exige un criterio más exigente que el de las métricas de una plataforma digital.

Abinader haría bien en recordar que los interlocutores de un presidente no solo hablan con él; terminan hablando en nombre de una parte del país. Elegirlos mal supone otorgar prestigio inmerecido a quienes han hecho de la estridencia un negocio y de la confrontación un modelo de influencia.

Quien alimenta cuervos no debería sorprenderse cuando, al final, le saquen los ojos.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.