Las mismas reglas aplican

El respeto a la soberanía ajena no admite excepciones diplomáticas

Devolver las cartas fue un gesto pequeño con un mensaje grande: en diplomacia, las formas también son el fondo. El Departamento de Estado le regresó a México sus comunicaciones de “cese y desistimiento” —esas que uno le manda a un vecino ruidoso, no a un gobierno soberano— y detrás hay un principio que vale la pena defender, aunque incomode.

Da igual que el trasfondo de mexicanos muertos bajo custodia del ICE sea doloroso. Es una tragedia que merece respuesta. Pero exigirle cuentas a Washington con el lenguaje de un abogado corporativo, como si la Casa Blanca fuera una empresa incumplida, es un malentendido de jurisdicción. Los Estados no se demandan entre sí por correo ni posts. Se hablan por los canales que llevan siglos existiendo para eso.

Aquí es donde el tema se pone incómodo para todos, incluido Washington. Porque si Estados Unidos va a insistir en que nadie le dicte sus procedimientos internos, entonces tampoco debería dictarle los suyos a nadie más. La memoria es larga: embajadas estadounidenses opinando sobre elecciones ajenas, funcionarios calificando gobiernos legítimos, comunicados que suenan menos a preocupación diplomática y más a tutela. Esa costumbre no es distinta, en el fondo, de la carta que México acaba de recibir de vuelta.

No se trata de simetría barata ni de “y tú más” sino de una regla simple. Si exiges respeto a tu soberanía, respeta la ajena. Los Estados tienen todo el derecho —y a veces la obligación— de reclamar por sus ciudadanos. Pero hacerlo por las vías correctas es lo que distingue un orden basado en normas de uno basado en quién tiene más poder para saltárselas. Esa es la regla. Debería aplicar para todos, sin excepciones de por medio.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.