Eficiencia para matar
La delgada línea entre la persecución del delito y la eliminación de sospechosos
Siempre he dicho que la Policía Nacional es altamente eficiente, cuando quiere. Localiza, persigue y resuelve con presteza los casos que alcanzan notoriedad mediática. Ahora pone ese activo al servicio de la eliminación de fugitivos, delincuentes o no. Quizás la eficiencia, de tan vieja y zorruna, devino en complacencia.
Las autoridades publican un listado de supuestos infractores, algunos con prontuarios tan largos que revelan una aparente carrera criminal más vieja que su edad. Lo curioso es que hayan acumulado tantas acusaciones y siguieran en libertad. Si eran conocidos y estaban ubicados, ¿quién les permitió perseverar en el crimen? La impunidad también tiene responsables fuera de los barrios.
Cincuenta y cinco muertos a manos de policías en septiembre constituyen una cifra espeluznante. Para encontrarlos hubo inteligencia, seguimiento y, probablemente, tecnología. ¿Por qué ese esfuerzo sirve para matarlos y resulta insuficiente para detenerlos? La libertad se ha vuelto coartada para los supuestos intercambios de disparos.
El caso de Aneury Santiago Cabrera Estévez ilustra la eficacia policial. Conocido como La Araña, la Policía lo presentó como Lucifer. Hasta el apodo parece escogido para justificar el fuego que lo esperaba. Un video lo muestra caminando pacíficamente por una calle capitaleña, a paso lento debido a una minusvalía. De repente, un vehículo policial llega en sentido contrario, un agente se desmonta con rapidez y le dispara. Luego, como un sicario entrenado, lo remata. Cuatro balazos. No hubo intercambio de disparos, como sostiene la cansina versión oficial.
Cabrera Estévez fue emboscado. La Policía, con su característica eficiencia, había descubierto su paradero y le daba seguimiento. Los antisociales, ciertos o no, pueden ser ubicados y detenidos con facilidad. Empero, la decisión es eliminarlos. El Estado de derecho se torció.