Antártida, la geografía del silencio helado
El hielo como memoria y sistema de alerta climática global
Escribo en la Antártida. He llegado tras casi veinticuatro horas de navegación dura por el Pasaje de Drake y sus aguas rabiosas. Desde Ushuaia, la ciudad del fin del mundo. El viaje es una forma lenta de desprendimiento más que un simple traslado geográfico. A medida que el barco avanza, el continente habitado queda atrás y, con él, la costumbre de medirlo todo en función de la utilidad, de la posesión, del rendimiento.
En estas latitudes, el mar, el hielo y la luz componen el espectáculo. No hay monumentos ni ciudades, ni historia visible que distraiga la mirada. Todo sucede en una coreografía elemental, casi primitiva, donde esos tres elementos se combinan y se separan sin pausa, como si el paisaje estuviera siempre en ensayo.
El mar como escenario
El mar es una superficie viva, cambiante. A ratos de un negro profundo, casi mineral; a ratos pulida como un espejo que duplica el cielo. Desde la cubierta, el agua funciona como un escenario móvil que amplifica la sensación de aislamiento. Sin horizonte urbano que tranquilice. Sin referencia humana que sirva de ancla. Solo una línea inestable entre lo líquido y lo helado, recordándonos que aquí todo es transitorio, incluso lo que parece eterno. Sensación de soledad, de pequeñez, de rendición ante la majestad de la naturaleza. Arrobamiento ante formas que el tiempo largo, desprovisto de calendarios y de la insistencia de fechas, ha diseñado para luego eliminar el imposible de lo inmutable.
El hielo es el verdadero protagonista. Se presenta como una galería de formas irrepetibles: torres, arcos, catedrales efímeras talladas por el tiempo. Cada iceberg es una pieza única, con engañosas vetas azules que cargan siglos de compresión, con superficies que crujen, se desprenden, se transforman. Es un hielo inquieto, que respira, se mueve, suena. Materia viva en estado lento. ¿Masa inerte? No, es un proceso.
Luz y continente para mirar
Luego está la luz, que ilumina y esculpe. Baja, oblicua, cambiante, convierte cada escena en otra distinta pocos minutos después. Un glaciar puede pasar del blanco opaco al azul eléctrico, del gris metálico al rosa tenue del atardecer que llega y se transforma imperceptiblemente en amanecer, tras el breve tránsito de sombras. La luz antártica embellece lo que revela y, paralelamente, expone la escala, el vacío, la fragilidad. Interroga sin consolar.
Desde el barco en que navegamos —sin desembarcar— ese tríptico de mar, hielo y luz se despliega sin interrupciones. La prisa es tan inexistente como los trayectos que cumplir a pie. El espectáculo sucede frente a los ojos, continuo, silencioso, absorbente. La Antártida es un continente que se contempla, y en esa contemplación prolongada uno entiende que su belleza no está en el acceso, sino en la distancia respetuosa. Aquí, acercarse demasiado equivale a traicionar el sentido del lugar.
Antes del hielo
Suele imaginarse la Antártida como un territorio inmóvil, eterno, condenado desde siempre al hielo. Esa imagen es engañosa. La Antártida no nació congelada ni aislada. Tuvo historia, clima, vegetación y vida. Su blancura actual es el resultado de un proceso largo, lento y profundamente ligado a la evolución del planeta. Nada en ella es estático; lo que ocurre es que el tiempo aquí se mueve con otra velocidad.
Hace unos 300 millones de años formó parte de Pangea, el gran supercontinente que reunía todas las tierras emergidas. Más tarde quedó integrada en Gondwana, junto a Sudamérica, África, Australia e India. En ese tiempo estaba más al norte y gozaba de un clima templado. Hubo bosques, ríos, fauna. Hoy lo sabemos gracias a fósiles de plantas, troncos petrificados e incluso restos de dinosaurios hallados bajo el hielo. La Antártida fue verde antes que blanca. Fue fértil antes de ser extrema.
El giro del planeta, el hielo como memoria
El giro fue lento, pero inexorable. Con la deriva continental, Gondwana se fragmentó y la Antártida comenzó a desplazarse hacia el Polo Sur. Al quedar rodeada de océano, se formó una corriente marina decisiva: la corriente circumpolar antártica, un anillo de aguas frías que cerró el paso a las corrientes templadas y selló su destino climático. A ello se sumó un enfriamiento global y la caída del CO2 atmosférico. Hace unos 34 millones de años, el hielo dejó de derretirse en verano y se volvió permanente. Desde entonces, no ha hecho otra cosa que acumularse.
Hoy, una capa que en algunos puntos supera los dos kilómetros de espesor cubre el continente. Ese hielo pesa como materia, pero también como memoria. Los científicos no excavan la roca: perforan el hielo y extraen cilindros —núcleos— que conservan burbujas de aire antiguo. Allí está atrapada la atmósfera del pasado. Gracias a esas perforaciones, realizadas por equipos internacionales, conocemos el clima de la Tierra de hasta 800 mil años atrás. La Antártida advierte el futuro y los peligros del cambio climático.
En ese archivo congelado se registran ciclos de calentamiento y enfriamiento, variaciones abruptas de temperatura y concentraciones de gases que hoy vuelven a preocupar. Por eso este continente es un sistema de alerta temprana, no un páramo muerto. Bajo su silencio aparente hay datos, ritmos, advertencias. La Antártida, entendámosla, registra intranquilidad en su mudez.
La vida marina es rica en estos extremos donde coinciden todos los océanos. Las ballenas se dejan avistar y acompañan su presencia con surtidores de agua que alteran la superficie. Los pingüinos se sumergen y emergen en un ejercicio que parece juego, pero que es parte de la búsqueda constante del alimento que luego compartirán con las crías: centenares de puntos en movimiento sobre los acantilados y el hielo, sobre rocas que se adentran en la inmensidad del mar casi helado, que no se rinde nunca al verano austral. En otros lugares, focas y leones marinos comparten territorio, quizá complacidos por la ausencia de depredadores.
Un continente sin dueño
La excepcionalidad de estas extensiones no es solo natural o científica. Es también política. La Antártida es el único continente sin dueño, un territorio donde las ambiciones imperiales aprendieron —al menos aquí— a congelarse. En un mundo entrenado para poseer, trazar fronteras y extraer valor, la Antártida permanece al margen de esa inercia.
En 1959, en plena Guerra Fría, doce países firmaron el Tratado Antártico. El acuerdo fue extraordinario. Suspendió los reclamos de soberanía existentes, prohibió toda actividad militar, vetó los ensayos nucleares y declaró al continente reservado exclusivamente para fines pacíficos y científicos. Ningún otro territorio del planeta funciona bajo un régimen semejante. La soberanía no desapareció. Quedó en suspenso. Congelada, como el paisaje.
Décadas después, el Protocolo de Madrid reforzó esa lógica. Prohibió cualquier explotación minera y definió a la Antártida como “reserva natural, dedicada a la paz y a la ciencia”. Antes que una frase decorativa, es una restricción jurídica real, revisable solo bajo condiciones extremas y con consenso internacional. Al menos por ahora, en estas geografías el subsuelo no se toca.
Pasar sin dejar huella; el límite
Incluso el turismo —esa forma contemporánea de consumo disfrazada de experiencia— opera bajo reglas estrictas. No más de cien personas en tierra al mismo tiempo. Distancias obligatorias con la fauna. Prohibición absoluta de dejar residuos o llevarse algo, ni siquiera una piedra. El visitante no llega a ocupar la Antártida. Apenas pasa por ella. Su paso tiene que ser eliminable. Nada de romanticismo ecológico. Es disciplina, una forma aceptada de autocontrol. Incluso la curiosidad humana tiene que aprender a contenerse en estos hielos.
Hay, sin embargo, un punto del mapa que recuerda que la Antártida también fue escenario de una épica humana, pero no de conquista, sino de resiliencia: isla Elefante. Un fragmento rocoso, inhóspito, azotado por el viento y el hielo, donde no hay refugio natural ni posibilidad de asentamiento. Su nombre, ausente de metáforas, alude a los elefantes marinos que la frecuentan. Su peso simbólico viene de otro lado, y esas cosas las diré en otra entrega.
En la reconfiguración geopolítica que tiene lugar a miles de kilómetros de esta paz helada, puede que la Antártida inquiete. Porque demuestra que el poder puede detenerse; y la ambición, regularse. Comprobado en estos hielos: la historia no siempre avanza por apropiación.
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