La república de las fichas
El dominó como el verdadero latido social dominicano
Waze, esa brújula del conductor perdido en los tapones nuestros de cada día, me llevó hasta el corazón mismo de Villa Francisca en uno de mis esfuerzos desgastantes por trasponer el Ozama en la tarde de un viernes cualquiera. Irreconocible la barriada después de tantos años sin visitarla, me regaló sin embargo una escena inmediatamente familiar: en una acera indefinida, con una decena de botellas de cerveza vacías y otras sudorosas a medio consumir haciendo de centinelas, cuatro hombres, indiferentes al ruido de la calle y al tránsito humano, jugaban dominó. Nada parecía más importante que aquella mesa improvisada, flanqueada por un puñado de mirones. Ni las motocicletas rompetímpanos, ni las voces, ni la vida apurada que seguía pasando alrededor los distraían de la partida.
Los dominicanos amamos el dominó con una fidelidad que rara vez se cuestiona. Lo jugamos de mañana, tarde y noche. Lo jugamos para matar el tiempo y para celebrarlo. Lo jugamos para llenar los huecos de la rutina y para darle un centro a la fiesta, con o sin alcohol como estimulante de la matemática mental. Lo jugamos en familia, entre amigos, entre desconocidos que al cabo de dos manos ya hablan como si se conocieran de siempre. Y lo jugamos también en serio: en ligas, en torneos, en campeonatos donde el orgullo pesa casi tanto como las fichas. Es un juego que acompaña el latido social del país.
Los orígenes y la geopolítica
Probablemente nació lejos, en Oriente, acaso en China, donde las primeras fichas eran una transposición de los dados y donde el dominó formaba parte de una larga tradición de juegos de paciencia, cálculo y observación. De allí pasó a Europa, como muchas otras cosas, por rutas imprecisas y fechas discutidas. En Italia, en Francia, en España, fue encontrando reglas nuevas, formas nuevas, usos nuevos. Finalmente cruzó el océano, al igual que otras herencias, hasta convertirse en parte del paisaje íntimo del Caribe.
Puede que hoy nos llegue en cajas humildes con la inevitable etiqueta de Made in China, pero hubo un tiempo —o al menos eso le dijeron a mi imaginación infantil— en que algunas fichas se fabricaban con marfil de colmillos de elefantes africanos. Yo quise creerlo. Quise convencerme de que algo tan cotidiano tenía también un origen casi aristocrático, una historia secreta de materiales nobles y manos pacientes.
Cuando nadie juega, las fichas buscan otro destino. Alguien las ordena en filas interminables, levanta con ellas pequeñas arquitecturas precarias, las alinea con una paciencia casi ingenua y luego las derriba a voluntad, gozando ese instante en que el orden se convierte en caída y la caída en espectáculo. En ese gesto aparentemente ocioso hay ya la idea de que una cosa empuja a la otra, de que un movimiento mínimo puede desencadenar una catástrofe en cadena.
No deja de ser irónico que esa imagen doméstica, nacida en mesas de juego y pisos de sala, terminara convertida en doctrina estratégica cuando, a mediados del siglo XX, Estados Unidos miró al Sudeste Asiático —y en particular a Vietnam— como una fila de fichas mal colocadas, donde la caída de una prometía arrastrar a todas las demás. El dominó había enseñado la metáfora mucho antes de que la geopolítica decidiera tomársela en serio.
Protagonista de la calma
En la República Dominicana, el dominó aparece donde la vida todavía se permite demorarse: en una galería que da a la calle, en la acera tibia de la tarde, en el colmadón bullanguero donde la conversación y la música pulsean con la compra, en el patio sombreado donde siempre hay una mesa que ya vio días mejores. Basta ese mobiliario mínimo —una tabla, cuatro sillas, un árbol que cobija— para que se arme una escena que el país reconoce de inmediato, repetida durante décadas y siempre distinta.
El dominó fue protagonista de campañas políticas que ya forman parte del archivo sentimental del país. Emblema publicitario de una manera de estar juntos que no envejece, ha aparecido en películas, en reportajes, en chistes, en refranes. Puede que haya venido de China, pero en el Caribe encontró patria, devotos y una forma muy particular de jugarlo, con una mezcla de veteranía, picardía y memoria que a los poco iniciados siempre les resulta asombrosa.
Jugar dominó no es simplemente conocer las reglas. Exige memoria, observación y una forma discreta de sacrificio. Hay que saber cuándo ponerse al servicio del compañero, cuándo aguantar fichas pesadas, cuándo confiar en que el otro encontrará el camino. En esa mesa, el frente es más que un acompañante. Es, muchas veces, la tabla de salvación.
En ese pequeño mundo, el socio adquiere un peso particular. Su manera de jugar, sus silencios, sus entusiasmos, se vuelven una prolongación de la propia suerte. Cuando acierta, la satisfacción es compartida. Cuando falla, la decepción tiene algo de doméstico, casi de familiar. Hay sociedades de mesa que duran años y se recuerdan con una fidelidad que pocas alianzas cotidianas consiguen.
Cada jugador tiene su estilo. Están los del silencio vigilante, porque en el dominó la picaresca también juega. Están los que hablan demasiado, los que fingen distracción, los que dramatizan y ralentizan cada movimiento como si el destino del mundo dependiera de una ficha. Las fichas caen con un sonido que suele ser firma personal. Cada quien tiene su manera de anunciar la jugada, de subrayarla. Ese golpe seco sobre la mesa introduce siempre una breve pausa, como si la madera necesitara un segundo para entender lo que acaba de ocurrir.
Casi nunca falta el coro. Alguien que mira. Alguien que opina. Alguien que comenta aunque no esté jugando. El dominó dominicano rara vez ocurre en estricta intimidad. Necesita público. Necesita testigos. Es, en el fondo, una pequeña representación.
El protocolo de la calle contenida
La partida avanza envuelta en palabras. Se habla de política como si el país pudiera recomponerse entre una mano y otra. Se habla de pelota con ese fervor que convierte cada temporada en una batalla inédita. Se habla de dinero, de enfermedades, de hijos que se fueron y de otros que prometen volver. En ese tejido de conversaciones el tiempo se estira y se encoge, y la partida termina siendo también una forma de convivencia, más si un buen ron estimula espiritualmente los sentidos.
Existe en el dominó una ciencia callada. Contar fichas apenas abre la puerta. Lo decisivo ocurre en otra parte: en la lectura de los gestos, en la memoria de lo que ya pasó, en la intuición de lo que el otro prefiere ocultar. El juego va formando, sin decirlo, una pedagogía lenta de la paciencia y de la sospecha.
También hay un código de honor que nadie escribe. Pronto se sabe quién juega con cuidado, quién se deja llevar por la prisa, quién dramatiza cada derrota y quién disimula cada victoria. La reputación viaja de mesa en mesa con más rapidez que cualquier chisme, y un jugador termina siendo, para bien o para mal, la suma de sus tardes.
Quizá por eso el dominó ha resistido el paso del tiempo con una naturalidad envidiable. Ha sobrevivido a modas, a tecnologías, a urgencias. Mientras el mundo se acelera, el dominó conserva un ritmo propio. Me repito: se juega bajo el sol, en la hora muerta de la siesta, y se juega también de noche, cuando el calor afloja y la conversación se vuelve más larga. Se juega en medio de una fiesta y se juega para inventar una.
El regalo del dominó
Pero el dominó también aprendió a volverse serio. Hay torneos, campeonatos, ligas. Hay reglamentos, árbitros, trofeos. Hay jugadores que viajan con sus fichas como otros viajan con sus instrumentos. Ese paso de la acera al salón, del patio al coliseo, no le ha quitado su alma callejera. Más bien la ha confirmado. Incluso en competencia, sigue siendo un juego donde la psicología pesa tanto como el azar.
El dominó, además, nos regaló un lenguaje. Hablamos de tranques en política y en la vida. Hablamos de jugadas capicúas como si fueran una filosofía práctica de la simetría y del cierre perfecto. Trancar una negociación, trancar un problema, trancar una salida: todo eso viene de aquí, de esta mesa. Dominar las partidas con que nos reta la vida.
Ganar por capicúa tiene un prestigio especial. Cerrar el juego por los dos cabos en un solo tranco es casi una pequeña obra de arte. En algunos corros vale doble, como corresponde a lo que es raro, elegante y definitivo.
Están las fichas. Que aquí no son solo fichas: son personajes. El doble blanco es la cajita o el muerto, lisa, muda, sospechosa. Cuando cae en la mesa hay quien sonríe y hay quien empieza a contar lo que no se ve. El otro extremo está el doble seis, pesado y mandón, ficha de autoridad. Hay mesas donde ponerla es casi un acto de gobierno.
Luego vienen sus parientes con nombres de confianza: el patito, el ojito, y esa que algunos llaman la estrella, el cinco–cinco, siempre con vocación de protagonista. Al cero, en general, se le dice blanco, y así se habla de blanco–uno o blanco–seis, como si fueran miembros de una familia discreta y resbalosa.
Al final, el dominó imita la sociedad. Lo importante no es solo lo que se juega, sino cómo se nombra. Porque aquí las cosas existen de verdad cuando tienen apodo. Una ficha sin nombre —como un político sin sobrenombre— no inspira ni respeto ni desconfianza.
Cada partida acaba pareciéndose, de algún modo, al país: un sistema de equilibrios inestables, de alianzas cambiantes, de astucia y candor, de cálculo y esperanza. Y siempre queda flotando la ilusión de que la próxima ficha —la que todavía no aparece— pueda torcer la tarde y darle a la historia un desenlace distinto.
Cuando Waze por fin me sacó de Villa Francisca y del ensimismamiento, la partida continuaba allí. Quizá todavía siga. El dominó tiene eso: uno se va, otro toma su asiento y el país sigue jugando.