El insulto como intimidación política
Trump el showman que convirtió la humillación en método de poder
El mundo vive momentos de incertidumbre inéditos. No es la primera vez en la historia reciente, cierto. El siglo XX fue pródigo en conflictos, de naturaleza y duración variables, que provocaron indecibles dolores colectivos y dislocaron temporalmente la normalidad —lo que sea que esto signifique— que propician la paz, el respeto a la dignidad humana y a las reglas internacionales.
Ahora asistimos a algo distinto. No se trata de interrogantes sobre el mediano y largo plazo, sino de la imprevisibilidad de lo cotidiano, que entorpece pensar en cualquier futuro. Al despertarnos, desconocemos qué nos aguarda porque desde la primera potencia mundial se decide por todos allí donde estemos.
Donald Trump no conoce ni respeta regla alguna. No es una imputación gratuita. Con la verborrea y la actitud desafiante del guapo del recreo, lo confesó sin tapujos en enero pasado: su único límite es su «propia moral», su «propia mente»; es decir, nada que le sea ajeno es respetable, ni dentro ni fuera de los Estados Unidos.
Con su moralidad dudosa y su equilibrio mental bajo sospecha, Trump ha desarticulado el orden mundial no solo en lo económico. A sus idas y venidas arancelarias, sus amenazas a terceros países con sanciones caprichosas, su asumido derecho a decidir el devenir político de Venezuela y Cuba y, desde febrero, su guerra contra Irán, se añade un componente que contamina un espacio social global: el espacio del diálogo democrático.
Su hiperbólico lenguaje —es incapaz de no recurrir a los superlativos— es también insolente. Como sucede con el derecho internacional, las reglas de la comunicación civilizada le son indiferentes. No dialoga, increpa y agravia.
Pudiera pensarse que sus denuestos derivan de su deficiente personalidad y que carecen de vínculo con su pensamiento y proyecto políticos. No es así. Como analiza Lisandro Prieto respecto a Javier Milei, «al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación».
Insultando indiscriminadamente —desde Marjorie Taylor hasta el papa León XIV— Trump persigue un efecto político concreto: que sus ultrajes sean interpretados como expresión inequívoca de su poder urbi et orbe. No es mera provocación. Es cálculo político. Para él, la humillación —en la que se entrenó a sus anchas en sus tiempos de showman televisivo en el programa «El aprendiz»— es el fundamento del poder, lo ejerza desde su torre neoyorquina o desde la Casa Blanca.
Ahora su plató es el Despacho Oval, donde reina sobre un funcionariado que, por contagio o miedo, reproduce su agresividad discursiva. A golpes de amenazas y descalificaciones (¡Vance, converso de nuevo cuño, criticando el conocimiento teológico de León XIV!), él y los suyos pretenden cincelar un mundo a su medida. Más abajo, los MAGA, embobados por la ilusión supremacista. Fuera de las fronteras estadounidenses, derechas miméticas degradando sus sociedades de origen.
Sin duda, el capitalismo terminará recuperándose en más o menos tiempo de los daños infligidos por el trumpismo. Pero quizá no pueda decirse lo mismo de la democracia como concepto y como sistema. Despejar la incógnita es, más que un reto político, un reto moral y existencial: el de restituir la decencia de lo público y el valor de lo común.