El complot contra Trujillo (3)

Archivos secretos revelan cómo la CIA apoyó a los conspiradores dominicanos

Conforme con los documentos desclasificados de la propia Central de Inteligencia Americana (CIA) respecto al complot contra el dictador Rafael L. Trujillo, aunque no admite haber participado activamente, la agencia no solo estaba al tanto, sino que suministró tres de las armas pertenecientes al personal militar de la delegación diplomática, referido como “aporte simbólico”, lo que le involucra a pesar de que el grupo de oficiales de la agencia en cuestión no lo admite.

El contacto y la planificación de las operaciones de los complotados fue real y salen a relucir en los documentos.

El jefe de Operaciones de la División de la CIA, J. D. Esterline, describió aquello como “de brindar apoyo a un grupo de criollos cuyas acciones previstas favorecían el interés de los Estados Unidos…una operación bastante normal que involucró reuniones, discusiones y aprobaciones formales”, aunque aclara que no tiene información de que se hayan empleado las armas suministradas por la CIA en el asesinato. Es el modus operandi de la CIA.

Richard Bissell, parte del equipo, es el único que admite vagamente que una de ellas sí fue utilizada por el grupo. En las entregas anteriores citamos información valiosa acerca del involucramiento del personal de la Embajada y del cónsul.

La oficina de campo del Buró Federal de Investigaciones (FBI) en Nueva York realizó un intenso interrogatorio el 10 de mayo de 1962 al teniente de navío de apellido Ortiz, quien estuvo a cargo de la investigación como oficial del Servicio Militar de Inteligencia (SIM), que produjo 182 páginas sobre el complot y asesinato del dictador, reconstruido en base a los interrogatorios a las personas detenidas.

Aunque ese documento no se ha hecho público, hay otros que fueron quemados, o desaparecidos por el propio Johnny Abbes.

Los relatos de personas que vivieron esos momentos aciagos de los últimos meses de la tiranía, coinciden en que el grupo de ejecución del asesinato, inmediatamente actuó, estuvo desconectado del segundo grupo que haría la transición de la toma del poder, encabezado por el entonces secretario de las Fuerzas Armadas, José René Román Fernández (Pupo), que había sido contactado por Luis Amiama Tio en el mes de febrero de 1961 en la fiesta de cumpleaños del general.  Así como los conspiradores al parecer olvidaron consolidar ese eslabón con el jefe militar, a quien prometieron enseñarle el cadáver del dictador en el maletero, el SIM se enteró primero de la muerte permitiéndole actuar un paso adelante.

La segunda parte del plan, diseñada para tener control del poder, no se pudo articular, desatando una cacería de brujas por parte del SIM y de estamentos militares, que concluyó con un baño de sangre, no solo contra los complotados, sino contra gente inocente.

John Bartlow Martín, exembajador de los Estados Unidos a partir de 1962 y hasta febrero de 1964, en su libro “El destino dominicano”, describe la matanza iniciada por Ramfis, Radhamés y Abbes:

“Aquella misma noche (31 de mayo) la República Dominicana quedó completamente en las manos del SIM. Hacia las 3 de la madrugada habían llenado las cárceles, prisiones y fortalezas de enemigos del régimen. Los agentes encontraron a Pedro Livio Cedeño en un hospital; al delirar no hacía más que repetir: Juan Tomás (Díaz) y de la Maza” (Antonio).

Los servicios de inteligencia desataron el horror de la venganza. Las persecuciones dieron al traste con la captura de la mayoría, unos vivos, otros muertos. El doctor Robert Reid Cabral se suicidó, porque escondió a dos de los complotados, mientras que Ernesto de la Maza, hermano de Antonio de la Maza, fue sometido a torturas tan crueles que le hicieron hablar. Un régimen que se erigió en odio, terminó en un bañado en sangre.